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Deadletter – Kafe Antzokia (Bilbao)

 

Hay conciertos a los que se va con el ánimo de bailar, disfrutarlo y punto. Sin más expectativas, vamos a lo que vamos y si recibimos lo que queremos pues misión cumplida. Este fue el caso de la aparición de Deadletter en el Antzoki, que no llegó a colgar el cartel de sold out pero presentó una buena entrada, aunque diez minutos antes de empezar aquello parecía un solar, cosas de alternar en los bares de fuera.

Pero el recinto se fue llenando para ver al sexteto londinense, que con dos discos a sus espaldas se presentaban como abanderados de un post punk vitalista, bailable y entregado a la causa. Quizás si hubieran nacido décadas antes estaríamos hablando de un grupo con una trayectoria consolidada y faro de otros, habrá que darles tiempo.

Con el inicio de “The Ectasy of gold” (no a todo el mundo le pega mucho, Metallica sólo hay uno) comenzó la fiesta, a la que sólo le pondríamos un pero: es complicado llevar a buen puerto una ceremonia bailable cuando el intercalado de temas es un sube-baja, caña, tranquilidad, caña, tranquilidad, un no acabar de arrancar el desmelene hasta el final, obviamente. Además los pasajes de free jazz funcionan cuando te subes a su propuesta y eso no es siempre posible. Iniciando con el drum´n´bass de “Purity I” Zack Lawrence, su cantante (recordaba por momentos al Jagger primigenio, pero más por estética que por electricidad innata) ya se bajaba a mezclarse con el público, pero más como paseante que como integrante de la masa que quería bailar. Complicado cuando sólo el saxo es el que marca el ritmo, con canciones como “To the brim” o “Bygones”. Estaba claro que la peña disfrutó más con propuestas más movidas (“He, himself and him”, los guitarrazos de “More heat!” o la caña de “Deus ex machina”), pero el concierto iba a tirones.

La omnipresente presencia del bajo (muy post punk, bien), los cencerros (que siempre dan un toque curioso) y los momentos en que el frontman intentaba entregarse totalmente (pero sólo intentaba) apuntaban maneras pero, lo dicho, fue complicado lanzarse a la vorágine bailoteable. Salvo en la recta final, ahí ya dieron lo mejor de sí. La coreada “Fit for work”, y la tralla final con “Binge”, lo mejor del concierto con diferencia, ahí teníamos a todas las primeras filas desbocadas como en la fiesta en aquella cueva de Matrix. Con “Cheers” se cerró un concierto de hora y cuarto, que nos dejó una sensación térmica templada, un sabor de boca a medias, saliendo de ahí con el pensamiento de que hemos visto a unos émulos de Viagra Boys con muchas menos revoluciones. Eso sí, están llamados a escenarios más grandes y masivos a poco que  se centren en su faceta más bailable.

Texto: Michel Ramone

Fotos: Dena Flows

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