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Geese – Botanique, Bruselas (Bélgica)

Hay algo de polvo de epifanía en lo que os voy a contar. Y esta vez prometo que el mito y la realidad se rozan en erótica tensión. Hago una pausa. Y noto como el fluido neuronal enciende y apaga constantemente las imágenes del concierto, dos días después de todo lo ocurrido.

El aurea de la banda surge en mi memoria como recuerdos monumento. Y lo primero que me viene a la mente son estas palabras.  Profundidad vocal, avalancha poli rítmica, sincopados meteorito y otras electricidades oxidadas. Así son Geese. Con una capa de introversión esteparia que les protege de la multitud extasiada y rendida.  Separados del alaguismo polifónico que produce disminución de materia gris. Ellos son virtuosos, casi etruscos, y se untan de historia para derramarse en el presente. Excesivos y ecuánimes. Tan jóvenes que podría ser su padre. (que felicidad interna tan abrumadora puedo sentir al seguir entusiasmado como un niño con la música que hacen unos chavales de 24 años). Expansivos en la brecha temporal de un eclipse caleidoscópico. Sombra asíncrona del genio más suspicaz.  Geese trascienden a cañonazos y a abrazos. A miradas y con acordes rotos.

Escuchándolos en disco no pude percibir con tanta claridad ese afilado espectro de grunge grasiento, pero si como bajavan por la rampa a toda pastilla hacia el rock más clásico y emergente, bruta British Invasion con carburador trucado y clavijas desajustadas, con Van Morrison en un canal y los Stones en otro. Estroboscópicas viñetas de folk blues, curvadas en la polaridad. Sol vudú por un lado y luna zen por el otro. A toda posibilidad, con la cintura preparada para desvanecer los sueños del oyente. No, No. Pensándolo mejor es un colonizarlos a golpe de machete, en un fluir brumoso, narcotizante e inmersivo. No hay duda de que saben emular el beso de la cobra.

Imagino a Buckley en el Live at Saint É (Puro Manhattan en la suela del zapato) o Radiohead en el 97 o Soft Machine en el 68 o los Minutemen en el 84, Soundgarden en el 91 o Pharoah Sanders en el 71 o los Stones en Nellcote. Una pesadilla de Zappa. Un equinoccio del rock en vibrante suspensión. Al filo de lo inclasificable, abriendo un nuevo mundo que huele a todo y a ellos al unísono. Geese es una tarea de equipo, un juego de espejos. Una trampa evidente. Veneno y antídoto. Humildad y santidad.

Como una tribu ancestral saben separarse del exterior y quitarse la barrera de seguridad al mismo tiempo. Saben urdir una narrativa construida desde la vulnerabilidad interna; medio aullido, medio sermón. Caóticos, perfectos en la entropía, en harmonía con el estallido del aquí y el ahora. Fluyendo en un iluminado devenir donde nada se sostiene. No hay sostén. Lo que oyes, aquí no hay sostén. No hay partes. Ni estructuras. Es un todo, brillando en atómica coreografía. Consciencia luminiscente, fluida y abrupta. Lisérgicos y nítidos, transitan el apocalipsis con lunatismo, arrebato y mucha hermosura. Extáticos en la lírica y sonámbulos en el tránsito, en la tangente que une cada tema en un perfecto plan genealógico.

Por decir algo, pero sabiendo que estas palabras limitan la energía que yo recibí de ellos en directo, podría decir que Geese es pospunk narrativo y John Lurie pescando y James Brown en el TAMI show. Y tienen tanto Stones, pero luego te hacen creer que son Husker Du.  Hong Kong en plena guerra del opio y Sun ra jugando al Maincraft. Suicidas, ardiendo en un puro genocidio de lo establecido. Un improvisado arranque de espontaneidad continua. Los veo. Y me hacen pensar que ya no hay nada anterior a ellos que importe. Todo desemboca en su caudal. Barrer para renacer.  Te vas arrepentir de decir esto Andreu. Es probable, pero ahora ya da igual. Da completamente igual. Y tienen tanto Borroughs en sus diálogos musicales que escupen riffs pegajosos y soñolientos, rayos magnéticos de tormenta holotrópica, viciosos a cortes y elegantes a tercios. Sin lugar a dudas caribeños en el corte más blues. Si los flautistas de Jajouka pudieran hacer rock, creo que lo harían así, hipnotizando con la frecuencia de las montañas del Rif y el alquitrán menstruando en una esbelta carretera acrobática.

Y entonces explota el cometa incandescente: There’s a bomb in my car, saliendo de la mandíbula de Cameron, rugiendo como un huracán tropical, cual himno generacional, al igual que lo fue el Now you do what they told ya de Rage Against the Machine, o la intranscribible onomatopeya del «Hard to Handle» de Otis versionado por los Black Crowes. Versos slogan (como tantos otros en la historia del rock) que inducen al poguismo extremo, circulo en agresividad centrifuga del que crecen rosales de todos los colores. Pero entonces, cual guion imposible emerge uno de esos silencios que generan galaxias a años luz, y de él sale como una bala de cañón el «TV Eye» de los Stooges. Sí sí, como lo oyes. Ellos pueden generar esos silencios continuamente. Agujeros negros de sonido astral que succionan a una audiencia sedienta y catapultada.

Pero también te digo, ellos pueden aullar como Birthay Party y los Cramps y ser sexys como el Cohen más inspirado o Ron Wood en Black and Blue. Es genial ver como Cameron estira las silabas como el Jagger más flexible y luego se rompe al alarido de Van Morrison, como ese tándem vocal de imperfecto estéreo que se mueve en espiral.  Pero Cameron también tiene esa aurea de profeta, de Jim Morrison sin histrionismo. Del que es, pero no quiere serlo. Aquí no hay personaje. Aquí hay espíritu auténtico. Y bajo su magnetismo, abrazados a él, toda la banda avanza en perfecto subidón babilónico. Arco iris de estela nuclear. Corvette de rueda ancha y fuego en las puertas. Una imprenta expulsando estampitas a toda leche para anunciar la cuarta guerra mundial. Y un inusual publico intergeneracional, a media siembra media recolecta, cae arrodillado al magnetismo de unos Geese que hacen del arte un fluir de poesía atemporal. Seda y cacharrería a partes iguales, plomo y nube y todas las expectativas flotando en el horizonte cósmico. Ellos son más de lo que imaginas.  Mucho más. Tiene el don. Ellos son tan solo el canal. La prueba de que dios es real.

Texto: Andreu Cunill Clares

Fotos: Meritxell Rosell (Colonia)

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