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Festival Arenal Blues, gratis, sin postureo… y ¡frente al mar!

 

 

 

Voy a empezar con una pequeña confesión, para que nadie se lleve a engaño: este año he sido el presentador del festival. Es decir, he estado ahí arriba dando paso a las bandas, pidiendo que compren sus discos y camisetas. Probablemente diciendo alguna chorrada de más. Así que sí, cabe la posibilidad de que haya vuelto a casa con un leve síndrome de Estocolmo provocado por el cariño de la organización, de los músicos y del público. Pero incluso con ese “riesgo”, hay cosas que son difíciles de maquillar: cuando algo funciona, funciona. Y el Arenal Blues obviamente ¡funciona!

Celebrado en el paseo marítimo del Arenal de Xàbia, con dos escenarios mirando al mar, el festival tiene algo que muchos otros han perdido por el camino: escala humana. Aquí no hay distancias absurdas ni sensación de estar alimentando a una maquinaria industrial. Aquí todo está cerca: los músicos, el público, los bares y restaurantes… y también el esfuerzo de quienes lo levantan. Porque este festival no lo impulsa una gran promotora, sino un grupo de amigos (¡los siete magníficos!) que, en su cuarta edición, siguen dejándose la piel —y a veces el bolsillo— para que esto salga adelante. Y se nota. En todo. Incluso en el cuidado de la puntualidad, coordinación entre escenarios, en el trato a las bandas… y en la manera en que todo el mundo parece estar exactamente donde quiere estar.

El arranque del jueves fue casi una declaración de intenciones: un mano a mano entre Mingo Balaguer y Fernando Beiztegui en la Casa de Cultura. Poca gente, ambiente íntimo y blues sin red. De los que obligan a escuchar. Al día siguiente, por la mañana, el festival salió del escenario para meterse en un instituto y hacer algo que debería ser más habitual: explicar la música a los chavales, desde el presente hacia atrás, conectando a The Rolling Stones, The Beatles o Bob Dylan para acabar llegando al blues, claro. Una experiencia que, por un momento, te reconcilia con el futuro.

 

 

Ya en el paseo marítimo, el viernes arrancó con Epi y Blues, que desde el nombre hasta su logo juegan con ese cruce imposible entre Epi y Blas y los Blues Brothers. Más allá del guiño, lo importante: una banda enorme (¿nueve músicos?), dos voces al frente y un marchoso cóctel de rhythm and blues, rock and roll y blues que dejó el listón donde tenía que estar desde el primer minuto. Habían vencido en el último concurso Arenal Blues Way y se habían ganado su sitio sobre las tablas.

 

 

Después llegó Gonzalo Portugal, probablemente uno de los nombres más esperados para quien escribe estas líneas. Su disco Release fue, sin rodeos, uno de mis favoritísimos de 2025, y en directo confirmó todo lo que apuntaba en estudio: un guitarrista fino, con gusto, capaz de alternar músculo y delicadeza sin despeinarse, arropado por otros tres músicos impresionantes.

 

 

El cambio de escenario nos llevó a Martín Burguez And His Rhythm Combo, un viaje directo a los años 40 y 50: al jump blues y al rhythm and blues primigenio, con sección de vientos, elegancia en el escenario y una pista entregada desde el primer minuto. Nadie puso a bailar a tanta gente durante el fin de semana al ritmo de composiciones propias, pero también de homenajes a Freddie King o Fats Domino.

 

 

El cierre del viernes fue para Mingo Balaguer’s Blueshadow, y no hay matices: una banda… ¡IMPRESIONANTE! Mingo, cantando y soplando la armónica, jugando en la liga, la de los grandes, no en vano es nuestro Little Walter o James Cotton—, pero lo que hay alrededor no es precisamente decorado: guitarristas como Kid Carlos o Pablo Sanpa (¡y su Repsolcaster!) elevan cada tema intercambiando punteos, y el bis final, con Burguez y parte de su sección de vientos sumándose a la fiesta, dejó una jam de las que justifican un festival entero.

