
Lo tenían todo para despuntar —garage-rock, folk, psych, jazz, credibilidad underground…— en la era de las utopías y la contracultura. Pero el destino se conjuró para que sean recordados como otra banda de culto.
Solo recordados por exploradores de la psicodelia sesentera, The Fallen Angels lo tenían todo para triunfar en el contexto de su época; poseían una coartada contracultural sólida, una vertiente experimental en su sonido muy del gusto de sus contemporáneos, letras con vocación poética, introspectivas y muy personales, una versatilidad estilística y una competencia instrumental que les habría permitido franquear la psicodelia para adentrarse en el inminente progresivo, y un don para la melodía. Pudieron reinar, pero las mismas circunstancias que les permitieron grabar una de las obras maestras de su era, paradójicamente, también les mandaron al limbo y finalmente al olvido.
Nacen en 1965 en Washington D. C., cuando la banda de folk-rock The Disciples, que une a Wally Cook con Jack Bryant y Charlie Jones, muta en The Fallen Angels tras una incesante rotación tanto de miembros como de nombres. La formación definitiva incluía a Wally Cook a la guitarra solista y la armónica; Jack Bryant bajo, voz y kazoo; Jack Lauritsen, multinstrumentista que se pasó de la guitarra rítmica a la solista; Richard Kumer, procedente de los Mad Hatters, a la batería; y Howard Danchik, teclados y flauta. Todos ellos hábiles instrumentistas de gran personalidad, fue Jack Bryant quien se erigió, de entre todos ellos, como compositor principal. Sus letras, extremadamente personales, tan introspectivas como indescifrables, resultaban más propias de un solista que de una banda de rock. Influenciados por Bob Dylan y Donovan, su síntesis de folk, pop, psicodelia y garaje estaba más próxima a los Love de Arthur Lee, siendo el jazz el elemento diferencial en la fórmula de Fallen Angels, lo que no les impidió versionar temas de todos ellos en directo.

Emparentaban también con los Mothers Of Invention de Zappa, no solo por el uso de collages sonoros y todo tipo de efectos y sonidos extraños, sino también por la teatralización de sus actuaciones, donde desplegaban una sátira política corrosiva y un sarcasmo vitriólico. En las protestas antibelicistas en las que actuaban eran muy celebradas sus performances cómicas, dicen que muy en la línea de Peter Sellers, tanto las de Howard Danchik interactuando con el público como las imitaciones de Lyndon B. Johnson de Jack Lauritsen.
Su inmaculada propuesta contracultural les hace destacar rápidamente en los circuitos underground. Entran a formar parte de Traydells Productions, propiedad de Barry Seidel, uno de los managers del grupo junto a Tom Traynor (sí, tenían dos). Sin embargo, fue el sello neoyorquino Laurie Records quien les grabó sus primeros singles en 1967, incluido el top ten regional «Every Time I Fall In Love». Este primer éxito, junto con la rapidez con la que se asentaron en el circuito underground, disparó las expectativas de que Fallen Angels pasaran a las ligas mayores, por lo que Roulette Records los ficha rápidamente con la intención de convertirlos en un grupo masivo.
En concreto, el plan de la compañía para el primer —y homónimo— disco de la banda era aprovechar su inercia ascendente a nivel local para repetir la jugada con la que consiguieron un éxito a nivel nacional con Tommy James & The Shondells. Pero Fallen Angels no eran una banda mainstream de pop con reminiscencias Beatles, ni lo suyo era una pose oportunista. Aunque dominasen el arte de la melodía, eran una genuina banda de freaks, poco dados a largos viajes instrumentales pero con una dinámica experimental innegociable, por lo que la desenfocada campaña promocional diseñada por Roulette dirigida a audiencias generalistas resultó en unas pobrísimas ventas.
Nada suena repetido
El fracaso comercial del primer álbum, Fallen Angels, no significa que este fuese malo; es un buen disco que mejora con las escuchas, aunque está lejos de ser la obra maestra que algunos quieren ver en él. Ecléctico, no logra destilar un estilo consistente y oscila entre el sonido garage de «Room at the Top» o «You Have Changed» al brumoso folk lisérgico de «Love Don’t Talk to Strangers» o la preciosa «Most Children Do», pasando por un folk pop cercano a Lovin Spoonful, los estrambóticos collages sonoros de «Your Friends Here in Dunderville» o el extrañamiento psicodélico de «Painted Bird», todo ello ligeramente espolvoreado con efectos de sonido, arreglos de viento, filtros extraños, instrumentos exóticos y demás recursos de estudio.
