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Iván Ferreiro — Guitar BCN / Sant Jordi Club (Barcelona)

 

La gira actual de Iván Ferreiro es una excavación sentimental. Uno ya no sabe si ha ido a ver a un artista o a reencontrarse con una versión antigua de sí mismo. La promesa de recuperar canciones de Los Piratas despertaba una mezcla rara de expectativa y escepticismo. Son demasiados discos ya bajo el nombre de Ferreiro y demasiados años echando de menos aquella banda como para confiar del todo.

Pero había que probarlo. Y eso debieron pensar algunos más que yo en una entrada correcta, aunque lejos del lleno. Arrancó con lógica: «Hoy por ayer», canción de alta mar que da nombre a la gira aniversario. Pero el escalofrío llegó al enlazar con «Muertos», joya absoluta del Ultrasónica. Y allí ocurrió algo extraño: demasiada tibieza alrededor. Como si parte del público hubiese conocido a Ferreiro ya emancipado y no supiera exactamente de qué disco perdido salía aquello. Error. Aquello no era una “trinchera pop”: era supervivencia emocional para algunos de nosotros. La reacción mucho más cálida a «Toda la verdad» confirmó la sospecha. Ahí estaban los nuevos fieles. Los otros. Los de después del naufragio… y del manual.

Ferreiro apareció acompañado por una banda robusta pero elegante, sin barroquismos. También las luces escapaban de la grandilocuencia: una red tipo “pesca” suspendida subía y bajaba iluminando sus nudos como constelaciones domésticas. Había algo entre artesanal y precioso en todo aquello. Y luego estaba la voz. O mejor dicho: el regreso de la voz. Porque uno llevaba años pensando que Ferreiro había ido perdiéndola poco a poco. Puede que hubiera alguna bajada de tono estratégica, sí, pero daba igual: allí seguía reconocible el cantante de Los Piratas. En los gestos. En las medias sonrisas. En esa forma de hablar poco entre canciones para no romper el hechizo. Prometió no dar la chapa, no hacer bises y tocar del tirón. Y cumplió. Pero lo emocionante no era la cantidad de canciones, sino reconocerse dentro de ellas más de veinte años después. Recuperar letras enterradas en alguna esquina de la materia gris y volver a cantarlas como si el cuerpo las hubiera estado esperando todo este tiempo. Ya lo dicen: tiene memoria.

«M» trajo la primera lágrima floja. Después apareció Santi Balmes para compartir «El equilibrio es imposible» entre abrazos y complicidad generacional. Mucho más desapercibida pasó «Reiniciar», fundida con «Fecha caducada» igual que en la última gira de Los Piratas (sí, la del disco Relax), como si el reloj se hubiera quedado detenido en 2003. También cayó «Ciudadano A», recuperando aquella mala leche política del primer Ferreiro en solitario, y que sigue vigente dos décadas después. Cambian los protagonistas; permanece la vomitona. Con «Promesas que no valen nada», Ferreiro se quedó solo al piano. Funcionó, aunque algunos seguimos echando de menos la electricidad de la original. Después llegó «Insurrección», de El Último de la Fila, imposible de escuchar sin recordar aquel “gracias por cantarnos la canción” del último directo pirata.

Más emocionante aún fue la aparición de Amaro Ferreiro para tocar «SPNB». Porque, pensándolo bien, quizá aquel primer disco en solitario de Iván nació exactamente para eso: para seguir tocando canciones junto a su hermano en cualquier bar de Vigo mientras algunos intentábamos superar el duelo. Luego regresarían las guitarras para «Mi matadero clandestino», recordándonos que Los Piratas también sabían sonar peligrosos, incluso en la BSO de una película de Hollywood. Y entonces «El viaje de Chihiro», «Turnedo» y toda esa sensación de prórroga emocional para quienes nos quedamos huérfanos cuando la banda se separó. No era lo mismo, claro. Faltaba la locura colectiva, aquella creatividad imposible de domesticar. Pero seguían estando su voz y sus letras. Esa manera tan suya de convertir la melancolía en refugio. Y al final, «Mi coco». Que nunca fue solo una canción. Sino una forma de entender el paso del tiempo, de mirar atrás y reconocerse entre ruinas emocionales. Porque algunos crecimos ahí dentro. Y mientras sonaba, durante unos minutos, volvió a pasar la vida entera ante mis ojos. Y sí: pedí perdón. Por no haber creído antes que aquella noche era posible.

 

Texto y fotos: Borja Figuerola

 

 

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