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Redd Kross – Sala Copérnico (Madrid)

Hacía tiempo que sobre un escenario no veía tantas sonrisas, tanto salto, tanto juego de baile, bromas entre músicos y fiesta como el pasado sábado en la sala Copérnico, en lo que fue un asalto flagrante a la biología por unos californianos que, tras más de cuarenta años en el fango, demostraron que el rock no se consume, sino que se contagia a golpe de volumen, sudor y melodía. Abajo, frente al altar de amplificadores, la sala estaba llena hasta las cartolas: un hervidero de caras conocidas donde se cruzaban músicos militantes, barmans en su noche libre, periodistas de trinchera y los sospechosos habituales del circuito madrileño, todos arrastrados por la misma fe eléctrica.

Géminiss: Glam a plena luz del día

Abrir plaza a las 20:30 de la tarde, con la luz del sol aún coleando fuera de la sala, es un oficio ingrato. Con Copérnico hasta arriba pero todavía fría, faltó ese algo por parte de Géminiss para empezar a encender verdaderamente la sala. La banda sufrió el hándicap de la claridad diurna frente a una propuesta que escupía reminiscencias salvajes a medio camino entre el peligro iniciático de The Runaways, el descaro operístico de The Darkness y la solidez de Tahúres Zurdos, pero que exigía a gritos la complicidad de la noche cerrada para terminar de inocular su veneno. Al frente de la ofensiva, escoltada por la solvencia a la guitarra de Ikerne Giménez (curtida en las filas de Bultacos), ofició Olaia Bloom. Esta infatigable militante del underground, que tras quemar amplificadores en Las Culebras y The Mani-las capitanea ahora este indómito proyecto personal, demostró actitud a raudales. Despacharon píldoras tan compactas como «Teen Golf» ,una ruidosa y adictiva oda sobre cuatro ruedas,, demostrando un colmillo lo bastante afilado como para volar cabezas en cuanto la oscuridad juegue finalmente de su lado.

El túnel de energía de los hermanos McDonald

La tormenta estalló de la forma más kamikaze posible. Dale Crover,ese coloso de la batería que no solo es el motor rítmico de los Melvins, sino que ostenta el galardón histórico de haber aporreado los parches en las primeras maquetas de Nirvana,ofició de imprevisto maestro de ceremonias. Bastó con que marcara el salvaje «¡uno, dos, tres!» con sus baquetas desde la penumbra para inaugurar un auténtico túnel de energía sónica sin retorno. Acto seguido, el pulso sísmico y distorsionado del bajo de Steve McDonald tomó las riendas de la noche, lanzando un inapelable «¡Let’s do it!» que funcionó como un disparo de salida directo al pecho. Con la banda saltando a escena blindada en uniformes blancos impolutos embadurnados con brochazos de colores primarios,como si vinieran de pintar una guardería asaltada por el dadaísmo pop, la deriva musical fue un ascenso sin frenos.

Desde el primer compás, la reconocible línea de bajo de «Peach Kelli Pop» arrastró a la masa hacia un torbellino arrollador, hilando sin solución de continuidad con una «Stay Away from Downtown» que se transformó en una comunión cantada a puro calor, donde los coros cruzados se devolvían los «ei-ei» como una pandilla juvenil que baja corriendo a tumba abierta por el barrio. La irrupción de «Uglier», rescate de su entrega de 2012 Researching the Blues, sirvió para presentar al guitarrista Jason Shapiro, quien se cantó unas estrofas en este hit que exhalaba ese aroma genuinamente noventero, coronado por unos coros finales que suspendieron los «uuuuuh» al final de cada estrofa hasta el desenlace. Así fueron encadenando himnos sin parar, a un volumen y una energía que no daban respiro a un público entregado a mover las manos, demostrando cómo esta banda, aun peinando canas, puede tocar como nunca mientras brinca y sonríe.

El concierto mutó entonces en una experiencia casi líquida al entrar poco a poco en «What’s in it for You». Una pieza de orfebrería de corte beatleiano donde una nube de éter pareció flotar sobre las cabezas, tiñendo el espacio de un azul profundo mientras la platea ondulaba con el vaivén hipnótico de las mareas del Pacífico en una playa de California. Fue ahí donde Steve McDonald dio su mejor nota, intercambiando micrófonos y posiciones con su hermano Jeff en un desvarío perfecto que conectaba invisiblemente con el milagro pop que la propia Copérnico presenció el año pasado con la visita de The Lemon Twigs .El rock and roll concebido por los hermanos McDonald es un juego de espejos donde la madurez es devorada por la eterna infancia del ruido y el amor.

Con el público completamente en la palma de la mano, llegó el turno de la artillería pesada. «¿Estáis listos, Madrid?», interpelaron antes de bombardear la platea con la inmensa «Lady in the Front Row», una ráfaga de psicodelia dulce y fresca que cayó sobre una audiencia ávida de devorar cualquier destello. La sala se convirtió en una gran boca abierta que tragaba paladas de estribillos, ruido balsámico y amor recíproco, respondiendo con una ovación cerrada tras el redoble final de Crover.

Jeff McDonald sentenció el cambio de tercio con un inapelable «Ahora sí». Era el momento de sacar a pasear «Mess Around», aquel artefacto de 1997 extraído de Show World. El líder rememoró con complicidad cómo fue aquella primera vez que vinieron a Madrid en los noventa; la sala, en un respetuoso y perfecto silencio devocional, escuchó el arranque de lo que empezó como una balada clásica para, de inmediato, estallar en un estribillo monumental que ascendía como en una escalera propulsada por coros y un punteo diseñado para transportarnos a cualquier otro lugar.

La fiesta continuó encadenando los hits de toda una vida, regalando joyas de la talla de «I’ll Take Your Word for It» y la infecciosa «Candy Coloured Catastrophe». Durante el set, Jeff volvió a dar muestras de su incombustible naturaleza lúdica al cubrirse la cabeza por completo con un paño, cantando todo el tema a ciegas dispuesto a hacer el minga y sorprender a sus fans. Tras el desgarrador azote punk de «Neurotica», el repertorio oficial alcanzó los quince trallazos, coronándose momentáneamente con la inevitable «Linda Blair».

Epílogo: Tartas, cuero y el ritual de 1984

Antes de dar paso a los bises, la liturgia se volvió puramente humana. Carolina Pasero, desde la escudería Heart of Gold, asaltó el escenario portando una tarta de cumpleaños para Steve McDonald. En ese instante cumbre, toda la sala unió sus voces en un canto unánime de felicitación que conmovió al músico y electrizó el ambiente.

Tras la marea emocional, el regreso definitivo deparó tres últimas lecciones de historia donde brilló «Pretty Please Me», pero el verdadero golpe de gracia llegó con «Deuce». Aquel cañonazo ancestral de Kiss que Redd Kross grabó en su mítico EP Teen Babes from Monsanto de 1984 nos devolvió a la época en la que se pintaban los ojos, calzaban pañuelos y atizaban cuernos en cada estribillo. Fue el cierre de un gran viaje en el tiempo, un vendaval eléctrico que la sala Copérnico y sus huestes recordarán durante mucho tiempo.

Texto: Sendoa Bilbao

Fotos: Salomé Sagüillo

 

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