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Juana Molina – Upload (Barcelona)

Juana Molina ha sido siempre un verso suelto en esto de la música. Muchas veces ha sido difícil ubicarla: demasiado libre para el pop, demasiado melódica para cierta idea de la experimentación, demasiado artesanal para la electrónica, demasiado eléctrica para el folk. Pero el domingo en Upload, en su segundo paso por Barcelona en apenas una semana tras tocar también en Razzmatazz 2, lo que volvió a quedar claro es que lo suyo hace tiempo que dejó de ser una anomalía y funciona bajo sus propias reglas. Y su segundo sold out en la ciudad condal solo lo corrobora.

La de Buenos Aires llegaba además con DOGA (2025), su primer disco de canciones nuevas en ocho años, publicado después de un largo silencio discográfico desde Halo (2017). Un regreso que es continuación natural de una obra que siempre ha avanzado a su aire. En DOGA están sus ritmos ondulantes, voces que se repiten como ecos y esa extrañeza que caracteriza su música. Temas como “siestas ahí”, “la paradoja” o “desinhumano” parecen pensados para dejar que cada uno se pierda un poco dentro.

“Uno es árbol” dio inicio a su concierto. El tema sirvió como entrada prácticamente perfecta para ir calentando motores, con sus ritmos sinuosos y efectos colocados con precisión, dos elementos que marcarían buena parte del bolo. Molina tocaba la guitarra y manejaba una pequeña colección de cacharrería electrónica, mientras que, a su lado, un percusionista sostenía el armazón rítmico entre batería y bases. Más que suficiente para levantar el concierto durante una hora y poco.

“Cara de espejo” llevó el concierto a un terreno más físico, con unos graves enormes que hacían temblar la sala. Eso sí, la voz de Molina quedó algo enterrada en la mezcla gran parte de la noche, lo que en su caso no es un detalle menor. Su voz no es solo una voz, sino que es también instrumento, textura y eco. Cuando se pierde, se pierde también una parte importante del engranaje.

Aun así, había algo muy potente en ver cómo las canciones se construían delante del público. Molina no parece interpretarlas como piezas cerradas, sino como fragmentos en constante movimiento. Su música tiene algo de sueño, pero a su vez es física. El concierto ganó intensidad en la parte central, especialmente con “Ay, no se ofendan”, uno de los momentos más brillantes de la noche, seguido de una “Caravanas” más tranquilo.

En el tramo final sonó “Sin guía, no”, “Cosoco”, “Un día” (estos dos últimos, sus mejores temas) y dejó “Miro todo” para el bis. En esta parte demostró que es una artista que ha construido un universo tan reconocible que ya casi no necesita referencias. Se pueden citar a Björk o a Lucrecia Dalt (con quien comparte esa forma de tratar la voz, la textura y la canción), pero al final Molina siempre acaba escapándose de la comparación.

Antes de dedicarse por completo a la música, Juana Molina ya había sido una figura popular en Argentina como actriz y cómica. Podría pensarse que ahí hubo una pérdida, que la televisión dejó escapar a alguien capaz de multiplicarse en personajes, voces y gestos. Pero viéndola en directo, esa etapa parece menos una vida anterior que una pista de lo que vendría después. Molina sigue haciendo algo parecido, solo que con la música. Tal vez, esa faceta de actriz no ha desaparecido del todo, sino que ha encontrado otra forma de estar en escena.

Texto: Álvaro Rebollar

Fotos: Marina Tomás Roch

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