
Hay músicos a los que el apelativo de líder se les queda corto, porque lo que han hecho gente como Miles Davis o Frank Zappa es muchísimo más. Son más bien visionarios, casi como directores de universidades musicales en movimiento, reclutando y haciendo crecer a un sinfín de músicos que luego han volado por su cuenta desarrollando carreras más que interesantes.
A esta categoría pertenece sin duda Robert Fripp, que ha hecho de King Crimson uno de los grupos más fecundos de la Historia de la música, dentro y fuera de los parámetros del Rock.
Aunque los Beatles, Pink Floyd, los Moody Blues, Procol Harum o Zappa iniciaron la senda que va de la psicodelia al rock progresivo, mucha gente considera In the Court of the Crimson King (1969, primer álbum de KC) la primera piedra del edificio del rock progresivo, y también uno de sus mejores exponentes (Pete Townshend lo calificó de obra maestra). El grupo ha tenido diversas encarnaciones y más de una veintena de músicos, aparte de colaboraciones puntuales. Quien quiera adentrarse un poco en su sinuosa trayectoria, puede recuperar este artículo de hace unos años: https://www.ruta66.es/2020/05/articulos/king-crimson-la-institucion-prog-rock-enrutaencasa/


¿Libros para profundizar un poco más? José Miguel López hizo un muy buen estudio en Robert Fripp & King Crimson: Música de alto riesgo (1994) y Carlos Romeo llegó a la excelencia con King Crimson (1999), aunque me temo que tendrás que buscarlos de segunda mano. Más recientemente, Alejandro Díaz Varón abordó la vertiente lírica de la banda en King Crimson: Crónica de un malestar (2023) (https://www.ruta66.es/2023/08/papel/king-crimson-cronica-de-un-malestar-alejandro-diaz-varon-editorial-circulo-rojo/). Pero la persona que más sabe de KC en el sistema solar es Sid Smith quien, además de estupendos textos para diversas reediciones de la banda, tiene en su haber el enciclopédico In the Court of King Crimson: An Observation Over 50 Years, con más de 600 páginas en su versión revisada.
Por otro lado, Mr. Fripp ha sabido ordeñar convenientemente la vaca lechera con multitud de lanzamientos (los directos se cuentan por docenas) y diversas reediciones a modo de lujosos estuches para acabar de vaciar los bolsillos del fan más irredento. Así, poseer todo artefacto sonoro que lleve el nombre de King Crimson es una tarea casi imposible (aparte de acabar teniendo tropecientas versiones de un mismo disco…) Y sobre los rumores de un posible nuevo trabajo en estudio de la banda, parece que sigue aparcado indefinidamente: Fripp se lo pasa mucho mejor haciendo vídeos en Youtube con su mujer, Toyah Willcox, algunos de ellos la mar de divertidos, mostrando una vis cómica de Fripp inesperada. Pero aunque no llegue ese posible nuevo disco (a pesar de que se han grabado en estudio temas nuevos que interpretaron en vivo en los últimos años) ni ninguna nueva gira, afortunadamente podemos disfrutar del proyecto Beat desde 2024, con el que se recupera el repertorio de la trilogía de los años 80. Aquí tenemos a dos integrantes de esa formación, Adrian Belew (voz y guitarra) y Tony Levin (bajo y stick), acompañados para la ocasión por dos músicos de excepción: Steve Vai a la guitarra (empezó tocando con Zappa a los 20 años, ahí es nada) y Danny Carey (de Tool) a la batería. Y tienen tres conciertos programados en tierras españolas:
– 26 de junio, Noches del Botánico (Madrid)
– 27 de junio, BBK Legends Festival (Bilbao)
– 28 de junio, Barts Festival, Poble Espanyol (Barcelona)
Ahora vamos a por la discografía de la bestia carmesí con un orden aproximado de menor a mayor calidad, teniendo en cuenta de que no existe ningún mal disco del grupo como tal. En todo caso estaríamos hablando de trabajos de más difícil digestión y que, a menudo, tras diversas escuchas empiezan a brillar por méritos propios. Ábrete de orejas.
