
Una de las cosas más interesantes de la música hecha aquí no suele salir en las fotos promocionales ni en las playlists creadas por el algoritmo, sino en esa red más o menos invisible de bandas, salas y ciudades que se van pasando el testigo unas a otras hasta acabar formando una escena real. El concierto compartido de Vecinos y TOC el pasado sábado en Barcelona sirvió precisamente para recordar eso mismo, que a lo largo del país existen kilómetros de furgoneta que son los que hacen que el panorama siga vivo.
Y es que las escenas locales solo existen de verdad cuando dejan de mirarse el ombligo, cuando una banda puede tocar a cientos de kilómetros y congregar un público más o menos fiel, y cuando los miembros de los grupos se observan, se inspiran y se empujan mutuamente desde la primera fila.
Así que, por suerte todavía quedan noches que se sostienen sobre la humilde idea de que dos bandas no necesitan revolucionar el panorama para justificar un concierto, sino simplemente tocar buenos temas ante un público en algo más que unos pocos metros cuadrados.
TOC, desde Euskadi, abrieron con un sonido sucio, punzante y muy físico que muchas bandas persiguen y no siempre encuentran. Su propuesta se mueve entre el post-punk, el mod y ciertos ramalazos Oi!, pero lo interesante es cómo equilibran la crudeza con una veta melódica muy marcada. Hay crudeza, claro, pero también melodía, carisma y soltura escénica. Además, a ellos se les vio comodísimos sobre las tablas, con presencia, personalidad y seguridad en su propio proyecto. Sonaron, entre otras, “Gau eternal bat”, “K”, “Bi miru gu” o “Ametsen batean”, de su álbum de 2024 Jaioak Hiltea Zor, y en todas el público se entregó hasta el punto de acabar literalmente por los suelos. Algo así como si Vecinos hubieran nacido en Euskadi, hubieran dormido peor y se hubieran levantado con más mala hostia.

Luego salieron Vecinos, y ahí la sala pasó de gaztetxe a una pequeña comunidad temporal de gente que comparte piso, ansiedad, ironía, rutina, precariedad y cotidianeidad. Lo suyo tiene bastante mérito porque parten de materiales que, en manos menos espabiladas, podrían quedarse en una simple gracia. Pero a ellos les funciona porque no lo fuerzan demasiado. No van de cronistas generacionales ni de portavoces de nada. Literalmente son un grupo de chavales que han entendido que la mejor manera de contar según qué cosas es no ponerse demasiado serios (lo que no quiere decir que no se tomen esto con seriedad).
Hay un hilo bastante claro que los conecta con cierta tradición local de guitarras, es decir, con Mujeres, Pantocrator, Pinpilinpussies, Cala Vento y toda esa escuela barcelonesa (o catalana) de canciones con nervio, barrio y una forma que parece desenvuelta pero que abandera el desencanto. También, en un marco más amplio, pueden venir a la cabeza nombres como Carolina Durante o La Paloma. Ellos mismos lo reconocieron al mencionar a Nueva Vulcano como referencia y motivo para estar ahí tocando. Bien dicho. La escena de nuevo inspirándose a sí misma.

El concierto fue un pequeño desorden ordenado. La banda sonó compacta, rápida y ciertamente contenta de estar ahí. Vecinos transmitieron esa sensación todo el rato. Se lo estaban pasando bien y la sala también, que a veces parece una obviedad, pero no lo es en absoluto. Arrancaron con “Nuevo inicio de sesión”, “Va como va” y “Ya verás ya” y hubo pogo desde el principio. Son garajeros sin alma de garaje, y eso juega completamente a su favor, porque no parece que quieran emular, sino poner el estilo al servicio de los temas.
Martín, el cantante, iba vestido como una especie de médico o psicólogo (formato low cost), guiño evidente al título de su primer álbum Centro de Ayuda (2025), y la cosa funcionó, además de por la coña, por la prolongación del universo de la banda. Al final, entre los EPs, el disco, los bolos y el documental presentado en el In-Edit, empieza a dibujarse algo más interesante que una simple colección de temas pegones en forma de mundo propio y reconocible.
A medida que avanzaba el repertorio con “Feliz cumpleaños”, “Valerón Tristán”, “Salfumán”, “Mala semana”, “El eucalipto”, “Paga y señal”, “Por todo lo alto”, “Carlos Baute”, el concierto fue creciendo de forma muy orgánica y la banda parecía encontrar cada vez más disfrute en el propio caos que estaba generando. Tampoco hace falta ir repasando canción por canción para entender que la cosa iba cada vez mejor.
El final con “No hay ventas”, “Siempre más”, seguramente el punto más alto del repertorio, y “Fin del informativo” dejó, obviamente, con ganas de más. Se pidió otra, pero no pudo ser esta vez. Sea como sea, viéndolos en directo, rodeados de gente que parecía compartir un mismo código, un mismo fondo y hasta una misma manera de habitar la ciudad, uno tenía la impresión de estar asistiendo a algo más valioso que un simple concierto prometedor. En una ciudad donde muchas veces uno no sabe ni quién vive en la puerta de enfrente, Vecinos fueron capaces de crear durante un rato un rellano de los de antes: ruidoso, sí, pero también comunitario y cálido. Para ser solo los Vecinos, la verdad, no está nada mal.
Texto y fotos: Álvaro Rebollar