El choque de realidades entre las expectativas de Roulette y la idiosincrasia de Fallen Angels fue, curiosamente, retransmitido por televisión: Roulette les consiguió una aparición en el programa televisivo de Cleveland Upbeat, un calco del popular American Bandstand, para promocionar el single «Hello Girl». Probablemente desesperados por lograr mayor repercusión y salvar los muebles económicamente hablando, el equipo de Roulette preparó, sin informar a los Angels, una versión brutalmente modificada para conferirle mayor comercialidad al tema, hasta el punto de hacerlo casi irreconocible. La reacción inmediata de la banda fue negarse a realizar el playback, pero tras urdir un plan de sabotaje acceden para, en el mismo instante en que las cámaras se pusieron a grabar perpetrar una de sus psicóticas performances. Lauritsen se sacó un muñeco que procedió a desmembrar y descabezar para acto seguido arrojar los pedazos directamente a cámara. Demasiado para “la América que no estaba en la onda”, la actuación tuvo que ser editada para poderse emitir.

Ante la incapacidad de domesticar a los Fallen Angels y estando obligados por contrato a grabarles un segundo disco, Roulette Records opta por olvidarse de ellos para lo bueno, dejándoles hacer lo que les diese la gana en el estudio, y para lo malo, negándoles cualquier tipo de promoción. El resultado fue una obra maestra llamada It’s a Long Way Down que casi nadie escuchó en su momento, 1968. Un monumento a la psicodelia ajeno a los clichés del género, de personalidad única e imaginación desbordante, las autobiográficas letras de Jack Bryant, herméticas en muchos casos, están inmersas de principio a fin en una oscura introspección.
Con la excepción de «I Really Love My Mother», cuyo sonido naïve e ingenuo desentona ligeramente, logran la cuadratura del círculo creando un sonido cohesionado e inconfundible que atraviesa todo el álbum, pero en el que cada canción tiene su propia presencia, su propio sonido. Nada suena repetido. El rock de garage es desterrado y un folk acústico de melodías sinuosas pasa a vertebrar la totalidad del disco. Además, elementos de jazz van apareciendo aquí y allá, como la batería de la inicial «Poor Old Man», la instrumentación de la final «I’ll Drive You from My Mind», puro spiritual jazz a lo Alice Coltrane, o el andar de fondo en «Look at the Wind».
«Something New You Can Hide» es única dentro del disco por su sonido reverberante y cavernario, con un órgano omnipresente solo interrumpido por una tímida erupción de guitarras ácidas. Única también, pero por su desnudez, tocada tan solo con guitarra acústica, es la extraordinaria «Look at the Sun», favorita personal. Todas las canciones del álbum merecen su propia reseña, sea por las extraordinarias melodías de las folkies «Silent Garden» e «It’s a Long Way Down», la no menos extraordinaria melodía, puro pop, de «A Horn Playin’ On My Thin Wall», sea por los preciosos arreglos de cuerda de la dolorida «One of the Few Ones Left». Lo que se dice un disco sin desperdicio, vamos.
Como ya se ha dicho, Roulette Records se desentendió totalmente de la promoción del disco, por lo que las ventas fueron paupérrimas. Aun así, continuaron girando con un nuevo batería, John “Thumper” Molloy, hasta su disolución, completamente desfondados, en 1969.
Contra todo pronóstico, se reunieron en 1997, publicando un nuevo álbum titulado Rain of Fire con regrabaciones de viejas composiciones y temas nuevos, tras lo cual han seguido girando y dando conciertos hasta fechas recientes. Pero claro, nada ha vuelto a ser igual; lo opuesto a militar en un movimiento que proyectaba en un futuro inmediato cambiar la sociedad de arriba a abajo y emancipar al ser humano es rememorar el mundo de hace cincuenta años ante un diminuto nicho de… mercado.
Texto: Gabriel Sanz