13- IN THE WAKE OF POSEIDON (1970)

El disco menos relevante de King Crimson sigue siendo, sin embargo, un trabajo meritorio. El problema principal es que parece casi un autoplagio con respecto a su predecesor, el canónico In the Court of the Crimson King. Y es que tras la fuga de Ian McDonald (máximo compositor del primer disco), Fripp tuvo que coger las riendas y componer el nuevo material casi él solito. Así, tras la breve y tranquila “Peace – A Beginning”, atacan con ese torpedo sonoro titulado “Pictures of a City”, que es muy similar a la inigualable “21st Century Schizoid Man”. Y “Cadence and Cascade” parece la continuación de “I Talk to the Wind”, mientras que el tema que da título al disco tiene el mismo tono sepulcral que “Epitaph”. La segunda mitad del álbum tiene una mini suite, “The Devil’s Triangle” (compuesta por Fripp y McDonald antes de su marcha), que se basa en “Mars”, de Gustav Holt.
El mellotron le da una atmósfera misteriosa e inquietante muy lograda, aunque en sus once minutos el tema no tiene muchos cambios. Pero quizás la pieza más destacable del disco es la psicotrópica “Cat Food”, una alegre canción que casi plagia el inicio de “Come Together” de los Beatles, pero que aquí Fripp lleva a otro nivel, con la ayuda del torrencial piano de Keith Tippett (que rechazó ser miembro del grupo a tiempo completo). La risa que se escucha de Greg Lake surgió espontáneamente al ver cómo Fripp se bajaba los pantalones en medio de la grabación de la voz. Por cierto, “Cat Food” salió como single (con la delirante pieza instrumental “Groon” en su cara B), pero si algún intrépido DJ se atrevió a pincharlo en una discoteca, imagino que la gente huiría asustada de la pista de baile.
12- THE CONSTRUKCTION OF LIGHT (2000)

Sorprende que King Crimson, ya con el cambio de siglo, consiguieran seguir con una multinacional. Porque iniciar el disco con “ProzaKc Blues”, un blues-rock-progresivo-industrial de difícil digestión, no iba a ayudar a las ventas (n.º 129 en las listas inglesas, aunque increíblemente llegó al top 20 en Italia). Cierto es que su debut 31 años antes empezaba con esa bomba sonora titulada “21st Century Schizoid Man”, y aquí también la voz está filtrada para darle un acento más demencial, pero la creatividad y la originalidad no son las mismas. Después de la pieza más floja del disco, tenemos las dos fabulosas partes del tema titular, la primera instrumental y la segunda con una gran melodía de Belew. Hay que destacar que aquí ya no están ni Bruford ni Levin, y el sonido global del disco es algo más industrial que en el anterior (Thrak), tal y como se aprecia también en “Into the Frying Pan”. Fripp y Belew siguen al mando, pero bien secundados por la formidable base rítmica de Trey Gunn (con su “touch guitar”, un instrumento que va más allá del bajo y el stick) y Pat Mastelotto (con más acento en las bases electrónicas).
Si en 1974 ya grabaron la endiabladamente compleja “Fracture”, aquí se atreven con una segunda parte no menos sensacional, “FraKctured”, un auténtico viaje sonoro a otras dimensiones sonoras ignotas. Lástima que después se despachan con “The World’s My Oyster Soup Kitcken Floor Wax Museum”, otra especie de broma sonora pesada que puede que solo les divirtiera a ellos. Quizás debido a una relativa falta de ideas, regresan de nuevo al pasado con una cuarta parte de “Lark’s Tongues in Aspic”, con un acento también más áspero. Y después, “Coda: I Have a Dream”, con una letra bastante deprimente y una multitud de capas sonoras que transforman lo que podría haber sido una balada en algo casi apocalíptico (Belew tenía una versión acústica que, para su disgusto, fue descartada).
Como directo de esa gira, merece mucho la pena el triple Heavy ConstruKction, con versiones mejoradas con respecto a los temas del disco y varias improvisaciones, entre las que destaca “The Deception of the Thrush” (interpretada dos veces), una pieza que parece facturada por extraterrestres y con una parte final bellísima.
El disco termina con la muy interesante “Heaven And Earth” (tema firmado como ProjeKct X), con un final ambiental, el único momento de respiro del que quizás sea el álbum más denso y alienígena del grupo. De hecho, Fripp escribió en su diario: “La mayoría de gente lo odiará. Ninguna emisora de radio lo pondrá”. En 2019 apareció una nueva versión del disco, The ReconstruKction of Light, con las baterías regrabadas, y el añadido del disco entero de improvisaciones Heaven & Earth (bajo el nombre de ProjeKct X), con temas tan sugerentes como “Hat in the Middle”, “Side Window”, “Maximizer” o “Strange Ears (Aging Rapidly)”.
