
Desde el momento en que la estilizada figura de Bobby Gillespie abandona el taxi que lo trae, todo en él irradia clase y rocanrol. A pesar de esconderse bajo unas enormes gafas de sol, su pálida tez, flanqueada por sendos telones de negra melena, enseña de forma intermitente esa media mueca fullera del que conoce el final de la película. El cabrón lleva un puñado de lustros sorteando lo previsible, adoptando este o aquél cliché o reinventándose a placer bajo distintas pieles como si tal cosa.
El líder de Primal Scream llega a la excepcional tienda granadina Discos Marcapasos —acompañado por Neil, su manager— para firmar ejemplares de “Un chaval de barrio” (Contra, 2022), una autobiografía que, en 400 páginas, recorre los intensos primeros 30 años de los 65 que hoy calza. Y a pesar de lo voluminoso del texto, esa cifra sabe a poco, pues, ventiladas en un suspiro, necesitaríamos completar el relato con el presunto segundo volumen —del que su propio autor tiene dudas— para entender el dibujo completo de una figura sin parangón en la historia de la música anglosajona.

Tras posponer la cita un par de horas por sagrado imperativo —su Celtic se jugaba la liga escocesa en un partido que terminó ganando— y sortear las dificultades del tráfico de una ciudad que sus Primal Scream conquistarán horas después como cabezas de cartel de la segunda edición del Degusta Fest, los casi dos centenares de personas que aguardan pacientes en la calle Duquesa rompen en una calurosa ovación. El tipo, visiblemente ruborizado por la acogida, echa un vistazo superficial a la tienda y, como a un clavo ardiendo, se agarra a un ejemplar del Dreamer de Bobby Bland y lo alza a modo de celebración con ambos brazos.
Los ejemplares del libro y, principalmente, copias del referencial Screamadelica se suceden ante los ojos de un Gillespie que atiende educado las peticiones de sus fans garabateando sus producciones sin inhibición. Son los frutos de una trayectoria intrépida y de colocar su nombre en, como poco, tres de los discos más importantes paridos en las islas británicas en el último medio siglo. A saber: el fundacional Psychocandy (1991) de Jesus and Mary Chain, donde aportaba mucho más que sus baquetas, el citado Screamadelica (1991), manifiesto totémico de guitarras en cópula con el acid house, y Xterminator, un tratado político de high energy en clave tecno-punk.

Tímido aunque sonriente, el autor de los también celebrados Vanishing Point, Evil Heat o Riot City Blues, aguanta estoico el arreón de casi dos horas de firmas salpicadas con comentarios sobre Salvador Allende, Alex Chilton o al Freak Out “Zappiano” de su camiseta. Aunque presenciemos un par de conatos de agotamiento, Bobby aguanta sonriente y con el puño izquierdo en alto, consciente de que se debe a un público que tiene tatuado en su piel —literal y figuradamente— su descomunal cancionero.
Como comprobaremos a la noche, Primal Scream son un clásico, sí. Pero al contrario de lo que ocurre con otras bandas coetáneas (los mismos The Charlatans con quienes comparten cartel, sin ir más lejos), su música escapa de la nostalgia con pulso intacto. Una vigencia eléctrica, vibrante y amenazadora de la que otros carecen. Como muestra, el unánimemente celebrado Come Ahead de hace un par de años, producido por el viejo amigo David Holmes. Inesperada y magnética colección de rebosante funk y disco, plagado de cinemáticos arreglos donde retuercen a Sly & The Family Stone y abrazan el frenesí bailongo de The Talking Heads. Un nuevo ejercicio de talento e inquietud creativa de parte de un tipo que, imponente rockstar, irradia clase y rocanrol a la manera de un Mick Jagger con corazón punk y conciencia de clase. Como diría Mark E. Smith:
“I believe in the R&R dream, I believe in the Primal Scream”
Texto: Marce “Becerring” Moreno
DEGUSTA FEST 2026
A las 23:30 del sábado Bobby Gillespie y los suyos salieron en tromba en el escenario del Degusta Fest de Armilla (Granada). Sonaron los inconfundibles acordes de «Movin’ on Up», una composición que invita a la celebración colectiva, y ahí se condensó el momento más esperado y crucial del festival. Fue un momento de pura nostalgia, sí, pero también de fuerza instrumental que invitaba a olvidarse de todo y dejarse llevar por la música. Primal Scream, el grupo que revolucionó el rock alternativo en los años 90, fue sin duda la banda estrella de una segunda edición que tuvo un poco de todo y siguió en la misma onda que el año pasado.
A las bandas referenciales del pop, el rock y el indie, se le volvió a sumar una pata culinaria en la que participaron en pequeños eventos abiertos al público algunos chefs de relumbrón durante los días 15 y 16 de mayo. Los puestos ubicados en la entrada del recinto pretendían darle un marchamo gastronómico al certamen gastromusical que, aunque contó con un cartel más ambicioso que el año pasado y pasó del calorazo de junio al disfrutón mes de mayo, pareció reunir a menos público. El concierto de unos pesos pesados del pop-rock español como Viva Suecia el mismo sábado 16 en la plaza de toros de Granada puede explicar una parte del pequeño pinchazo.

