
Es fácil caer en el tópico que persigue a todas las bandas psych-rock. Esa manida sensación en la cual uno piensa que está escuchando todo el rato la misma canción. Que la ola que todos los espectadores debemos surfear tiene la misma pared que una ola del mediterráneo y por ello es muy difícil conseguir sacarle rédito.
Ese tópico tan de brocha gorda argumenta, al fin y al cabo, que la experiencia que supone asistir a un concierto de un grupo de este estilo no consiste en otra cosa que escuchar ruido y distorsión. Cuántas veces lo habremos oído…o incluso leído.
No son pocas las crónicas de conciertos de bandas maravillosas que han sido resueltas con este tipo de expresiones. Con antibióticos de amplio espectro, que diría el Dr. House. Y, quizá por ello, es muy probable que haya alguna que otra crónica que hable en estos términos de un concierto de Psychedelic Porn Crumpets. Incluso que esta sea la opinión de alguno de los que estuvimos presentes en la Copérnico la noche del martes. Lo siento por ellos.

Puedo comprar que el conjunto australiano hace tiempo que sabe dónde funciona bien y prefiere jugar a lo seguro, pero nadie puede negar la evidencia de que sus directos son una apisonadora. Una mezcla bien medida de King Gizzard y FuManchu cuyo paso por el Azkena hace un par de años les ha conseguido una fiel legión que abandera su causa allá por donde pasan.
Psychedelic Porn Crumpets no son nada originales, no hacen grandes alardes ni ambicionan más de lo que tienen. Y, por supuesto, no es nada que no hayas visto antes, pero una película no deja de ser menos buena en su enésima revisión.
Texto: Borja Morais
Fotos: Salomé Sagüillo