11- BEAT (1982)

El segundo disco de la trilogía de los 80 fue en parte una repetición de la jugada iniciada con Discipline el año anterior (incluso era la primera vez que dos discos consecutivos del grupo tenían la misma formación). Y aunque los resultados están un poco por debajo, la calidad global del disco sigue siendo notable. Lástima que el último tema, Requiem, parece una improvisación para salir del paso, nada que ver con esas aventuras que el grupo facturaba en vivo entre 1973 y 1974. Además, el disco se hace corto, tan solo 35 minutos, por lo que acaba cojeando. Pero el disco tiene canciones estupendas, empezando por “Neal and Jack and Me”, inspirada en la generación Beat liderada por el escritor Jack Kerouac (de ahí también en parte el título del disco). Le sigue “Heartbeat”, quizás el mejor single que haya sacado el grupo aunque, claro, tratándose de King Crimson no podían hacer un simple tema pop comercial, así que le añadieron un delicioso solo de guitarra grabado al revés.
Como no podía ser de otro modo, el disco incluye también dos temas con el característico sello esquizofrénico y nervioso del grupo. Por un lado, “Sartori in Tangier”, con un soberbio trabajo de Tony Levin al stick, y por otro “Neurotica” (el título ya lo dice todo), con el rugido de una urbe como telón de fondo (un año antes ya lo tocaban en directo con el título provisional de “Manhattan”) y que parece la continuación de “Thela Hun Ginjeet”. Y la senda hipnótica iniciada con “The Sheltering Sky” en su anterior disco, prosigue aquí con “Waiting Man”, con Adrian Belew reforzando a Bill Bruford con las percusiones de corte balinés. Con “Two Hands” también repetían la fórmula de balada que ya hicieran con “Matte Kudasai”. Y “The Howler” se inspiraba en el poema “Aullido” de otro escritor Beat, Allen Ginsberg. La reedición de 2016 incluía dos temas extra, aunque tampoco mejoraban el disco en su conjunto: una versión de doce minutos de “Requiem” (con una introducción más larga, sacada de una sesión de frippertronics de Fripp en 1979), y el tema instrumental e inacabado “Absent Lovers”, que recuerda a The League of Gentlemen, el efímero grupo de Fripp de 1980, con un aire más post-punk y new wave.
10- THRAK (1995)

Precedido por el EP Vrooom medio año antes, Thrak supuso el retorno de la banda tras una década de silencio. El cuarteto de los 80 (Fripp, Belew, Bruford y Levin) se vio aumentado con dos músicos más, los norteamericanos Trey Gunn con el stick y Pat Mastelotto a la batería, dando lugar a la curiosa fórmula del “doble trío” (dos guitarras, dos bajos y dos baterías). El sonido global es una mezcla entre los Crimson de Red y los de la trilogía de los 80, acercándose además a la música industrial. Así, “VROOOM” entronca con los Crimson de 1974, mientras que las baladas “Walking On Air” y “One Time” nos retrotraen a “Matte Kudasai”, de 1981. Quizás no digan nada nuevo en el canon crimsoniano, pero suponen esos remansos de paz habituales y casi necesarios en los discos del grupo para encajar mejor piezas más desafiantes.
“B’Boom” podría pasar por un ejercicio de percusión gratuito, pero en realidad sigue la senda iniciada con “The Talking Drum” en 1973 y sirve de aperitivo para esa pieza áspera que da título al disco y que supone un sonido más ruidista. Dos piezas de Thrak conectan con su anterior disco diez años antes, Three of a Perfect Pair. Por un lado, “People” puede pasar por la versión actualizada y mejorada de la bailable “Sleepless”, mientras que “Sex Sleep Eat Drink Dream”, que parece que esté siempre a punto de descarrilar, se diría la continuación de “Dig Me”. Uno de los “peros” que se le puede poner a Thrak es que contiene algunas repeticiones de temas, restando creatividad al conjunto global. Así, “VROOOM” y su coda, tienen sendas variaciones al final del disco, mientras que “Radio” e “Inner Garden” también tienen dos partes cada una. Lo mejor: la superlativa “Dinosaur”, con ecos de los Beatles psicodélicos, demostrando no solo el buen hacer instrumental de toda la banda, sino el gran talento de Belew para facturar líneas melódicas muy imaginativas.