No pareció suficiente contar con la participación de bandas con un indudable tirón comercial como Lori Meyers o los burgaleses La M.O.D.A. Quizás faltó un grupo que arrastrara a los mileniales y bajara un poco la edad media del público, como pasó con Carolina Durante en 2025, para así poder atraer también a una audiencia más cercana a la treintena. La ausencia de grupos femeninos de la edición pasada se corrigió en parte con la presencia de la madrileñas Hinds. Al menos para los estándares musicales ruteros, el segundo día fue infinitamente más atractivo que el primero.
Viernes, 15 de mayo
Sol y nubes, viento y fresquito. Para cuando los sevillanos Vera Fauna abandonaron el escenario, el inestable tiempo primaveral contrastaba con el recuerdo del asfixiante calor que sufrieron los asistentes y las bandas el año pasado. No sabemos si fue por eso, pero los miembros de una de las principales revelaciones de la escena indie andaluza de los últimos años tocaron muy juntos, prácticamente en fila. A continuación fue el turno de Hinds, que demostraron que en esta nueva etapa (pasaron de cuatro componentes a oficialmente dos) su pop de guitarras crujientes sigue más vigente que nunca. Si aún queda algún escéptico por ahí, que escuche su disco de 2024 con colaboraciones de nada menos que Beck y Grian Chatten, de Fontaines DC.

En Armilla regalaron varios momentos simpáticos y derrocharon buen rollo, algo que también se agradece en un concierto. Además de un conato de charla con el público sobre el pionono, el gran éxito de la repostería local, Carlota Cossials terminó subida a los hombros de su compañera Ana Perrote mientras trataba de domar su guitarra. La versión de «Spanish Bombs», precisamente en Granada, la ciudad en la que Joe Strummer se refugió a mediados de los años 80 y produjo a 091, fue la guinda de un show refrescante.
Lo de Ash tuvo varias lecturas. El trío norirlandés prácticamente calcó el concierto que ofreció hace un año en la sala Lemon Rock. Hubo un primer tramo centrado en las canciones de su último trabajo, Ad Astra, para luego, a partir de «Goldfinger» del álbum 1977, volcarse en sus grandes éxitos de la segunda mitad de los años 90 y primeros 2000. Ash suenan convincentes y robustos, pero durante su incendiario directo también se pasan de frenada con los graves y la voz de Tim Wheeler queda sepultada en algún lugar entre el bajo y el bombo de la batería. A diferencia del Lemon Rock, echaron mano de una pantalla en la que iban proyectando unas letras gigantes de colores asociadas a diferentes canciones y álbumes de su discografía.
Sábado 16 de mayo
A priori, el cartel del sábado no tenía desperdicio. Y no defraudó en absoluto. La intensidad guitarrera y vintage del segundo día arrancó con los sonidos western y fronterizos de Los Coronas. El sol brilló con más fuerza y Fernando Pardo y su cuadrilla de pistoleros malasañeros con sombreros de cowboy se fajaron con el ambiente más desangelado de las primeras horas. La jornada se fue caldeando a medida que se iban viendo más camisetas rojas de la emblemática portada del álbum Screamadelica. Entonces llegó el turno del grupo de rock de culto más juguetón y querido del mundo mundial, o sea, los eternos Redd Kross, que siguen siendo tan irresistibles como siempre.

