
Con una carrera que arranca en los años setenta y que ha transitado por bandas esenciales como The dB’s o Continental Drifters, Peter Holsapple sigue encontrando nuevas formas de mirar hacia atrás sin perder de vista el presente. Su nuevo álbum The Face of 68 es, en ese sentido, un ejercicio de memoria, de balance vital y también de reafirmación creativa. Un disco que dialoga con el paso del tiempo desde la serenidad, pero sin renunciar a la chispa melódica que siempre ha definido su cancionero.
Esa mirada íntima tendrá su reflejo en una gira española igualmente cercana, pensada para salas pequeñas y conexión directa con el público. El recorrido arrancará el 6 de junio en Barcelona, continuará el 7 en Zaragoza, seguirá el 8 en Bilbao y concluirá el 9 en Valencia, cuatro citas que prometen recuperar la esencia más desnuda de sus canciones.
En este contexto, conversamos con Holsapple sobre el paso del tiempo, la composición, la pérdida, la melodía y todo lo que queda por decir cuando uno sigue escribiendo canciones como si fueran la primera.
Tu nuevo álbum The Face of 68 parece mirar de frente al paso del tiempo. ¿Cuándo sentiste la necesidad de hacer un disco con un tono tan reflexivo?
Puede que surgiera en parte al echar la vista atrás con las recientes reediciones de los primeros discos de The dB’s, que hicimos cuando estábamos en la veintena. Eso fue hace más de cuarenta años, y han pasado muchas cosas sobre las que reflexionar, tanto a nivel personal como profesional. Además, a mi edad, cada vez mueren más amigos, el círculo se va cerrando día a día, así que quería expresar sentimientos sobre eso que me resulta imposible comunicar en una conversación. Se me da mejor escribir canciones que hablar en público.
Has hablado del equilibrio entre humor y dolor en estas canciones. ¿Es algo que surge de forma natural o trabajas en ello conscientemente al escribir?
Como en realidad no tengo un método para componer, solo puedo hacer lo que cada canción me pide. Las letras en particular son difíciles de prever, aunque la mayoría de las veces llegan después de los acordes, melodías y armonías. A veces incluso consigo meter humor y dolor en la misma canción, si tengo suerte.
La melodía siempre ha sido uno de tus rasgos distintivos. ¿Cómo mantienes viva esa inspiración después de tantos años componiendo?
Sin querer sonar frívolo, nunca dejo de escuchar música. Está en mi cabeza cuando intento dormir, suena en el coche cuando conduzco, me siento en el estudio con una guitarra en el regazo y simplemente sale. Soy muy fan de una buena melodía, y me esfuerzo mucho en que sea lo primero que atrape al oyente en una canción nueva. “Más ganchos que una caja de pesca” es una de mis expresiones favoritas. Las canciones que me gustan de otros tienen gancho, así que es natural que para mí eso sea fundamental.
El álbum se grabó en un periodo muy corto. ¿Qué aporta esa inmediatez frente a procesos más largos y elaborados?
Grabar las pistas y overdubs de The Face of 68 en tres días y medio fue refrescante. He participado en proyectos que duraban meses, y eso no es lo mío. Creo que puedes perder perspectiva cuando tienes tiempo para probarlo todo. A veces simplemente tienes que comprometerte con lo que haces y mantener la frescura de las canciones. Las primeras tomas de los músicos suelen tener entusiasmo y una buena tensión que se pierde cuando repites una canción una y otra vez. Rob Ladd y Robert Sledge, batería y bajista del disco, trabajan juntos en muchísimos proyectos, y su capacidad innata para comunicarse fue clave para que todo funcionara tan rápido. Además, Don Dixon y Jason Richmond hicieron avanzar las sesiones desde la mesa de control como los profesionales que son.
Volver a la guitarra solista parece haber sido importante en este disco. ¿Qué has redescubierto de ti mismo como guitarrista?
Sí, es muy importante. Empecé a hacer solos hace solo unos años, y mi etapa en The Paranoid Style ha sido muy formativa. Volviendo a lo del tiempo, eso me llevó a recordar a los guitarristas que me marcaron de joven. Gente como Henry McCullough, Jim McCarty de los Detroit Wheels, Randy California, Danny Kalb, Mike Bloomfield, Todd Rundgren en su etapa en Nazz, Roy Wood, Jeff Lynne, Albert King, Les Paul, incluso Mick Abrahams en Blodwyn Pig. Puede que no se note todo eso en lo que toco, o nada en absoluto, pero está ahí en alguna parte.
Tu carrera ha pasado por distintas etapas y ciudades. ¿Qué te ha aportado volver a Durham y trabajar desde tu propio estudio?
Ha pasado por muchos cambios, desde luego. Volver a Durham, y en general a Carolina del Norte, me ha hecho darme cuenta de que es donde mejor me gusta vivir. Llevamos unos veinte años allí y nos encanta la zona y su gente. Es diferente de mis años de infancia en Winston-Salem, hace sesenta años, pero mantiene esa misma calidez sin pretensiones. Tener mi propio estudio es fantástico. Si tengo una idea, puedo grabarla de inmediato en una forma utilizable. Y si no la tengo, puedo machacar la guitarra hasta que aparezca.
La canción «Larger Than Life» nace de una pérdida muy personal ¿Qué papel juega la música para ti a la hora de afrontar el duelo?