9- LIZARD (1970)

El tercer disco del Rey Carmesí fue considerado durante mucho tiempo como el patito feo de toda su discografía. Y es que, si los dos anteriores mezclaban rock con jazz y toques de vanguardia, aquí estamos ante el disco con más tintes jazzísticos (o directamente free jazz). Y si el jazz no está en tu receta musical, es normal sentirte un poco desconectado ante este remolino sonoro que empapa muchos de los surcos de Lizard. Fripp compone toda la música, mientras que Pete Sinfield sigue al cargo de las letras, y en este caso con un acento bastante burlón, tal y como se puede apreciar en “Happy Family”, que versa sobre la desintegración de los Beatles. Y la música de este tema curiosamente avanza lo que haría el grupo con Adrian Belew décadas después con canciones esquizoides como “ProzaKc Blues” o “The Frying Pan”, algo que no es para todos los paladares. También está lleno de momentos cacofónicos y de free jazz la suite que da título al disco, cuya parte final conecta con “The Devil’s Triangle”, de su anterior álbum.
Pero a pesar de varios momentos atonales, Lizard contiene también remansos de paz, como “Lady of the Dancing Water” o la primera parte de “Lizard” (“Prince Ruper Awakes”), con Jon Anderson (de Yes) como invitado. Le sigue “Bolero”, con unos arreglos de viento deliciosos a cargo de Robin Miller (oboe y corno inglés), Mark Charig (corneta) y Nick Evans (trombón). Fripp volvía a contar con Mel Collins al saxo y la flauta, el cual se luce en la estupenda “Cirkus”, quizás la mejor pieza del álbum. Y tras la espantada de la anterior base rítmica, contó aquí con Gordon Haskell (antiguo compañero de clase de Fripp) al bajo y la voz y Andy McCulloch a la batería (emulando en muchos momentos al gran Michael Giles). Pero, una vez más, se produjo desbandada (parece ser que Fripp llegó a hacer llorar a McCulloch) y ambos se fueron tras grabar el disco, por lo que el grupo no presentó Lizard en vivo, como ya ocurrió con In the Wake of Poseidon. Dicho esto, Lizard es un disco que ha ganado con el tiempo, en parte gracias a la estupenda remezcla que hizo Steven Wilson en el 2009, algo que hizo que el propio Fripp mejorara su opinión de dicho disco.
8- THE POWER TO BELIEVE (2023)

Tras dos EP’s de avanzadilla, Level Five y Happy With What You Have to Be Happy With, apareció el último álbum del grupo hasta la fecha, The Power to Believe. La formación es la misma que la del anterior disco, The ConstruKction of Light: Fripp, Belew, Gunn y Mastelotto. Y el sonido, similar: música que va mucho más allá del rock progresivo y con momentos muy cercanos al metal industrial. No en vano, el título inicial iba a ser Nuovo Metal, y contrataron como co productor a Machine, experto en bandas de sonidos más que duros. La inicial “The Power to Believe I: A Cappella” sorprende por ser una pieza solo con Belew (con una voz robotizada), pero enseguida llega ese vendaval sonoro instrumental titulado “Level Five”, que aunque conecta con los postulados de Thrak, de hecho se trata de la quinta parte de “Lark’s Tongues in Aspic”. Y el sonido de tono amenazador liga perfectamente con esa portada casi apocalíptica. Después, un remanso de paz con la bellísima “Eyes Wide Open”, con otra gran melodía de Belew.
