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Los Espíritus – Sala Copérnico (Madrid)

El sacrificio del alma, la comunión de la banda argentina con sus fans fue vibrante y emotiva a su paso por Madrid. Todavía había gente haciendo cola para entrar en la madrileña sala Copérnico cuando Los Espíritus arrancaron con «La Mirada» uno de los mejores conciertos en lo que va de año en la capital. Que no es mucho, pero aún así no lo va a dejar fácil para los que vengan a tocar a la ciudad en los próximos meses.

Porque no hubo espacio para el bajón de intensidad en la hora y media de psicodelia afroamericana (que no negra: afro-americana) que el quinteto argentino desplegó ante una audiencia entregadísima. Y eso que tampoco es que detectáramos mucho acento compatriota suyo en la sala. A la gente a la que le gustan Los Espíritus, le pirran.

Con «El Viento», «El Palacio» y «Jugo», tres temas de lo más antiguo de su repertorio, se comprobó que todos en la sala les seguian desde el principio, desde esa época previa a las turbulencias que vivió el grupo antes de que su líder Maxi Prietto se viera envuelto en una acusación anónima de acoso sexual que no llegó a trascender judicialmente, pero que provocó su salida temporal de la formación para después volver previa salida de varios compañeros que decidieron marcar distancias. Un tema que, sin tener toda la información clara, no entraremos a valorar en esta crónica.

Con todo el público acomodado entre las dos plantas del garito, Los Espíritus dieron una pincelada de su repertorio post-pandémico tocando el tema titular de su reciente EP Camina y la marchosa «Navidad» para luego volver atrás en el tiempo hasta la hipnótica «Cigarros y tragos», en la que las congas empezaron a marcar el ritmo de la fiesta entre cañones de humo a todo trapo (al baterista dejó de vérsele en el escenario ya durante casi todo el bolo) y visuales lisérgicos que acompasaban el tempo contagioso de estos chamanes de Buenos Aires.

Llegando al ecuador de la velada sonó una de las joyitas de su cancionero más desértico, «El árbol de los venenos», quizá la mejor de las que grabaron en colaboración con el héroe nigerino (que no nigeriano) del rock tuareg, Bombino. Entonces empezaron a sonar «Las Sirenas», con esa pulsación tan irresistible que puso a bailar a lo loco a las primeras filas augurando las ganas de pogo. Las pedaleras de los guitarristas tomaron protagonismo en la sinuosa «Av. Calchaquí» ya con toda la parroquia rendidísima al mojo de los cinco músicos, a los que se les vio claramente la sonrisa de estar más que satisfechos e incluso sorprendidos con las ganas que había de auparlos en hombros.

Antes de la traca final, hubo un momento para la placidez con esa deliciosa ‘Ola blanca’ que poco a poco se va convirtiendo en un rompepistas en el que los guitarristas, ya en modo ‘santanero’, se marcaron unos punteos que, con la escolta incansable de las congas, generaron una expansiva atmósfera de festival hippie de tiempos antediluvianos en la que ya no quedaba nadie sin entregar su alma al sacrificio.

El final se fue vislumbrando cuando sonaron temas ultra emblemáticos, los que todo el mundo tiene grabados a fuego aunque los haya escuchado alguna vez incluso de pasada, como «Esa luz», «Huracanes» y «Jesús rima con cruz». Ahí se quisieron despedir sabiendo que ni en broma les íbamos a soltar la correa. La gente estaba muy a tope y necesitó tres bises, primero la ‘deemetiana’ y casi mareante «Vamos a la luna» y luego la entrañable «Noches de verano», un himno genial para despedirse, pero sin dejarnos con las ganas de cantar a coro y, ahora sí, poguear cosa mala con ese tesoro que es «La rueda que mueve al mundo», un tema que dejó tan extasiada a la gente que, quienes pensaban irse a casa al terminar, acabaron viendo el amanecer en algún lugar de Madrid sin dejar de girar, y girar y girar.

Texto y fotos: Nacho Serrano

 

 

 

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