
Uno de los mayores debates que se están viviendo últimamente en València, están relacionados con las crecientes restricciones que las autoridades locales establecen contra la música en espacios públicos. Aprovechando una injusta sentencia, una más, que prohíbe la realización de festivales en la zona de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, se están acotando los espacios públicos en los que poder disfrutar de música en directo en la tercera ciudad del Estado.
No está de más recordar que una ciudad es conflicto y que como tal, un ayuntamiento debe mediar entre las partes, pero nunca discriminar de inicio al sector de la cultura, en este caso de la música en directo, relacionándola siempre como algo molesto, como ruido. Máxime si se quiere ser una Music City.
Por eso, un año más, cobra mayor importancia que aún podamos disfrutar de un festival como el Deleste, implicado en la vida cultural de la ciudad, y que defiende celebrarlo en un espacio de la importancia que suponen los Jardines de Viveros.

Este año el Deleste se presentaba con un cartel en el que sobresalían los británicos Primal Scream, una de las bandas más importantes que ha dado la que fuera la ciudad más poblada de Reino Unido durante la Revolución Industrial, Glasgow. Porque no es casualidad que ese pasado obrero, esté en el presente del grupo liderado por Bobby Gillispie, cantante y compositor orgulloso del activismo laborista de su madre y de las luchas sindicales de su padre. Un compromiso político adquirido en casa desde la infancia y que ha marcado el devenir de una de las bandas más importantes de Gran Bretaña.
Siempre me ha parecido muy difícil clasificar a los de Glasgow, ya que, al practicar ese mestizaje de psicodelia, rock y electrónica, marcaron un distanciamiento con todo lo que se hacía en el momento en el que Gillispie abandonaba la batería de The Jesus & Mary Chain, para volar solo. Lo que, sí que es indiscutible, es que Primal Scream plasman en sus conciertos toda esa altivez que ha caracterizado la escena alternativa británica desde los estertores del postpunk.
Los británicos arrancaron en una hora temprana, complicada por un sol de justicia, prueba empírica de un implacable cambio climático. Pero Primal Scream no se arrugaron ante un tiempo tan infame, y ofrecieron un directo potente, y en ocasiones exultante, que les permitió hacer un recorrido por lo mejor de su discografía, obviando los baches que toda banda tiene. Destacaron temas como “Country Girls”, “Rocks”, “Jailbird” o viajar en el tiempo hasta la maravillosa “I’m Losing More Than I’ll Ever Hand”. Y a destacar el momento más importante del concierto, cuando Gillispie recogió una bandera del Estado Palestino, e hizo corear el internacional lema “Free Palestine”, dejando claro que el rock forma parte de las causas justas de una humanidad siempre castigada.

Previamente a Primal Scream, actuaron otros británicos, en este caso de Londres, The Molotovs. La juventud, energía, y magníficas referencias musicales de los hermanos Mattew e Issey Cartlidge, con esa apuesta sin esconderse por parecerse a bandas consagradas en la historia, como The Jam, les hace ser un grupo para tener en cuenta. Lo más reconfortante de la banda es haber alcanzado, con una propuesta así, el número 3 de la lista oficial de álbumes en Reino Unido. Lo que menos, un cierto mimetismo con el pasado del modfather, que los puede llevar a un estancamiento creativo antes de tiempo.
Cosa totalmente diferente fue la estadounidense Anna Calvi, otra de las actuaciones más destacadas del Deleste. Calvi es guitarrista, vocalista casi coreógrafa, que ofrece un espectáculo musical que, aunque a veces puede parecer cercano a lo gótico, se debe de apreciar en toda su intensidad, ya que su cercanía musical a alguien como Laurie Anderson la hace aún más interesante.
Los Invaders y Kerala Dust cerraron el cartel del segundo día del Deleste, con sus propuestas divergentes en lo musical, pero coincidentes en lo que se refiere a dominar el escenario y agitar un festival.
Texto: Amadeu Sanchís Labiós







