
Uno de los últimos monarcas vivos en la extensa, longeva realeza musical de Nueva Orleans, Little Freddie King celebró el año pasado su ochenta y cinco cumpleaños del mismo modo que en las últimas veintisiete ocasiones anteriores: sobre las tablas del BJ’s Lounge, su garito de confianza en Nueva Orleans. Su segunda casa, por decirlo así, si no acaso la primera. Pero no sería esa fiesta la que finalmente vería la luz impresa en vinilo, sino otro show ofrecido poco después -el 19 de septiembre- en el club de Burgundy Street. Tanto da, en realidad, porque a estas alturas, en su caso una noche u otra en el escenario sólo pueden variar del sobresaliente a la matrícula, de lo extraordinario a lo magistral. Matices, simplemente, en unas actuaciones que son lección viva del blues eléctrico de los últimos setenta años.
Catorce temas entre lo propio y lo ajeno (Slim Harpo, Howlin’ Wolf) acompañado de Robert Snow Sr al bajo, “Wacko” Wade Wright a la batería y Robert Louis di Tuillo Jr soplando la armónica, en lo que se intuye -según foto de contraportada- una de tantas noches íntimas, privilegio para ese público que casi es familia, ya. Un lujo que a la mayoría nos queda muy lejos, pero del que podemos en parte desquitarnos con este doble elepé, Live at BJ’s Lounge, recién editado por MadeWright Records
Porque Little Freddie King pertenece a esos bluesmen de la muy vieja escuela para quien los años cabe suponer que supongan achaques mil, en la intimidad, pero que en público muestran una voz, unos dedos y un espíritu que para sí quisieran no pocos más jóvenes. Basta escuchar ese obligado -como apertura- «Swamp Boogie» para apreciar que ese chaval nacido como Fread Eugene Martin, primo de Lightnin’ Hopkins para más señas, puede que dejara McComb, Mississippi, hace un tiempo (setenta y dos añitos de nada) rumbo a The Big Easy, pero desde entonces hasta hoy, no ha perdido ni un ápice de su talento, sino todo lo contrario: lo ha nutrido, afilado y engordado con una biografía que es puro manual de referencia para tocar blues. Hijo de otra época, como tantos otros, ha tocado con dios y con su madre, acumula premios y homenajes y puede vanagloriarse de haber grabado el primer disco de blues eléctrico en Nueva Orleans, el referencial Harmonica Williams and Little Freddie King, en 1969.
Pero aparte de eso, orillando lo musical, su experiencia vital es la de un músico negro que las ha pasado putas, que se ha curtido a base de hostias y sinsabores y que cruza el ecuador de su octava década de vida con un currículum que incluye sobrevivir a tres tiroteos, varios navajazos, un accidente de bici que casi le deja en el sitio, una úlcera estomacal y una electrocución accidental. Eso sin contar pequeños inconvenientes más globales, como el huracán Katrina o la pandemia de 2020. Una vida que se refleja en cada verso y cada nota de ese repertorio y que él mismo resumía justo el día antes del concierto de cumpleaños que mencionábamos al principio: “La gente me pregunta: ‘¿Crees que los jóvenes tocan blues como tú?’ Y yo les digo: ‘De ninguna manera’. Y eso es porque no pasaron por lo que yo pasé. Tienen que pagar un precio. Caminar por las calles con los zapatos rotos, trabajar un mes entero sin cobrar, como yo”.
Eloy Pérez






