
Hay bandas que en dos años cambian de look. Y luego están Lady Banana, que en ese mismo tiempo –el que ha pasado desde su última visita a la ciudad condal– lo que han hecho es crecer, y mucho. Crecer de verdad: más canciones, más oficio, más seguridad, más tablas, más callo. En la Sala Vol volvieron a demostrar que lo suyo ya no va de promesa. Lo suyo es una realidad.
Y de las buenas. Antes, eso sí, aperitivo con mala leche: Baby June, cuatro chavalas con pinta de no llegar a la veintena, pero sobradas de actitud punk de la que no se enseña en las escuelas de música. Pelucas, descaro y una cantante que entre canción y canción convertía el escenario en una mezcla de bronca de patio de instituto, monólogo canalla y ajuste de cuentas con la humanidad. Fuimos llamados “fills de puta” con insistencia, sin perder la sonrisa. Tampoco se libraron los hippies, los perroflautas ni los octogenarios necesitados de tacataca. Más gamberrada que provocación, más desparpajo iniciático que peligro real. Insolentes, divertidas y con ganas de reventar el mundo. Verlas sentadas en el suelo de la calle al salir, comiéndose un kebab, cerraba la postal adolescente. Y eso también tenía su encanto.

Del cabaret al plato fuerte. Nerea y Alba salieron al escenario con esa sonrisa que solo aparece cuando se disfruta de verdad. Saludan, agradecen y, cuando por fin arrancan, confirman que siguen siendo dos, pero suenan como seis. Donde antes había promesa, ahora hay hechos. La batería de Alba pega como si cada tema tuviera cuentas pendientes con ella, y Nerea sostiene la atención con esa mezcla de garra y naturalidad que hace fácil lo difícil. No necesitan llenar el escenario de trastos para levantar una tormenta, aunque sí hubo más apoyo de pistas en los temas nuevos: capas y arreglos imposibles de sacar en directo siendo solo dos. ¿Importa? Más bien poco. Mientras haya músculo, canciones y actitud, el resto es decoración. Y Lady Banana van sobradas de las tres cosas.
Hubo también mención a colaboraciones ilustres, como la de Sho-Hai, resultando especialmente llamativo ver a Nerea defender «Acción de gracias» sin el habitual colchón de su guitarra, prácticamente sola, con la voz del zaragozano sonando de fondo. Naturalidad pasmosa para salir airosa, sin red ni aspavientos. Más presencia, más confianza, más tablas. Otra vez. ¿La única pega? Que se hizo corto. Muy corto. El único “pero” de la noche. Porque cuando una banda está así de enchufada, y además se muestra tan maja y cercana, uno quiere media hora más, dos bises más o, directamente, que no paren. Lady Banana tienen ahora algo muy serio entre manos: no solo un repertorio más amplio, sino la sensación de que pisan cada vez más firme sobre un camino que no entiende de casualidades ni de rachas, sino de trabajo, talento y carácter. Ya lo dijimos hace dos años: conviene ir acostumbrándose. Lo suyo no es una promesa. Es una certeza. Lady Banana ya no vienen a Barcelona a ver qué pasa. Vienen a dejar claro que están pasando.
Texto y fotos: Borja Figuerola






