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Cosmic Psychos – Wurlitzer Ballroom (Madrid)

Lo que vivimos no fue un concierto de rock al uso, fue una revelación ruidosa, un recordatorio de que, aunque el mundo moderno intente pulir todas las aristas de la cultura, todavía quedan reductos de pura autenticidad cruda.

Ver a los Cosmic Psychos en 2026 es como presenciar un milagro geológico: una fuerza de la naturaleza que se niega a erosionarse. Sin apenas mediar palabra, la banda subió al escenario con la actitud de quien acaba de aparcar el tractor para tomarse una caña. No hubo necesidad de grandes introducciones. Empezaron encadenando «Pub» y «Nice Day To Go To The Pub», y el mensaje quedó claro desde el primer minuto: estábamos en sus dominios. Fue una forma magistral de marcar territorio, estableciendo que allí la única moneda de cambio iba a ser el volumen y la distorsión.

Mención aparte merece la descacharrante actuación de Mad Macka. Verlo sobre el escenario es una experiencia en sí misma, por no hablar de cuando se quitó la camiseta, dejando al aire una barriga cervecera que es ya un monumento al hedonismo del pub rock. Verlo sudar, aporrear la guitarra con una técnica que desafía cualquier manual de conservatorio y lucir su anatomía con ese orgullo de “tío irresponsable” fue hipnótico. Macka no toca la guitarra, la castiga, mientras se mueve con una gracia torpe que es puro espectáculo. Es el bufón y el guerrero de la banda, recordándonos que el rock es, ante todo, no tomarse a uno mismo demasiado en serio.

El sonido no se escuchaba, se sentía. El bajo de Ross Knight fue una apisonadora sónica que se metía directamente en las entrañas, moviendo el esternón de los presentes con ese fuzz denso y oxidado que es su marca de la casa. Fue un asalto auditivo que, lejos de agotar, servía para olvidar los malos tiempos y recargar las pilas. Había algo terapéutico en dejarse arrollar por ese muro de ruido; una catarsis que te corta el hipo y te devuelve a lo más primario. Si el ambiente ya estaba caldeado, la sala terminó de saltar por los aires cuando atacaron «Lost Cause». Es, sin duda, su mejor tema, y el público respondió como se merece: un mosh-pit de cuerpos chocando, sonrisas alcohólicas y una energía que hacía tiempo que no veía. Fue el momento en el que el concierto dejó de ser una actuación para convertirse en una celebración de la supervivencia.

Al salir de la sala, con los oídos pitando y la camiseta empapada en sudor ajeno, la conclusión era unánime: estábamos ante los últimos de una estirpe. Los Psychos son los guardianes de un fuego que se va extinguiendo; esa clase de bandas que no saben de algoritmos ni de estéticas cuidadas, solo de sudor, abrebotellas, grasa de motor y franqueza salvaje. Anoche, mientras Ross Knight y compañía seguían en activo aporreando sus instrumentos, pudimos decir con total seguridad que el rock sigue vivo. No es solo música, es un seguro de vida espiritual contra la pretensión. Mientras ellos sigan en la carretera, el mundo seguirá teniendo un poco de sentido. ¡Larga vida a los Psychos y que nunca falte una cerveza fría cerca del amplificador!

 

Texto: Manuel Beteta

Fotos: Salomé Sagüillo

 

Un comentario

  1. Maximo Vallese

    Saludos de Argentina,Manuel!!!

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