“Elektrik” es otra pieza instrumental con guitarras entrelazadas de Fripp y Belew y una base rítmica muy sólida, combinando sutiles programaciones electrónicas con bombardeos sonoros. Espléndida. Los momentos más flojos del disco son “Happy With What You Have to Be Happy With” y, sobre todo, “Facts of Life”, que conectan con “ProzaKc Blues” y “Into the Frying Pan”, del anterior álbum. El mayor problema es ese tratamiento sucio de la voz y unas melodías bastante opacas, cuando Belew ha demostrado con creces ser un gran creador en este terreno. Eso sí, el breve solo de Fripp en “Facts of Life” es uno de los más feroces que haya hecho nunca. La segunda parte de “The Power to Believe” (con unas campanas a la mitad que parecen un guiño a las mil y una percusiones que hacía Jamie Muir en 1973) entronca tanto con “The Talking Drum” como con “The Sheltering Sky”, piezas instrumentales con un toque oriental. Y sirve como perfecto aperitivo para el plato fuerte del disco, “Dangerous Curves”, un futurista tema con sinuosas líneas de Warr Guitar de Gunn y un acertado uso de las percusiones electrónicas por parte de Mastelotto. Una de las mejores composiciones de la banda de toda su carrera. El disco finaliza con dos partes más de “The Power to Believe”: la tercera es en realidad una composición que ya trabajaron con los ProjeKcts con el nombre de “The Deception of the Thrush”, y la cuarta es como el inicio del disco con el añadido de un “soundscape” de Fripp. Otro pequeño remanso de paz en un disco cuya música parece una montaña rusa sonora. Algo, por otra parte, aplicable a toda la discografía de la banda…
7- THREE OF A PERFECT PAIR (1984)

Tras un disco tan rompedor como es Discipline, Beat y Three of a Perfect Pair parece que palidezcan en comparación, pero la verdad es que estamos hablando de una especie de trilogía muy sólida y coherente, tanto en el plano estilístico como en el artístico (con esas estupendas portadas minimalistas dominadas por un único color). Claro, Discipline marcó la pauta a seguir, pero los dos siguientes discos tienen un nivel muy similar. Y en concreto, merece la pena reivindicar Three of a Perfect Pair, ya desde el inicial tema que da título al disco, con esas guitarras circulares y una fabulosa melodía a cargo de Adrian Belew. Y es que Belew es bastante responsable del sonido de esta etapa del grupo, aportando lo aprendido en Talking Heads, con melodías sorprendentes y unas guitarras muy marcianas. “Model Man” y “Man with an Open Heart” son temas de un pop deliciosamente disfuncional, ya que bajo su aparente “normalidad” subyace un espíritu vanguardista, casi se diría que Belew compuso las melodías para, acto seguido, ponerlas al revés y ralentizarlas. “Sleepless” es una pieza discotequera de corte funk futurista, de la que se hicieron algunos remixes con los que seguramente se siguen bailando en alguna luna de Júpiter.
El espíritu vanguardista prosigue con “Nuages (That Which Passes, Passes Like Clouds)” (pieza perfecta para escuchar de fondo en una exposición) y toda la segunda mitad del disco: la hipnótica y a ratos inquietante “Industry”, que sigue la senda iniciada con “The Sheltering Sky” y luego con “Waiting Man”; “Dig Me”, con Belew encarnando con la voz a un coche lamentándose en un desguace (si vamos a hablar de coches, vamos a darle la vuelta, ¿no?); la amenazadora “No Warning” (continuación mejorada de “Requiem”) funcionaría bien como banda sonora de una película de tipo post-apocalíptico; y para terminar, la sensacional y trepidante tercera parte de “Lark’s Tongues in Aspic”. Three of a Perfect Pair no es solo un gran cierre de esta trilogía (uno duda a veces si no es incluso ligeramente mejor que Discipline…), sino que además parece avanzar el sonido de los Crimson de los 90, con un acento todavía más industrial. Un directo muy recomendable de esa gira es Absent Lovers – Live in Montreal, 1984, un doble CD que resume muy bien la trilogía de los años 80.
6- DISCIPLINE (1981)

Los Crimson de los 80 sonaban tan diferentes a los de la década anterior que casi eran una banda nueva (de hecho, inicialmente iban a llamarse Discipline, como el nuevo disco), yendo claramente mucho más allá del rock progresivo clásico. Y en esta nueva encarnación prescindieron de teclados, saxo o violín de tiempos pretéritos. Aquí tenemos a Fripp, con una nueva aproximación a la guitarra ya iniciada en su excelente disco en solitario Exposure dos años antes, y recuperando a Bruford a la batería. Y dos músicos nuevos, estadounidenses: Adrian Belew a la guitarra (con efectos de sintetizador) y voz y Tony Levin (a quien Fripp conoció tocando con Peter Gabriel) al bajo y stick. Además de las secuencias circulares diseñadas por Fripp (influenciado por el gamelán indonesio), Belew aportó su influencia tras tocar con Talking Heads. Bruford, por su parte, se adaptó bien a los nuevos tiempos con la batería electrónica. Y Levin dio ese toque extraterrestre con el stick, estupendo híbrido entre guitarra y bajo. “Elephant Talk” ya ofrece una buena muestra del nuevo estilo musical, a la que sigue la estupenda “Frame by Frame”. Podría sorprender la inclusión de una balada como “Matte Kudasai” (con Belew imitando a gaviotas con su guitarra estratosférica), pero conviene recordar que la mayoría de discos de la banda contienen pequeños remansos de paz en contraposición a temas llenos de aristas sonoras.
