
El artista se ha vuelto un habitual de la ciudad. A su llegada despierta aquellas secciones de la audiencia más exquisita y connoisseur. A título de ejemplo, tenía una pareja de jóvenes en la fila de atrás que hablaban de los próximos conciertos en Barcelona y citaban a no sé qué grupo de noise japonés y no sé qué festival de anti folk, que me sonaba todo a chino, a estoy fuera de casi todo. Y supongo que así tiene que ser. Ya me coge todo a una edad con unas energías hacia lo nuevo disponibles pero limitadas. Pero me encanta ver la facción más nerd en pleno éxtasis, en plena acción, y con la energía, la curiosidad (y la pasta) para llegar a lo máximo posible. Para desenterrar el próximo secreto a voces.
Más allá de esa anécdota, Steve se presentó como un sobrio one man band, a base de artilugios y pedales que hacían sonar su acústica como una lubricada máquina de belleza y ruido. Cargada con afinaciones abiertas que parecían serpientes en celo. Muchas veces sentía que recogía la tradición y el espíritu del antiguo sello Takoma, al viejo estilo del American Primitive Guitar, y se lamia en la oblicua orientalidad de Robbie Basho y se enjuagaba en astrales escalas a lo Fahey, escalas del blues más ancestral que actuaban como puentes para conectar todo su repertorio. Un repertorio fluido que ejecuta como si fuera un único plano secuencia, sin descansos, siempre encajando las canciones con pequeños arreglos entre tema y tema.

Un repertorio en el que puede intuir el «Nearly There» y «Another Fade» de su último disco, la obra maestra Daylight Daylight, el «New Moon» del magistral The Unseen in Between, a parte de una ingeniosa versión añeja y blues del «I’ll Be your Mirror» de la Velvet Underground. Pero, al fin y al cabo, con Steve eso da absolutamente igual. El repertorio es tan solo una mera excusa para que el artista saque todos sus talentos. Es un catalizador para ingresar en el aquí y el ahora e improvisar, de manera que las canciones surjan en el espacio y tiempo como una señal de belleza y de humanidad. Y ver a Steve hacer esto posible de una manera grácil, humilde y tranquila, te hace sentir acompañado, partícipe de una realidad que imagina un mundo más hermoso y más humano.
Texto: Andreu Cunill Clares
Fotos: Meritxell Rosell






