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Caroline – Sala Upload (Barcelona)

 

Hay bandas que sacuden el orden establecido sin siquiera proponérselo. caroline (así, en minúsculas) son una de esas raras anomalías que el panorama anglosajón produce de vez en cuando con la precisión quirúrgica de un accidente controlado.

El octeto londinense empezó en 2017 como un secreto celosamente guardado: Jasper Llewellyn, Mike O’Malley y Casper Hughes improvisando en el piso de arriba de un pub del sur de Londres, sin conciertos, sin agenda, sin industria. Solo música creciendo sola, desbordándose hacia donde le daba la real gana. Poco a poco el núcleo fue expandiéndose —Oliver Hamilton al violín, Magdalena McLean al violín y la viola, Freddy Wordsworth a la trompeta y el bajo, Alex McKenzie al saxofón y el clarinete, Hugh Aynsley a la batería— hasta completar el octeto que firmó con Rough Trade Records y publicó en 2022 su debut homónimo, caroline.

Tres años después llegó caroline 2, distinguido por Pitchfork con un 8.4 y la etiqueta Best New Music, presente en las listas de lo mejor de 2025 de medios tan exigentes como The Wire, Uncut, Mojo o nuestro amado Ruta. Una banda que nunca quiso entrar en la industria se había convertido, casi sin quererlo, en uno de los nombres más respetados de la música independiente contemporánea.

Pero si hay un lugar donde caroline trasciende cualquier etiqueta y cualquier lista de fin de año, ese lugar es el escenario. Y la Sala Upload de Barcelona, a reventar, con todo el papel vendido, fue testigo de ello en una noche memorable, para el recuerdo.

Antes de que el concierto empiece, uno de los miembros de la banda coloca en el centro exacto del escenario una caja de snare junto a un amplificador de bajos de gran formato. No es decoración: las frecuencias graves que emitirá ese altavoz harán vibrar simpáticamente la piel y el bordón de la caja, que responderá con su propio pulso, resonando a ritmo de las ondas sonoras, latiendo como un corazón artificial funcionando sobre una mesa. El rigor de la ciencia al servicio de la magia y el arte. Después, uno a uno, los ocho miembros de caroline van ocupando el escenario en semicírculo, mirándose entre sí con la misma intensidad con que miran al público, porque lo que hacen no es una simple actuación: es comunicación en tiempo real, es comunión artística, es liturgia musical…

Su propuesta sonora cuesta de encajar en cualquier etiqueta. Hay folk, post-rock, noise, slowcore, experimentación y mantras repetitivos que hipnotizan y transportan al oyente a lugares insospechados de la geografía emocional. Si Swans hacen lo mismo, pero te arrastran directamente al infierno con la violencia de un vendaval, caroline te llevan a parajes más ambiguos: tardes tormentosas de verano en las que aún no sabes si va a estallar la tormenta o si el sol va a romper las nubes.

Abren con «Song Two» y ya desde los primeros compases la sala entiende que esto no va a ser un concierto convencional: el mantra de las guitarras desincronizadas, las cuerdas y vientos entrando en capas, los ritmos que parecen querer desfasarse y sin embargo nunca lo hacen del todo… «Dark Blue», del debut de 2022, llega para confirmar que su primer disco sigue siendo un maravilloso territorio aún por acabar de explorar pese a los cientos de escuchas que le hemos dedicado. «When I Get Home» convierte la sala en una catedral de frecuencias superpuestas: los violines de Hamilton y McLean tejen una celosía que el saxofón de McKenzie perfora de vez en cuando con puntadas de ruido brillante.

«Two Riders Down» es el momento más tenso de la noche: una guerra declarada entre guitarras reverberadas y violines en modo folk que escala hasta convertirse en un muro de sonido que aplasta y libera al mismo tiempo. El momento más sorprendente de la velada lo protagoniza «Coldplay Cover», para la que la banda se divide físicamente en dos grupos en los extremos opuestos del escenario, interpretando simultáneamente dos canciones distintas de forma sincopada —dos universos sonoros que conviven, se rozan, se ignoran y finalmente se fusionan—. Es la imagen más poderosa de la noche.

Cierran con «Total Euphoria». Su título es a la vez una declaración de intenciones, una meta y una promesa cumplida: guitarras a contratiempo, batería sincopada, trombón y bajo…, las voces de Llewellyn y McLean elevándose sobre el caos controlado, y ese contragolpe electrónico que parte la canción en dos antes de que todo converja en un bloque de sonido denso y definitivo con un endiablado Oliver Hámilton liderando el exorcismo amenazando con partir en mil pedazos su violín que parece estar a punto de entrar en combustión un segundo antes de que todo se interrumpa y el corazón mecánico que preside el escenario deje de latir; para dejar paso a una de las ovaciones más largas y sentidas que debe haber vivido la Sala Upload en sus más de once años de historia.

El setlist es idéntico en todas las fechas de esta gira, decisión legítima cuando estás presentando un disco en el que has puesto tus mejores cartas. Pero el próximo reto —y aquí está el margen de mejora más evidente para esta maravillosa familia musical— sería precisamente ese: liberar también la estructura del directo, atreverse a que cada noche sea diferente, hacer que las canciones muten en el escenario con respecto a cómo aparecen grabadas. caroline tiene los mimbres, la química y la valentía para hacerlo.

Por ahora, lo que nos queda es uno de los mejores conciertos de lo que llevamos de año. Una banda diferente, brillante y libre de etiquetas que todavía está aprendiendo a ser todo lo grande que puede llegar a ser mientras deseamos que su leyenda se expanda mientras reparten Euforia Total a los fieles que seguirán abarrotando sus liturgias. ¡Que así sea!

 

Texto: Rubén García Torras

Fotos: Marina Tomás Roch

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