La primera mitad del disco termina con la demencial “Indiscipline”, con un Belew enajenado entonando varias veces “me repito cuando estoy estresado”. Y si creías haber superado esta prueba auditiva, la banda seguía desafiándote con la no menos enloquecida “Thela Hun Ginjeet” (con una letra a la altura). Curiosamente, algún retorcido ejecutivo de la discográfica en España tuvo la bizarra idea de que saliera como segundo single del disco… La hipnótica “The Sheltering Sky” surgió de una improvisación que afortunadamente grabaron, para así poder poner de nuevo la cinta y aprendérsela. El título hace referencia a la novela homónima de Paul Bowles (con una famosa adaptación fílmica) y realmente sugiere imágenes de un paisaje desértico. “Discipline”, que cierra el disco, es una prodigiosa pieza instrumental de orfebrería matemática que puede resultar fría para algunos oídos o subyugante para otros. Aquí tomaron buena nota de las enseñanzas del minimalismo encabezado por Steve Reich.
5- IN THE COURT OF THE CRIMSON KING (1969)

Suele considerarse este disco la piedra fundacional del rock progresivo. Y en parte se debe a su explosivo comienzo, “21st Century Schizoid Man”, donde se mezclan rock y jazz, con un cacofónico final que no desentonaría en un disco de John Coltrane. Todo en esta pieza es brillante: la abrasiva voz de Greg Lake (y como bajista no era nada manco), una batería espasmódica de Michael Giles, la guitarra estratosférica de Robert Fripp y el saxo hiriente de Ian McDonald (quien, por cierto, tiene más créditos como compositor en este disco que Mr. Fripp). Le sigue la bucólica “I Talk to the Wind” (bonita flauta de McDonald), que podrían haber firmado los Moody Blues. Y con estas dos piezas tenemos concentrada la esencia musical del Rey Carmesí, porque siempre bascularon entre la violencia sonora y piezas sosegadas, polos opuestos pero complementarios, yin y yang. Tenemos también la tristísima, casi dramática, “Epitaph”, una especie de marcha fúnebre, y la muy sinfónica “The Court of the Crimson King”, con la que se cierra el disco.
Y, claro está, la bellísima “Moonchild” (título, por cierto, de una novela en clave del ocultista Aleister Crowley…), con una melodía deliciosamente infantil, casi como una nana. El actor y director Vincent Gallo la utilizó para su estupenda película Buffalo ‘66 (1998). Pero un factor que a menudo se pasa por alto, y que impide que este disco sea la obra maestra que mucha gente considera (y no se pone en duda aquí su indiscutible impacto cultural), es que tras “Moonchild” le siguen diez minutos instrumentales de lo más anodino. La banda incluso confesó que les faltaba material para completar el disco y había que rellenarlo con algo… Pero el resultado (excepto el último minuto) poco tiene que ver con las mágicas improvisaciones que el grupo haría entre 1973 y 1974, ya con otra formación. Otro de los elementos clave del disco es un uso muy acertado del mellotron, instrumento mágico donde los haya, que realza tanto los momentos oníricos como los épicos. Y si quieres escuchar cómo funcionaba el grupo sobre las tablas, merece la pena Epitaph: dos volúmenes dobles que, a pesar de tener un sonido en ocasiones regular, documentan muy bien la primera encarnación de la banda.
