
Un barítono ruso que transita el lado oscuro convierte su voz en un auténtico instrumento de arquitectura emocional: grave, impasible y casi deshumanizada, no expresa, sino que constata, flotando sobre ritmos mecánicos y paisajes sonoros de hormigón y neón apagado. En el caso de Egor Shkutko, esta idea se materializa sobre el manto sonoro que construyen Roman Komogortsev y Pavel Kozlov —guitarra y bajo de Molchat Doma—, quienes afilan el sonido adaptándolo tanto a la frialdad que evocan los edificios de sus portadas como a la atmósfera gélida, cautivadora y envolvente que despliegan en directo.
Su música remite a paisajes nevados, pero lo cierto es que fuera de la sala el termómetro rozaba los treinta grados, intensificando el contraste entre la realidad y el imaginario que Molchat Doma construyen sobre el escenario, evidenciando que su propuesta es capaz de generar su propio clima.

El show arrancó dentro de esas coordenadas, con una propuesta inicial sofisticada que busca posicionarse desde el primer momento. Sin embargo, ese planteamiento se ve rápidamente alterado con la interpretación de Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya, un fogonazo de luz procedente de Belaya Polosa, su última referencia —publicada hace un par de años—, que sirve como puerta de entrada a una zona de confort basada en la repetición sin escape. Un loop continuo, un minimalismo bien estructurado que logra concentrar toda la atención del espectador en escena.
El bajo, melódico pero contenido, actúo como columna vertebral sobre la que se asientan unos punteos de guitarra de reverb fría, en contrapunto casi analógico con unos movimientos escénicos sincopados, de espasmo ligeramente intimidatorio. Todo ello queda perfectamente encapsulado en una primera parte de clara tensión ascendente que desembocó en Son, un tema que juega con la dualidad y enfatiza la versatilidad de la banda: riffs arenosos con slide que se desplegaron sobre un manto futurista y desértico, elevando el directo a otro nivel.
A partir de ahí, el repertorio se adentró en distintos momentos de su discografía, evidenciando un crecimiento sostenido, con un poso synth-industrial cada vez más definido. Hay espacio incluso para acercarse a la pista de baile con Discoteque, antes de cerrar el primer bloque con la abrasiva Na Dne, marcada por una distorsión tan controlada como contundente.

El bis se presenta como una reivindicación del trabajo que los llevó a su posición actual: las cuatro piezas elegidas pertenecen a Etazhi (2018), y funciono como cierre orgánico y natural, empujando al público a moverse con Tancevat y, especialmente, con Sudno (Boris Ryzhyi).
El hecho de cantar en un idioma que gran parte del público —al menos en Barcelona— desconoce no genera desconexión; más bien lo contrario. Funciona como una narrativa emocional que atraviesa el espacio y se incrusta en él. A ello contribuye una puesta en escena cada vez más profesionalizada, con tempos y movimientos perfectamente medidos para cohesionar su propuesta y capturar por completo la atención de quienes tienen delante.
Si antes hablábamos de la dualidad entre texturas cálidas y frías, no resulta casual que su nombre figure en el cartel del Levitation Fest de Austin 2026. Su sonido, sin duda, aportará un matiz diferencial en una noche texana previsiblemente abrasadora.
Por último, ya en clave más observacional, el outfit de Egor Shkutko no pasó desapercibido: más de uno —entre los que me incluyo— salió con la tentación de hacerse con unos calcetines de ejecutivo y sus correspondientes ligueros, o garters, para completar el conjunto.
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Marina Tomás Roch