Últimamente, a los hermanos McDonald y compañía les ha dado por vestir con monos blancos manchados de pintura. Los californianos son artistas en moldear material propio o ajeno, ya sean temas de Kiss o de los mismísimos Beatles. En Armilla definieron la furiosa «Uglier» como una “festiva canción de protesta” y brillaron, como no podía ser de otra manera, con algunos de sus grandes hits powerpop: la preciosa «Mess Around», la furia de «Pretty Please Me» y también «Annie`s Gonne», que Jeff cantó con la cabeza tapada y vino precedida de una extraña intro. Por cierto, que bendita locura de canción que es «Neurotica». No se parece a ninguna otra composición de su repertorio.
Entre una parte del público rockero más ortodoxo, todavía hay quien se extrañaba de lo bien que suenan The Charlatans en directo. Sobrevivieron a los locos tiempos de madchester, se reinventaron en el britpop y todavía hoy continúan facturando temas brillantes. Aupados por el característico sonido de su hammond y de las bonitas visuales que se proyectaron durante el concierto, el vocalista Tim Burgess logró expandir su encanto peterpanesco en un concierto bastante canónico. A canciones tan emblemáticas del indie británico de los 90 como «One to Another» y «The Only One I Know», se le unió el habitual broche final de «Sproston Green». Como novedad, incluyeron varias pinceladas de último álbum, We Are Love (2025), que no desentonaron en absoluto en el setlist.

Seguramente, el concierto de Primal Scream ha sido lo más cerca que va a estar nunca Granada de poder ver a los Rolling Stones. No es una crítica a los escoceses, al contrario; el larguirucho Bobbie Guillespie continúa contorneándose como una ágil anguila y las guitarras afiladísimas y stonianas de su compañero Andrew Finnes remiten en muchos momentos a los autores de «Brown Sugar». Tiene mérito que además de no hacer el ridículo y parecer un simple fotocopia, Primal Scream no suenen desfasados, como fuera de onda, teniendo en cuenta que el grueso de su repertorio tiene más de dos décadas de antigüedad. Las canciones del Xtrmntr (2000) marcaron la diferencia, con la arrolladora «Swastika Eyes» pasando por encima del público y embobándonos a todos con la fuerza de un misil. «Kill Al Hippies», del mismo disco, estuvo dedicada al que fuera bajista de la banda, Mani, fallecido en noviembre del año pasado.

Gillespie camufla sus limitaciones vocales con un carisma solo reservado a los grandes frontman del rock. Como siempre, iba hecho un pincel, con un traje blanco a medida que realzaba su figura. De las nuevas, «Ready to go home» sonó un poco descafeinada sin el coro góspel y a «Love insurrection» le faltó la riqueza instrumental de la versión de estudio. Antes de que Guillespie se despidiera con “un rock and roll forever”, enlazó dos de las grandes piezas de Screamadelica («Loaded» y «Come Together»), envolviendo el recinto en un gran coro gospel comunitario al son de “come together as one”.
No hubo pantallas ni fuegos artificiales ni otras clásicas parafernalias de los conciertos de rock. Solo una banda dejándose la piel y un final de concierto ganador (y de innegable aroma Stones) con la dupla «Country Girl»-«Rocks» que terminó de enloquecer a todo el mundo. Las luces se quedaron encendidas cuando hacia las 00:45 abandonaron el escenario, pero, extrañamente, no hubo bises.
Texto: Jon Pagola
Fotos: JM Grimaldi