4- ISLANDS (1971)

Después de tantos cambios de personal en tres discos, Fripp estuvo a punto de tirar la toalla. Pero fue providencial que Keith Emerson le recomendara un colega suyo como batería: Andy Wallace, quien también tenía ese toque jazzístico de sus predecesores. También encontró al cantante Boz Burrell aunque, ay, no sabía tocar el bajo. Ningún problema: Fripp mismo se encargó de enseñarle cómo tocarlo. Y si bien las partes de bajo de Islands no son tan elaboradas como en los anteriores discos (ni en los posteriores), la música en general no requiere tanta habilidad técnica, ya que tiene varios momentos casi pastorales, bucólicos. Es el caso de los temas que abren y cierran el disco: la soñolienta “Formentera Lady” (cuya letra está inspirada en unas vacaciones que pasó Pete Sinfield en las islas baleares) y la elegíaca “Islands”.
En medio, cuatro variadas y valiosas piezas que dan fe del enorme eclecticismo del grupo (y de Fripp como compositor, que vuelve a encargarse él solo de toda la música). Tenemos “The Letters”, o como empezar un tema como una balada, cortar abruptamente con una bomba sonora, y salir mucho más que airoso del intento. También “Ladies of the Road” (dedicada a las groupies), con un estupendo saxo pantanoso de Mel Collins y un delicioso estribillo que podrían haber firmado los Beatles de haber continuado en los años 70. Luego tenemos un tema único en toda la carrera del grupo, “Prelude: Song of the Gulls”, una soberbia y bellísima pieza de cámara tocada por intérpretes de música clásica. Pero lo más destacable de este álbum es ese vendaval sonoro titulado “Sailor’s Tale”. Realmente visualizas una tormenta marítima, con una entrada muy acelerada, y tras un breve momento de calma, sobre un manto exquisito de mellotron, Fripp ejecuta un impresionante solo de guitarra que se le ocurrió en el mismo momento de grabarlo. Con ese solo de otro mundo (como él mismo ha calificado) se avanzaba al sonido metálico de futuras encarnaciones del grupo. Si quieres un directo de esa época, olvídate de Earthbound, con un sonido más paupérrimo que el de un mal disco pirata. Mejor hazte con los dobles Ladies of the Road o Live at the Marquee.
3- STARLESS AND BIBLE BLACK (1974)

Uno de los álbumes más infravalorados de la banda, en parte por estar entre dos joyas como Lark’s Tongues in Aspic y Red. Pero si estos dos discos no existieran, ¿estaríamos quizás ante el mejor trabajo de King Crimson? Porque todo en este disco es excelente, empezando por la arrolladora “The Great Deceiver”. Parte del disco se grabó en vivo, pero se hizo pasar por material de estudio. Así, “We’ll Let You Know” es una pieza totalmente improvisada grabada en un concierto en Glasgow (conecta un poco con el funk marciano que hacía Miles Davis en esa época). Lo mismo ocurre con “The Mincer” (de un concierto en Zúrich), aunque posteriormente Wetton le añadió algo de voz en un estudio. Son dos piezas absolutamente originales, no tienen que ver ni con el jazz típicamente norteamericano ni con el rock, estaban creando un lenguaje propio a partir de improvisaciones casi telepáticas (aunque conviene destacar la influencia que tuvo en esos años en Wetton y Bruford de Crossings, de Herbie Hancock).
Por otro lado tenemos “Trio”, “Starless and Bible Black” y “Fracture”, grabadas en directo en Ámsterdam (el estupendo concierto entero se publicó como doble CD en 1997 con el título de The Night Watch). La primera es una delicada pieza que surgió de la nada sobre el escenario y está acreditada al cuarteto (Fripp, Cross, Wetton y Bruford). Y aunque Bruford optó por dejar que la música fluyera sin su participación, se le acreditó por haber participado con su silencio… La segunda es otra de esas improvisaciones bizarras llenas de magia sonora. Y la tercera es la pieza más compleja de la banda hasta la fecha, con una guitarra tan endiabladamente milimétrica y precisa que suponía un reto incluso para el propio Fripp.
