
¿Se le puede pedir mucho a un tipo de 74 años que lo ha vivido todo y más? Probablemente no. Como bien apuntó el amigo José Luis Martín (Bad Music), nos bastó con haber visto y escuchado a una leyenda que no tornará por estas tierras, a no ser que vuelva, loco de remate, repitiendo este viaje apodado “Iberian Tour”, formado por 19 fechas repartiendo la caña que todavía atesora.
El concierto de Sonny Vincent en La Deskomunal, podría tener numerosas lecturas. La primera nos insinúa pena. Tristeza por saber que finalizado este 2026, la sala del barrio de Sants cerrará sus metálicas puertas y, sean figuras contrastadas o no, nos quedaremos sin otro lugar para desahogarnos y escuchar resonancias nutritivas. La segunda es que aquel sonido denominado punk está moribundo (la edad de los presentes y la floja entrada registrada, no admiten dudas al respecto); no será por el vigor que sigue demostrando.

Y si pretenden otro análisis, les deberíamos contar (lo hemos advertido en el inicio) que el neoyorquino, aunque se dejó sudor y parte de su teñido cabello, no está para excesivos trotes. Eso no quiere decir que los 45 minutos de duración, acusaran mala praxis o pasotismo; todo lo contrario. En ese escueto tiempo, Vincent cogió el toro por los cuernos (que me perdonen los anti taurinos), consiguiendo momentos realmente meritorios, imposibles de lograr si no hubiera sido por el trio acompañante.
En este extenso tour, su figura (extraño mix entre rocker y punk, hablamos de estética), le escudan Cleve (guitarra), Jawa (bajo), dueto perteneciente a The Capaces y Alex Carmona, batería de Cachemira, un variado combo local que extendió, energéticamente, las garras del repertorio propuesto.
Los siempre puntuales, a la apertura de puertas, se encontraron con un contratiempo inesperado: la actuación se había pospuesto una hora. Nadie supo explicar el motivo del retraso, pero lo único cierto es que a ninguno de los habituales fieles, les hizo la más mínima gracia; estos contratiempos deberían notificarse con cierto tiempo de antelación. Por suerte, el transporte público alargaba el servicio (cosas del fin de semana) y en la zona adyacente, aún puedes hallar bodegas de las de antaño. Las cañas sirvieron de atenuante.

Este “The Return of Sonny Vincent” (título de la apuesta) comenzó de manera fulgurante con “My guitar”, “Hey You”, “Aw Maw”, “Juicy Lucy” y el punkarrazzo “Jokers and Clowns” (Sonny Vincent and The Bad Reactions), una mezcla de The Stooges y de New York Dolls, clarísimos exponentes del producto expuesto.
A partir de este cuarteto, el expeditivo artista hizo caso omiso al orden del repertorio dispuesto y empezó a lanzar proyectiles tipo “Bad Attitude”, “The End of Light”, “Silver” o un “Let’s Get Zooed Out” vital. La carga alteró la disposición; no importó lo más mínimo.
Quizá adviertan en esta crónica algún tipo de contrastes difíciles de especificar. La vibración, muchas veces, distorsiona la realidad y, en el caso que nos ocupa, queda muy palpable. Sonny Vincent (aquel que tocó con Maureen “Moe” Tucker y Sterling Morrison, saludos a Ignacio Juliá) despierta tanto aprecio y carácter como llanto por el que pudo haber sido y no fue. Adoradores y detractores, disputa que elevó el punk rock hacía alturas insospechadas y que al mismo tiempo lo derrumbó cual estúpida minucia. La sinvergüencería y los chispazos guitarrísticos del señor de las morrocotudas patillas, invitan a creer que aquella música cruda y simple, era tan real como la vida misma.
Si alguien no pone remedio, el pulso cultural de Barcelona fenece. Nos tememos lo peor. Las magnánimas plazas adulteran la situación. En el pote pequeño siempre hallaremos la mejor confitura. No lo olviden.
P.D: Agenciarse una camiseta con el nombre del artista y un dibujo formado por un cuervo y la sentencia “BAD ATTITUDE”, es el imponente recuerdo de una velada extraña, chocante y, a ratos, rebelde. Con eso me quedo.
Texto: Barracuda
Fotos: Marina Tomás Roch






