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Gilipojazz – Kafe Antzokia, Bilbao

 

Se pierde en los recovecos de la historia lingüística qué significa la denominación “gilipollas”, esa palabra que nadie puede decir que nunca la ha pronunciado. La leyenda dice que, un funcionario en Madrid del siglo XIX apellidado Gil, solía acompañar a sus hijas a pasear con el propósito de casarlas, siendo considerado tonto o de pocas luces, de donde surgiría «Gil y sus pollas» (en referencia a sus hijas), derivando en el insulto.

Pero quienes asistieron al concierto del viernes en el Antzoki distan mucho de ser gilipollas con el significado de dicho funcionario. Porque hay que dejar claro que fue una demostración de virtuosismo, buen rollo y comunión con el público. Ojo, de salida me parecía complicado porque no es una propuesta ni fácil, ni coreable ni asequible. Pero los madrileños arrastran peña, mucha, y entregada. Y quienes no somos habituales éramos los menos.

¿Y qué nos ofrecieron los tres gilipojazz? Pues una amalgama de rock progresivo, surf, jazz, funk, rock más asequible, algunos momentitos metaleros, otros  latinos… vamos, un poco de todo fusionado, mezclado, pasado por la batidora de su mega virtuosismo y su buena predisposición al disfrute. Hubo un ambiente maravilloso y así es complicado no agradar, aunque sí que hubo quién nos comentaba que les ha visto por aquí más intensos en conciertos pasados. Pero sobre las tablas del Antzoki, desde el minuto uno ya se vio que el torrente de notas desparramadas (sobre todo desde la guitarra de Iker García) iba a ser algo superlativo. Ya sabíamos que la actuación se basaba sobre canciones instrumentales (en sus palabras, el 87´92% como dijeron una vez por estas páginas) y esa es una propuesta valiente y arriesgada.

El trío tocó temas de sus dos discos, destacando “Payasos” (inspirada en un videojuego de los años 90 que aún no existe”, el humor sí que lo tenían fino y absurdo, es decir, inteligente), un medley de canciones de “Dragon Ball”, “Jaco Malfoy” (en qué cabeza cabe que esté dedicada al maestro de las cuatro cuerdas Jaco Pastorius y Drago Malfoy, un maloso de la saga de Harry Potter, pero como ellos dicen, “una canción instrumental la puedes nombrar como quieras”) o “Sandwich”.

Una versión cayó, “Focus II”, de los míticos neerlandeses Focus, metieron en “Aguante y paciencia” partes del “Quiero sentir tu presencia” de Seguridad Social (años que no escuchaba eso) y también hubo movimientos de instrumentos entre los tres (el Casio a trío y algunos temas con el baterista Pablo Levín tirando de bajo cuando su dueño, Ángel Cáceres se encargaba de la guitarra acústica, incluso tocando las cuatro cuerdas y la pedalada de la batería a la vez) y una simpatía tan fluida como sus desarrollos instrumentales que, por momentos, nos recordaron al Zappa más desbocado, a los australianos King Gizzard and the Lizard Wizard o, por supuesto, a Primus.

Cerraron con dos temas hermanos, “Iker me debe un café” y el del bis, “Iker ya no me debe un café”, con una gran ovación para los de Carabanchel, que dijeron que se unieron para poder tocar esas semicorcheas que no les dejaban en sus grupos de origen. Ahora las pueden tocar todas, seis años llevan ya y lo que les queda porque están defendiendo una propuesta valiente, apasionada y muy técnica. Que no es poco en estos tiempos en los que tanta y tanta gente cree que la música es algo de usar y tirar de un día para otro y sin alma. Y no es así.

Texto: Michel Ramone

Fotos: Dena Flows

 

 

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