2- RED (1974)

El contador de la contraportada al límite, al rojo, ejemplifica la proteica música contenida en este canto de cisne de la primera etapa del grupo. Tras la expulsión de David Cross (violín y mellotron), el grupo quedó reducido a un power-trío portentoso: Fripp (guitarra y mellotron), Wetton (bajo y voz) y Bruford (batería). Curiosamente, el potente tema que da título al álbum no era del agrado del todo de Bruford, pero Wetton insistió en su inclusión, y la verdad es que es uno de los mejores inicios de un disco de rock. Además, no solo anuncia un sonido que desarrollarían muchos años después, sino que llegó a influir a gente como Kurt Cobain (Nirvana) o Tool. Le siguen “Fallen Angel” y “One More Red Nightmare”, dos canciones con grandes melodías de Wetton. Después, una pieza en vivo camuflada como si fuera de estudio, la misteriosa “Providence”, que no desentonaría en una banda sonora de una película de terror. Se trata de una de las muchas improvisaciones estupendas que el grupo hizo en esa época (varias de ellas están en el fabuloso e indispensable cuádruple CD The Great Deceiver), y donde podemos escuchar a Cross con su inquietante violín. El disco finaliza con la inmortal y elegíaca “Starless” (con un contrabajista y un violonchelista no acreditados), que con ecos de “In the Court of the Crimson King” y sus doce impresionantes minutos supone un auténtico viaje sonoro donde hay de todo: melancolía, misterio, tensión, furia y clímax. Y aunque el trío protagonista es quien lleva las riendas, Red no sería lo mismo sin las valiosas aportaciones de la sección de vientos de músicos que ya habían colaborado anteriormente en King Crimson: Mel Collins (saxo soprano), Robin Miller (oboe), Marc Charig (corneta) y, sobre todo, Ian McDonald (saxo alto), que fue el compositor principal del primer disco de la banda. De esta manera, cerraban el círculo de esa primera y convulsa etapa (1969-1974) con tantos cambios de personal, ya que poco después de la salida del disco Fripp disolvía el grupo hasta su renacimiento en 1981.
1- LARK’S TONGUES IN ASPIC (1973)

Cuando el batería Bill Bruford anunció en julio de 1972 que salía de Yes en su mejor momento (tras publicarse el fastuoso Close to the Edge, ahí es nada), nadie daba crédito. Pero si Fripp te llama y tienes ganas de aventura, sería de cobardes no intentarlo. Para esta nueva etapa (se deshizo de los músicos de la anterior formación) reclutó también a John Wetton (bajo y voz), David Cross (violín y mellotron) y Jamie Muir (percusionista nada ortodoxo, y que después de este disco ingresaría en un monasterio budista). Como letrista contaron con Richard Palmer-James, amigo de Wetton (y guitarrista en el primer disco de Supertamp). El resultado es una obra bastante rompedora con respecto a los anteriores trabajos del grupo. Porque las dos partes de “Lark’s Tongues in Aspic”, con las que se abre y cierra el disco, son piezas que parecen facturadas en otro mundo. La segunda tiene un punto rockero que anuncia futuras piezas de KC, pero la primera no tiene parangón: es una pequeña montaña rusa de sonidos y emociones, un mundo que nace, se desarrolla convulsivamente y desaparece en apenas 14 minutos. Mucho más cerca de Stravinsky o de la Mahavishnu Orchestra (hay aquí ecos de The Inner Mounting Flame, de 1971), que de Chuck Berry, para entendernos. Aunque a Fripp también le gustaban Berry o Scotty Moore, guitarrista de Elvis…
Después, dos piezas suaves para digerir lo escuchado hasta el momento: la delicada “Book of Saturday” (con un bonito solo de guitarra grabado al revés) y la melancólica “Exiles” (aquí sí que conectan con “In the Court of the Crimson King”). La segunda mitad del disco se abre con la soberbia “Easy Money”, que en directo mejoraban con una posterior improvisación. Luego, una de las piezas más misteriosas de toda su discografía, la sinuosa y a ratos inquietante “The Talking Drum”, con un clímax final que empalma con la musculosa segunda parte de “Lark’s Tongues in Aspic”. Bruford dixit: “Creo que en parte Robert juntó esta banda un poco como Miles Davis. Escoges a cinco tíos interesantes, los encierras en una habitación e intentas extraer una colisión de experiencias. Y si hacen un disco sin antes haberse matado unos a otros, como mínimo será un disco interesante”. Pero Bruford pecó de modestia: Lark’s Tongues in Aspic no es un disco simplemente interesante, es toda una experiencia auditiva que sigue fascinando con su caudal de ideas y sensaciones más de 50 años después.
Texto: Jordi Planas






