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Tame Impala – Palau San Jordi (Barcelona)

Uno tiene la suerte de poder seguir de cerca los primeros pasos de infinidad de bandas que pasan año a año por nuestra ciudad y recuerdo con especial cariño aquel Primavera Sound de 2013, cuando Tame Impala presentaban Lonerism en el Parc del Fòrum ante un público todavía no del todo consciente de la magnitud que acabarían adquiriendo los australianos.

Acabado el show tuve tiempo para charlar un rato con Kevin Parker y era un tipo de una sencillez y un entusiasmo que contrastaban rotundamente con la descomunal ambición de sus composiciones, un friki perfeccionista de Perth que hacía discos desde su habitación para el deleite del mundo. Así pues, emociona ver como trece años después, ese mismo tipo llena el Palau Sant Jordi en el primer concierto en solitario de Tame Impala de su carrera en Barcelona.

Que esta ciudad y Tame Impala tienen una historia especial no es ningún secreto. Parker tiene sus paradas rituales aquí: el Bar La Plata del Barrio Gótico y sus anchoas como talismán infalible, el bar Musical María de Gràcia… Hay un vínculo todavía más concreto: el videoclip de The Less I Know the Better, dirigido por el colectivo barcelonés Canada y protagonizado por la actriz catalana Laia Manzanares en ese triángulo amoroso adolescente y delirante que acumula más de mil millones de reproducciones, convirtió Barcelona en parte indisociable del imaginario visual de la banda. La ciudad les corresponde, y el Sant Jordi así lo demostró.

Lo primero que llama la atención al entrar al pabellón es el escenario: pequeño, deliberadamente pequeño, instalado en el centro de uno de los extremos del recinto para que el público lo rodee en semicírculo, convirtiendo un espacio que ha acogido a los más grandes en algo próximo e íntimo sin renunciar a la épica. Sobre él, suspendido como un platillo volante el dispositivo lumínico más impresionante que servidor recuerda en un concierto de rock en mucho tiempo: una estructura circular de grandes proporciones que se fragmenta, muta y se reconfigura orgánicamente a lo largo de toda la noche. En un recinto cerrado y en oscuridad total, el efecto es directamente lisérgico.

«Apocalypse Dreams» y «The Moment» abren un agujero que nos hace caer en la madriguera, hacia otro estado de conciencia, y «Loser» demuestra el perfecto encaje de Deadbeat junto al catálogo de siempre. «Elephant» llega con ese riff que hace revolotear el espíritu de Ozyy Osbourne sobre la escena, y «Afterthought» y «Feels Like We Only Go Backwards» funcionan como llaves que abren puertas que creías haber cerrado hace tiempo. «Dracula» cierra el tramo con la autoridad de un clásico instantáneo —de esos que uno juraría haber escuchado toda la vida— antes de que Parker desaparezca del escenario para protagonizar el gesto que mejor le define como rockstar de una especie aún por catalogar: reaparece entre el público en un escenario secundario que parece ser una réplica de su espacio doméstico —parqué, alfombra, múltiples lámparas de casa y su equipo de sonido personal— donde se sienta y se tumba para recorrer «No Reply», «Ethereal Connection» y «Not My World» en una atmósfera de intimidad tan absurda en ese contexto como encantadora.

El regreso al escenario principal lo marca «Let It Happen», y la elección es demoledora: ocho minutos de psicodelia en espiral con el platillo volante descomponiéndose sobre las cabezas del público en un festival de luz y geometría imposible. «Alter Ego» nos llena de nostalgia y nos recuerda lo bellas que fueron las composiciones de la banda desde el principio de los tiempos. El momento culminante de ese tramo del show llega con «Eventually» para que miles de gargantas la coreen con la entrega de una hinchada de estadio de fútbol en el tiempo de descuento. Con «New Person» y «Same Old Mistakes» cierran el cuerpo principal con la elegancia de quien sabe exactamente cuándo hay que marcharse.

TAME IMPALA al Palau sant Jordi
8-4-2026
FOTO: MARINA TOMAS ROCH

Los bises completan la noche destacando por encima de todo la festiva e irresistible «The Less I Know the Better» —con ese groove blanco y descarado que el propio Parker confesó que en un principio le parecía demasiado facilona para un disco suyo— la convierte en fiesta sin complejos, y «End of Summer» cierra con la delicadeza de un fundido en negro perfecto.

El Sant Jordi tardó en vaciarse. Trece años desde aquel chaval del Fórum que hablaba de sus discos favoritos y de su música como si nadie fuera a escucharle. Ahora el mundo entero adora su calmada sencillez. Y Barcelona, que siempre supo verlo venir, fue por unas horas el salón de su casa.

Texto: Rubén García Torras

Fotos: Marina Tomás Roch

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