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Chris Stamey – Barbara Ann (Barcelona)

Las persianas del Barbara Ann hacen de las ocho de la tarde una noche prematura y algo ficticia, sí; pero más creíble que esa otra muda que sus vecinos proponen. Resulta que el Barbie se ha visto movido a cancelar su agenda entera de directos, salvo los acústicos de Chris Stamey (14 de mayo) y Peter Holsapple (6 de junio); al parecer, la quietud de la tarde solo admite a The dB’s por fascículos.

Recibimos este jueves así la primera entrega: Chris llevaba días recorriendo ya nuestras ciudades junto a esa guitarra de la que a veces reniega, por fidelidad quizá a la buena que la dejó en casa. Aun así, la tocó con encanto y un cariño innegable. Entre su propia trayectoria y que era el penúltimo concierto del Barbie, aquello se llenó al punto de que incluso a los asiduos se les cerró la puerta. Pegada a ella escuchaba yo, medio de puntillas, a Chris remover ciudades, épocas y amores pasados, bajo el pretexto de su nuevo disco, Modernism, donde revisita clásicos de los sesenta, además de algunos temas propios.

Para disgusto de The Kinks, que estaban justo encima de los elepés en venta, aquellas versiones no llegaron a sonar. Chris no escondía las limitaciones del acústico: «I can’t do that!», soltó, por ejemplo, señalando a saber qué póster antes de atreverse con “I Want To Break Your Heart”.

Fue Anything Is Possible el disco que definió mejor la noche; en parte, por la cantidad de canciones que le dedicó: recuerdo especialmente “Don’t Talk (Put Your Head on My Shoulder)”, indispensable en la cuna de los Beach Boys; la claridad con que llamó canción de desamor a “After All This Time”; y la mala suerte de “When My Ship Comes In” que, escrita sin pretensión política, no dejaba de sonar contemporánea.

Ir a ver a Stamey es ir a reunirse también con Alex Chilton y Chris Bell; es comprobar si han logrado hacerse hueco en la sala o también se han llevado un portazo. Chilton sin duda se abrió paso entre las frecuentes menciones, como aquel agradecimiento por apreciar “Summer Sun”, descartada por Blondie; Chris Bell, por su parte, debió estar cerca de aplaudir cuando Stamey versionó “I Am The Cosmos”, tocándola just as a song.

«¿Can I play longer?». Advertido de la tensión vecinal, Chris procuraba no despertar a nadie, no eclipsar ninguna televisión —tal vez la de Verlaine— ni mucho menos acabar siendo el fondo de una cena familiar incómoda. Veinte minutos, le dijeron. Alguien aprovechó entonces para pedir “Cara Lee”, y lo agradecí. Las canciones que yo hubiera propuesto ya habían sonado: “Happenstance” y “From a Window to a Screen” abrieron el concierto sin esperar a nadie.

Lo clausuraron con más humildad “I Wrote This Song for You”, que nos hizo sentir parte de su sueño cumplido; y “Greensboro Days”, un abrazo para quienes aún tenían que coger un tren de vuelta a casa. Stamey solo tuvo que bajar, en cambio, unos escalones para cubrir su nueva misión: saludar a la gente y firmarles aquellos elepés que The Kinks custodiaban, y que volaron.

Ya sin otra cosa que cedés para vender, el músico se sentó en la barra a tomar algo. Podría haberse pasado allí toda la noche, de no ser porque se enteró de mi desgracia: “Stamey nos va a tocar ‘From a Window to a Screen’ en la acera”, le dije a mi amiga. Pero de la acera nos echaron pronto; solo cuando acabamos estirando el concierto en un parque, entre algún que otro aplauso tenebroso, comprendí la amplitud de aquel anything is possible.

Buses y vuelos pendientes pusieron fin a esa actuación improvisada de la que ya no se quejó nadie, ¿la escucharon siquiera? Porque a tres locos —uno además de blanco en medio de la noche sin persianas—, por más que canten, se les ignora.

Despedimos a Stamey cruzando en rojo como un barcelonés más, y yo pensé en llevarme aquel banco en que estuvimos; pero, visto el panorama, valdrá más a toda costa preservarlo.

 

Texto: Sara Moa

Fotos: Marina Tomás Roch

 

 

 

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