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Barcelona Psych Fest – Sala Paral-lel 62 (Barcelona)

Michael Rother (Foto: Marina Tomás)

Si estableciéramos una comparativa entre el festival y una masterclass motivacional aplicada a cualquier tipo de proyecto, entraría en juego el concepto de innovación incremental. Un enfoque que ha avanzado de forma gradual, apoyándose en lo ya construido, sin giros abruptos en sus criterios y con el propósito final de consolidar un producto atractivo en todos sus aspectos. El planteamiento de esta edición partía de la idea de aportar una sensación de flexibilidad absoluta al asistente, cuidando el espacio de manera que lo envolviera en un viaje musical personalizado, adaptado al gusto de cada persona, con el objetivo final de hacerlo sentir plenamente cómodo.

Para alcanzar ese fin, es necesario destacar en primer lugar los inputs no musicales que se reciben: unas proyecciones de carácter premium que generan, tanto para el público como para las bandas, un valor añadido. Estas proyecciones refuerzan la implicación en directo, respaldando las actuaciones mediante las siluetas de los cuerpos y transformándolas en sensaciones placenteras.

Viernes 17 de abril de 2026.

Jornada de precisión milimétrica en lo relativo a los tiempos, con todo desarrollándose dentro del plan establecido y con un sonido nítido para todas las bandas, aunque un punto adicional de volumen les habría sentado bien en general.

Glyders (Foto: Alberto Belmonte)
  • Magick Brother & Mystic. Un arranque basado en una lectura de cartas del tarot traducida al lenguaje musical: paisajes progresivos e inquietantes de pulso sosegado, envolventes y ricos en matices. Un inicio perfecto para situar al público en una atmósfera plenamente psicodélica.
  • Glyders. Una ciudad como Chicago parece, en principio, alejada de los códigos clásicos de la psicodelia, pero precisamente ahí reside el encanto de un trabajo como “Forever (2025)”. En directo se apoyaron en ese repertorio, dejando asomar influencias clásicas (CCR, Leon Russell, etc.). Pese a un tramo central algo valle, marcado por una calma excesiva, el conjunto se desarrolló de forma dinámica. Resulta llamativo, además, cómo un recurso tan básico como un solo de armónica puede funcionar con tanta eficacia en cualquier estilo.
  • Michael Rother. Es curioso cómo la vigencia del lenguaje krautrock en directo se sostiene precisamente en su capacidad para sonar plenamente actual. El berlinés ofreció una mirada que, aun coqueteando con la nostalgia, quedó claramente definida por un enfoque electro‑orgánico en formato banda, donde conviven la tecnología y los elementos más clásicos. Destacaron los ritmos de batería, fluyendo con naturalidad sobre pasajes de guitarra que, eso sí, quedaron en ocasiones algo tapados en el conjunto general. Sin embargo, como buen creador que no se refugia en su pasado, uno de los momentos más brillantes del concierto llegó de la mano de un tema de nueva creación, interpretado junto a la voz femenina de Vittoria Maccabruni. Una pieza de reminiscencias oscuras, elegante y sugerente, que bien podría convertirse en el objeto de deseo de una formación como Trentemøller. Sin duda, un show necesario para contextualizar muchas de las propuestas actuales que beben —consciente o inconscientemente— de este legado sonoro.
  • New Candys. “The Uncanny Extravaganza (2025)” plantea una serie de contrastes que en directo se reflejaron con solvencia y una visión claramente multifacética, pese a algún problema puntual con una de las guitarras que obligó a reiniciar un tema. Sonaron agresivos, con un marcado punto de groove bailable aportado por una batería de pulso digitalizado, en claro contrapunto al fuzz de guitarras y a la acumulación de efectos. Eso sí, con un mayor empaque general su propuesta habría ganado en crudeza y habría quedado más completa.
Deadletter (Foto: Marina Tomás Roch)

 

  • Deadletter. El equilibrio perfecto entre la sofisticación aportada por saxofones y samplers rasposos y un post‑punk chulesco, directo desde el pub de la esquina de cualquier barrio inglés. El ritmo del show lo marcó su cantante, Zac Lawrence, luciendo pantalón ejecutivo de tiro alto y camiseta blanca de tirantes. No paró de moverse, bajar al público, retorcerse y apoyarse puntualmente en una guitarra acústica cuando tocaba. En definitiva, una compenetración total con su banda, que, aunque se mantuvo mayoritariamente en sus posiciones, se mostró muy activa. Quizá un mayor volumen en las guitarras habría beneficiado al conjunto, pero el sonido resultó compacto. “Existence Is Bliss (2026)” despliega una notable variedad musical que defendieron con eficacia en directo, desde la inicial “Purity” hasta la final “Cheers!”.

