
En el 60 aniversario de The Great San Bernardino Birthday Party & Other Excursions de John Fahey
En 1966 John Fahey era un desconocido, incluso en los circuitos del folk norteamericano. Había firmado cuatro elepés de “guitar solo”, los tres últimos en Takoma (el sello que fundó con ED Denson en 1963). Pero este Guitar Vol. 4: The Great San Bernardino Birthday Party & Other Excursions era más heterogéneo. Colección de tomas caseras y en vivo, grabadas entre 1962 y 1966, no siempre bien reivindicado, suele considerarse superficialmente por la crítica su álbum “psicodélico”, quizá por los cambios de registro y el estrépito de algunos cortes.
Interpretar instrumentales a palo seco diferenciaba a Fahey de la gran mayoría de sus coetáneos. Entre las discográficas que imprimían música tradicional estaban en ese modo Sandy Bull y Peter Walker en Vanguard, y Robbie Bāsho en Takoma, los tres en una vena no menos disolvente.
El amor de Fahey por la música bordeaba lo religioso. Había pasado años vendiendo y canjeando discos de 78 rpm de “race music” (música afroamericana), country&western y clásica. Analizaba y usaba afinaciones de los bluesmen del Mississippi. Antes de mudarse a la costa Oeste a estudiar etnomusicología, tuvo el valor de encontrar a Skip James en el Sur profundo para traerlo de vuelta a los escenarios. Takoma además estaba editando a bardos del Delta, supervivientes y trashumantes, como Bukka White y Robert Pete Williams.
El tema que abre el elepé, ocupando casi toda la primera cara, y luego le dio nombre, «The Great San Bernardino Birthday Party», viene de un par de directos que solapó en el estudio. A través de un fluido de la consciencia que enuncia frases y se recuesta como por piezas, el guitarrista improvisa. La polifonía encordada se desata a poco entre transiciones lentas de slides sobre blues arcaico y luego brillantes brotes de ragtime, casi bailables, antes del cambio de tono a unos corridos de adagio en bajada. Y vuelta a empezar la ronda, si alguna de las partes no se pierde entre los vagones, o la madera no se ha desintegrado antes.

Este Vol. 4 es el primero de sus discos que no incluye la palabra muerte en el título. Suele invocarse lo desértico por lo seco del panorama (y la imaginería de las tapas de sus vinilos anteriores), pero uno no puede dejar de ver lugares redimidos para siempre por la impronta de una tonada.
Charlie Patton, Blind Blake, Charles Ives…. Al oyente se le complica, en este plan, encontrarse al otro lado con un performer definido, o enmarcable en una definición dentro del prototipo humano con guitarra. La meditación entrecortada podría tener como objeto intervalos de tiempo históricos o que tienen un peso en la memoria sonora, si bien hay un sitio borroso que se abre paso entre quien escucha y lo que suena.
El acercamiento inestable tacha la pose, el gesto o la imagen constantemente. El autor se esfuma para que lo sustantivo tome posesión. Más que una narrativa multidimensional, Fahey consigue una esencia poética del arpegio —convertida en marca de la casa—, en tránsito, de la danza típica a lo funerario ensimismado, siempre en fuga, transfigurada por rumiaciones impensables años antes.
Consiguiendo contrapuntos más crudos, si cabe, hay dos dúos con paisanos de su Maryland natal. El tradicional «Will the Circle Be Unbroken», con Flea en el órgano y el guitarrista en una afinación más gruesa, desparrama cascadas alrededor de una entonación que no termina de despejarse. En el también tradicional «900 Miles», con Nancy McLean a la flauta, el asunto se focaliza en unos glissandos planeadores, como salidos del mismo garaje que Pearls Before Swine. Son números arremetidos con la desfachatez comunitaria y urbanita, de grupos de la Costa Este como The Fugs, The Holy Modal Rounders o la Jim Kweskin Jug Band.

Fahey mantuvo alguna polémica con los defensores de las bondades del folklore como causa política (por ejemplo, Pete Seeger). Denostaba ese lado de la expresión por redundante y consonante. Su arte enlazaba, si acaso, con una era iconoclasta de regurgitación crítica, que estaba ensanchando los márgenes del rock: Captain Beefheart, The Mothers Of Invention, The Velvet Underground, The Godz, Red Krayola (con quienes colaboró). La influencia de San Bernardino se explicita, ya entonces, en bandas excursionistas de Berkeley, proto-étnicas y anti-climáticas como Country Joe & The Fish, Mad River y Kaleidoscope.
«Guitar Excursions into the Unknown», como su propio nombre indica, es un modelo para no temer a las afinaciones descarriladas, como si la guitarra sufriera de un virus letal. Las granulaciones de los timbres llevados ahora con cierto punto de quiebre sarcástico, jazzístico a capella, fumigan todo tipo de complejo cualitativo de la performance. Por lo naturalista, espontáneo, fragmentario, incluso desordenado, desprolijo o inconcluso, Fahey podría formar parte de esa estética norteamericana, en la línea mística y objetivista que iría de Walt Whitman y H.D. Thoreau hasta Harry Partch y La Monte Young.
La introspección despreocupada del formato se consuma aún más en «Knott’s Berry Farm Molly», al usar cintas que reproducen al revés una seguidilla de acordes —como harían los Beatles ese mismo año en «Rain»—, anticipando por segmentación que se inserta, la propia progresión de la guitarra durante el tema. La veta experimental muestra la flexibilidad de las cuerdas de acero cuando son desaprendidas (“untaught”, desaprendido, dijo alguna vez Fahey): no instruidas, de una ternura libérrima, tan “independentistas” como enigmáticas.
La sibilancia anexa a los cortes —por ser grabaciones con diferentes medios y años—, como si tuviera cada uno su propia respiración, insufla también este “habla extraviada”. Orbitando capas oblicuas y transversales, de aguda cercanía, la escucha resulta más creativa que pasiva, más práctica y real. De los Stanley Brothers a Ravi Shankar, así suenan los dedales adheridos por la Veena hindú del colega Al Wilson (Canned Heat). «Sail Away Ladies», grabado en el MIT de Massachusetts, es la adaptación de otro estándar del folk revival en gloriosos tonos mayores. Funciona también por interlocución entre idiomas y lenguajes, entrelazando continentes en principio remotos. Es el tema que mejor podría representar al disco; híbrido y silvestre, profundamente afecto al contacto armónico.
Uno siempre tiene la sensación de escuchar trenes durante el viaje a San Bernardino pero en realidad no pasa ninguno por esta grabación mágica. El cierre reposado, con el himno presbiteriano «O Come Emmanuel», desprende el aire de salón ya vacío, después del estruendo de la fiesta, expiando todo lo fraguado anteriormente.
Más allá del creciente impacto de una discografía monumental —más de cuarenta álbumes—, en este Vol. 4 John Fahey desafía la erosión irremisible de lo acústico, dando fe de sus infinitas posibilidades. Como herramienta en movimiento, micro-histórica, apátrida y resistente, nos termina entregando a una experiencia retro-activa, como nunca antes ni después, de la guitarra.
Texto: Tony Ruiz







Estupendo artículo sobre uno de los verdaderos guitar heroes…Pero corregid el título, pone «Fagey»
Yo he comenzado a leer gracias a la foto, que si no….