Quinto trabajo de Jefferson Hyll, primero tras su mudanza a Owensboro, en Kentucky, a finales del año pasado, y nuevo triunfo absoluto. Instalado en su vertiente más dinámica, dejando que las guitarras suenen felices y triunfantes en la mayor parte del track list y jugando como siempre en esa liga del cantautor eléctrico clásico americano en la que siempre ha militado, lo primero que podría decirse de este nuevo álbum es que puede que sea lo mejor que ha facturado hasta el momento. Porque a su inmensa capacidad melódica, a su talento para conjurar esas estampas a caballo entre la nostalgia, la melancolía y la esperanza, ahora suma una madurez compositiva que salta a ojos vista.
Como siempre ocurre en sus discos (en cualquier disco con vocación artística, en realidad), las sucesivas escuchas revelan matices, detalles y sugerencias no apreciadas de entrada; pero como ocurre también siempre en su caso, esa primera escucha nunca deja frío o dubitativo, sino eufórico y expectante. En este caso, la magnífica terna inicial compuesta por «Harbor Town», «A Thousand Years» y «Let’s Go Home» te sume en esa placentera sensación de “estar en casa”. Es ese “lo ha vuelto a hacer” del que sabes que, en adelante y hasta la última nota de la última canción, no va a bajar el nivel. Lo subirá -y lo sube, de hecho- en más de una ocasión. «Living Underwater», «Following the Wind», «The Promised Land of Dreams» o el propio tema que titula el disco son un claro ejemplo de ello.
Y sí, puede que, como se comenta en la propia reseña del álbum en bandcamp, Jefferson siga “invocando a sus conocidos: Petty, Browne, Springsteen, Zevon y otros”. Innegable. Pero no sólo los invoca, sino que en cierto modo los conjura para, siguiendo la misma estela que jalona su trayectoria, ser cada vez más él. Disponer cada vez más de una voz propia. Una voz, además, que regala música bonita, música hecha de sinceridad y emoción. Inside Our Houses es, en definitiva, un precioso monumento al buen gusto. Y ello, en una época y un país que desde sus élites parece instalado en la estupidez, la zafiedad, la ignorancia y el mal gusto, es un alegato tan artísticamente indiscutible en lo explícito como políticamente contundente en lo implícito. En tiempos oscuros, la luz y la energía que desprende música como la de Jefferson, son más necesarias que nunca, ni que sea para arrostrar el día a día.
Y la única duda, la única incógnita que le queda a uno tras escuchar estas nuevas quince canciones, sigue siendo la misma que tras la primera vez que le escuché, con aquel espléndido Good Future en 2021: ¿cómo hará para superar esto? La respuesta, implícita: no sé cómo, pero seguro que lo hará. Hasta entonces, disfrutemos dentro de nuestras casas.
Eloy Pérez