Sábado 18 de abril de 2026

La puesta del día se apoyó en líneas de guitarra distorsionadas y ritmos intensos que no solo hicieron mover la cabeza de los asistentes, sino todo el cuerpo: desde el baile hasta el choque físico de los empujones. Esta vez sí, el volumen brilló y destacó de forma general en todas las bandas, aportando un valor añadido al conjunto.

  • Hollow Ship. Desde Gotemburgo, la banda fue llenando una sala que empezaba a acomodarse a una propuesta que transitó desde el rock psicodélico británico hasta un refinado funky afro‑rock. Ese recorrido se expandió gracias a la dupla de guitarristas, que llevó el sonido hacia una textura suave, de alma analógica, sin olvidar el poso espiritual que remitió a Santana. Se mostraron especialmente solventes en los pasajes instrumentales largos, con intensos punteos de vocación infinita y líneas de bajo repetitivas, un terreno en el que funcionaron mejor que en los temas cantados, cerrando así un set sólido y coherente.
  • Gift. Herederos directos de la escuela de Manchester, un sonido que con el paso del tiempo ha trascendido fronteras y se ha expandido por todo el mundo —como si contara con sucursales cuidadosamente seleccionadas—, el barrio de Brooklyn no es una excepción. “Illuminator (2025)” recoge todos esos elementos y los lleva a un terreno más bailable, con guitarras ásperas y la actitud de ese joven Corgan que encarna TJ Freda, equilibrada por el contrapunto vocal de Jessica Gurewitz. En directo, esa fórmula se tradujo en un juego constante entre el pulso rock y su guiño a la pista de baile, alternando voces masculinas y femeninas y construyendo en determinados momentos un muro de sonido sugestivo, de clara mirada noventera, que terminó por atraparnos.
Altin Gun (Foto: Marina Tomás Roch)
  • Nothing. La banda de Domenic “Nicky” Palermo afrontaba la última parada de su gira europea en el festival —razón por la cual apenas les quedaba merchandising— y ofreció un concierto breve, con un cierre algo abrupto o inesperado, aunque plenamente acorde con las expectativas generadas por el nuevo enfoque plasmado en “A Short Story of Decay (2026)”. Desde el respeto al silencio arrancaron con “Purple Strings”, una melancolía inicial que desembocó en un entramado sónico sostenido por tres guitarras. Entre capas y rupturas se coló el espíritu shoegaze de “April Ha Ha”, mientras “Cannibal World”, ya convertido en un nuevo clásico, terminó de ampliar el espectro emocional. Cabe destacar la contundencia de una base rítmica de perfil casi hardcore y, en conjunto, la personalidad propia de una banda que, como delatan las camisetas de Napalm Death y Elvis Costello del bajista y guitarrista respectivamente, no teme convivir con referencias diversas. Incluso optaron por acompañar el directo con sus visuales cargados de mensaje: banderas estadounidenses en llamas, tráfico urbano caótico y fragmentos de cine de los años setenta.
  • Altın Gün. Su propuesta, basada en una personalidad que mezcla rock psicodélico con raíces anatolias y de folk turco, se trasladó a un contexto contemporáneo de groove hipnótico y repetitivo, altamente bailable. La presencia de un guitarrista particularmente elegante añadió ese matiz que mantiene la expectación constante. Jasper Verhulst comandó la escena, marcó el ritmo y, apoyándose en su reciente trabajo “Garip (2026)”, dio espacio al lucimiento colectivo. Y, quizás lo más significativo: no fue necesario entender el turco para comprender el ritual
Fomies (Foto: Marina Tomás Roch)
  • Fomies. En el rol de última banda en subir al escenario, los suizos se encargaron de sacudir al público a base de heavy psych y garage‑fuzz, una propuesta que mira de frente a referentes como Osees, King Gizzard & The Lizard Wizard, Wand o Psychedelic Porn Crumpets —la lista podría seguir creciendo sin dificultad—. Presentaron “Liminality (2025)”, definido por ellos mismos como garage‑fuzz inspirado en discos oscuros, mal grabados y en lugares improbables. Fieles a su filosofía “hazlo tú mismo”, llevaron ese concepto a la práctica provocando pogos, algún tímido lanzamiento de cuerpos desde el escenario y ciertos momentos de tensión —o desconcierto— con el equipo de seguridad. Todo ello evidenció su objetivo: llevar el festival hasta su final envuelto en una atmósfera de caos controlado.

Conclusiones

Es evidente que, cuando algo funciona, conviene seguir haciéndolo, estoy seguro que en el caso del Barcelona Psych Fest, seguirán en la línea de la mejora continua: incorporar nuevas propuestas, ampliar prestaciones y, en definitiva, hacer la experiencia cada vez más cómoda para el asistente.

Para cerrar, y ya con la vista puesta en la próxima edición, solo señalaría un aspecto susceptible de mejora que podría reforzar la conexión entre bandas y público: reducir la distancia entre el escenario y la audiencia. Un gesto así contribuiría a generar un ambiente todavía más cercano y envolvente.

Texto: Oscar Fernández Sánchez

 

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