 

 

 

El sábado arrancó en el escenario pequeño con The Pickin’ Boppers, un grupo instrumental valenciano que mezcla R&B, surf, swing y rock and roll con una naturalidad pasmosa. Incluso se atreven a versionar el “O Sole Mio” y a Django Reinhardt. Elegancia en escena y un repertorio que funciona como una máquina bien engrasada gracias a esos tremendos instrumentistas: Jesús y Gerard (también en la banda de la Perra Blanco), Tonete (además contrabajista de Anna Dukke) y David, un guitarrista espectacular.

 

La sorpresa —o una de ellas— llegó para mí con El Oso y sus Sabandijas, una banda granadina que homenajearon impecablemente el sonido del West Side de Chicago, ese que popularizaron tipos como Magic Sam, Buddy Guy u Otis Rush. Eléctrico, con nervio. De los que te pillan por sorpresa y te dejan clavado.

 

 

La tarde la abrió Stevie Zee, un guitarrista inglés que aportó ese toque hendrixiano –aunque pasado por el filtro de Stevie Ray Vaughan–, demostrando que el lenguaje sigue vivo si se toca con convicción. Y el pequeño escenario se despidió con Arnau and the Honky Tonk Losers, que llevaron el festival hacia terrenos más cercanos al country outlaw sin perder el pulso. Las canciones de su último y estupendo álbum adquirieron otra dimensión sobre las tablas gracias a esos ocho músicos en escena, energía desbordante y un repertorio que incluía guiños a Townes Van Zandt o Waylon Jennings.

 

 

Ya en el escenario grande, la Beiztegui Blues Band ofreció una actuación sólida, con Fernando exhibiendo ese tremendo vozarrón que tiene y una tremenda clase a las seis cuerdas. El repaso a su cancionero se vio trufado por un puñado de clásicos y fue rematada por una jam de armónicas impresionante: con Mingo Balaguer, por supuesto, y Víctor Puertas.

 

 

El cierre fue para Koko-Jean & The Tonics, puro nervio de rhythm and blues y soul, con ella exultante: una frontwoman magnética y una banda que supo mantener el pulso –a golpe de poderoso blues rock– incluso cuando ella desaparecía momentáneamente del escenario para reaparecer con otro vestido y la misma energía.

 

El domingo, a mediodía, bajaron el telón The Ubangi Stomp, desde el interior de Alicante, con un set divertido, fresco y con personalidad, incluyendo una versión castellanizada del “Route 66” que, para qué negarlo, tenía algo de guiño cómplice con nosotros.

 

Pero más allá de nombres y estilos, lo que define Arenal Blues es otra cosa: la sensación de comunidad. Esa que hace que no tengas prisa por irte, que te quedes a la siguiente banda aunque no la conozcas (que fueron unas cuantas), que acabes hablando con músicos en la barra o que el propio festival te invite, sin decirlo explícitamente, a bajar un poco el ritmo. Y luego está el detalle que, en tiempos de entradas a precios delirantes, no conviene olvidar: es gratuito y en plena ciudad. Además, con las ventajas que proporciona la temporada baja: alojamiento accesible y una oferta hostelera alrededor que convierte cada pausa en parte de la experiencia. Así que no, probablemente no soy la persona más imparcial para hablar de Arenal Blues. Pero sí te puedo decir que he disfrutado muchísimo y me ha recargado las pilas.

 

Texto y vídeos: J.F. León

 

3 Comentarios

  1. Manuel Berruti

    Muchísimas gracias por tu inestimable presencia, tu impecable profesionalidad. Ha sido un autentico lujo contar contigo. Muchísimas gracias!!!

  2. Hola JF, mis felicitaciones por esta cronica de lo que ha sido esta 4ª edicion de Arenal Blues.
    Por lo bien que has mostrado el quehacer de las bandas como el espiritu del festival, y como no, a los «siete maginificos» como bien has bautizado, a esta gente que hace que los amantes de la buena musica y especialmente del blues, podamos disfrutar en este marco tan especial de un buen finde de musica, amigos y copas. Solo apuntar que el festival es la culminacion, la crisalida, el orgasmo de un año entero fomentando a través de diferentes conciertos, concursos y demas eventos enfocados para estos dias. Ha sido un placer conocerte ( soy Paco, el paisano de Mingo) y quiero agradecerte toda la documentacion de video y grafica que has subido.

  3. Rafael Enriquez

    Cartel impresionante y siendo el tipo de festival que me gusta, nos veremos en el próximo.

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