
Glosar, concienzudamente, lo acaecido, el día en que la multidisciplinar Maika Makovski quiso celebrar sus veinte años (súmenle uno más) de trayectoria musical, nos llevaría demasiado tiempo y les aburriríamos; intentaremos ser breves (tarea harto difícil).
En pos de conmemorar esta importante efeméride, la lúcida artista mallorquina quiso reunirse con sus amigos más cercanos para repasar su largo y ecléctico camino. Quizá el Palau de la Música Catalana no era el lugar más adecuado donde pudiese tomar vida ese “bodorrio gitano” (frase expresada en diversos medios) en el que Makovski deseaba bullir, alocarse o demostrar las grandes virtudes que atesora. De todas maneras, si la fastuosidad era lo que se pretendía (las dudas sobrevuelan) no podía escoger recinto tan adecuado; rocanrolear en pie, quedó pospuesto. Este largo espectáculo (tres horas clavadas) formaba parte del festival Cruïlla Hivern y prácticamente llenó (con público muy heterogéneo) el impresionante espacio modernista.
La última cabriola armoniosa de nuestra protagonista, se titula “Bunker Rococo” (2024), un atrevido álbum desvinculado, con acierto, del libro sonoro que le ha acompañado desde su primera maqueta o de aquel primigenio y áspero LP apellidado “Kradaw” (2005). Muchos deberían pensar que, con tantos invitados, esta nueva experiencia quedaría aparcada; se confundieron. Hasta siete veces relució, conjuntándose perfectamente incluso con el rock añejo de antaño.

El inicio fue clásico. “Song of distance” se degustó en modo acústico y con la compañía del Quartet Brossa, a mi entender lo mejor, melodiosamente hablando, de toda la velada. Junto a ellos, Makovski se hizo grande en “Body” (ascenso de voltaje), “Makedonija”, pieza llena de acentos árabes y africanos (dedicada a su padre) o en ese bis magnífico con la estupenda “Lava Love” (una de sus canciones preferidas). Injusto sería ignorar la valiosa aportación de JC Luque (bajo), David Martínez (batería) y Bobbi Relac (guitarra), tres miembros originales (desde tiempos lejanos), indispensables en el pensar rítmico precisado. Impecables durante toda la noche.
La mentada apertura, completada con “The deadly potion of passion” y las novedosas “Dust” y “Exotic ingredients” hicieron palidecer a unos cuantos oyentes. No fue por su cualidad, sino por el errático sonido soportado en gran parte del festejo. Podemos entender que con tanto cambio de instrumentos, los cables se pelearan entre ellos, pero esos molestos acoples, eternizados, deslucieron diversos pasajes. Al Palau cuando se le enchufa, con fuerza, sufre; ningún descubrimiento.
Toca hablar de los convidados, otra labor complicada. En principio por la cantidad (sobrepasaron la decena) y también por el derroche, ganas y apego demostrado, es imposible criticar a ninguno. Sin ganas de obviar cualquier colaboración, intentaremos destacar lo más provechoso, según nuestro particular criterio, naturalmente: nadie debería enfadarse.

Christina Rosenvinge y Anni B Sweet fueron las primeras en lanzarse al ruedo, ambas cantando temas de “Bunker Rococo” (les honra). Interpretaron “The brotherhood” y “My head is a vampire”, respectivamente. Anni estuvo muy suelta, nos decantamos por ella.
Paul Fuster tuvo algún desajuste vocal, aunque lo arregló exhibiendo su musculosa voz de barítono en “Not in love”. Mikel Erentxun siempre conquista y volvió a conseguirlo con “Places were we used to sit”, traducida, para la ocasión, como “Esos lugares donde nos solíamos sentar”, una de las dos concesiones al castellano. La otra llegó con “Si tú me quieres”, hit, a lo Tequila Sound, con la que Ovidi y Álvaro Tormo (Los Zigarros, marido y cuñado de Maika) se llevaron a los espectadores de calle; la excitación stoniana o tequilera no falla nunca.

Desde Donosti llegaron Niña Coyote eta Chico Tornado (“Reaching out to you”) quienes junto a Nina de Juan (espléndida en “James Dean”), la impactante aparición de Asier Etxandia (“No news”) y The Mani-las (“He’s got the power”) lograron encandilar a los presentes a base de rock and roll vibrante.
Entre todos estos queridos compañeros, apareció un personaje de otra liga: Howe Gelb. Al íntimo amigo de Makovski se le estropeó la guitarra justo antes de atacar “The Bastard”, le importó un pepino. Se sentó delante del teclado y embistió las teclas “bluseando” como los grandes. La calidad y el ímpetu empujaron a los escuderos, los cuales, subiéndose al carro, se sintieron superiores; Gelb ejerciendo de maestro. Gigantesco.
Maika Makovski brindó “Avoiding you” a su madre (presente en la sala), se recreó en “Friends”, ajustó con ganas “Hunch of the century” y apabulló con “Iron Bells”, campanas de soul psicodélico repleto de vientos audaces. En los bises, surgieron “Language” y “I live in a boat”; en el escenario se aglomeró el gentío oficiante. Auténtico jolgorio.
En 180 minutos ocurren muchas cosas, posiblemente nos hayamos olvidado de unas cuantas. Quédense con la emoción sentida y casi llorada de Maika Makovski. Una fiera a la que le quedan muchas notas que devorar. Felicidades.
Texto: Barracuda
Fotos; Marina Tomás Roch