No se me da tan bien hablar como escribir canciones, así que siento que ahí puedo expresarlo mejor, especialmente el duelo. La muerte de Carol Nuccio tuvo un impacto enorme en mucha gente, en Nueva Orleans y más allá. Ya le había dedicado otra canción, «I Am a Tree», en mi primer disco en solitario Out of My Way, sobre una intervención que hicimos con él y su reacción obstinada. Yo estaba convencido de que moriría por algún exceso en los noventa, pero logró encauzar su vida, encontró el amor y empezó a disfrutarla. Luego enfermó y murió, dejando un vacío enorme en nuestras vidas. Era, y sigue siendo, más grande que la vida, de ahí la canción.
En «That Kind of Guy» hay una mirada irónica al coleccionismo musical. ¿Sigues siendo ese tipo de coleccionista o ha cambiado con el tiempo?
Bueno… creo que el huracán Katrina me hizo replantearme el coleccionismo cuando destruyó mis singles. Nunca fui de pagar precios desorbitados por discos. Recuerdo pagar 25 dólares por el álbum I Fought the Law de The Bobby Fuller Four en 1979 y pensar que era una locura. Desde entonces siempre he sido más de rebuscar en cubetas baratas. Hoy en día puedes encontrar casi cualquier cosa online, y también he tenido que reducir mi colección física. Eso le ha quitado algo de emoción a la búsqueda. A algunos amigos les llevó años encontrar el tercer disco de The Velvet Underground en tiendas cuando salió. Y en Carolina del Norte no era fácil encontrar discos en aquella época. Además, no olvides que he estado a ambos lados del mostrador de una tienda de discos, así que la canción es tanto un homenaje como una broma.
«She and Me» es una de las canciones más luminosas del disco ¿Te resulta más difícil escribir sobre el amor que sobre la pérdida?
Gracias, “luminosa” es una forma preciosa de describirla. Llevo escribiendo sobre el amor, en su auge y en su pérdida, toda mi carrera. Sería fácil decir que todo ya se ha dicho, y seguramente mejor. Pero no puedo evitarlo, es algo natural en mí. Solo había escrito una canción sobre mi mujer antes de esta, y era más dramática. Habían pasado años, así que pensé que le debía otra. Y además, todo es cierto.
A lo largo de tu carrera has colaborado con muchos músicos. ¿Qué buscas en una colaboración para que realmente funcione?
Creo que es fácil trabajar conmigo, o al menos eso me gusta pensar. La mayoría de las oportunidades han sido estupendas. Puedo usar mis habilidades para ayudar a otros a sonar como quieren. Busco sobre todo buenas canciones, porque es difícil hacer buena una mala canción. Toco varios instrumentos de forma competente, así que intento aportar lo que encaje en la canción sin sobresalir. Siempre he intentado no dejar demasiadas huellas personales, y quizá mi falta de virtuosismo ayuda. Prefiero las partes sencillas, probablemente porque las toco mejor.
A veces te han llamado “el quinto miembro de R.E.M.” ¿Cómo te hace sentir esa etiqueta y hasta qué punto refleja la realidad?
Estoy orgulloso del tiempo que pasé tocando con ellos. Es una de las mejores músicas que se han hecho nunca. En cuanto a la etiqueta, no la comparto demasiado. Antes de mí estuvo Buren Fowler, y después Scott McCaughey y otros, así que hay muchos “quintos R.E.M.” por ahí.
Trabajaste estrechamente con ellos en un periodo clave ¿Qué recuerdas de esa dinámica creativa y cuál fue tu mayor aprendizaje?
Sobre todo recuerdo los momentos en el escenario. La mezcla de instrumentos, la presencia de Michael, las armonías, pasar de una gran canción a otra con naturalidad… Todo era inspirador. «Life and How to Live It» y «Perfect Circle» eran de mis momentos favoritos en directo. Sabían que tenían que tocar en grandes recintos por su popularidad, pero creo que se divertían más en salas pequeñas como cuando empecé a salir con ellos en 1981. Conciertos intensos, sudorosos, llenos de energía, con el público a apenas un par de metros. Supieron trasladar eso también a los grandes escenarios. Me alegra haber vivido ambas facetas.
Mirando atrás, desde The dB’s hasta hoy, ¿hay algo que sientas que aún no has hecho como compositor o músico?
Gran parte de lo que me gustaría hacer ahora tiene que ver con cosas fuera de la música, probablemente porque ya he hecho muchas cosas interesantes. Pero musicalmente me gustaría intentar un disco más conceptual, incluso más que The Face of 68. No una ópera rock, desde luego, con S.F. Sorrow ya tengo suficiente. Pero quizá algo con un personaje biográfico como Babbacombe Lee de Fairport Convention. Ya veremos.
Este disco parece mirar al futuro con cierta calma. ¿Cómo te gustaría que sonara tu música en los próximos años?
Sé que el alcance de cualquier disco que haga será limitado en un mundo donde el concepto de música popular ha cambiado tanto. Soy mayor, llevo en esto desde niño, y todo ha evolucionado mucho. No voy a estar en lo más alto de las listas, eso está claro. Así que ahora hago los discos que quiero sin preocuparme demasiado por el éxito comercial. Para mí, el éxito en 2026 es que alguien se me acerque después de un concierto o en un restaurante y me diga que le gustan mis canciones o que alguna le ha significado algo especial. Eso significa que he conseguido lo que quería, hacer algo que deje huella.
Y la música que haga en el futuro seguirá naciendo del mismo proceso, como si estuviera en medio de un campo con los brazos abiertos durante una tormenta eléctrica esperando a que me alcance la inspiración, en sentido figurado, claro.
Eduardo Izquierdo






