
A mis años, ver a Celtas Cortos celebrando sus 40 tiene algo de reflejo en el espejo. A tu alrededor, sobre el escenario y bajo tu piel, el tiempo ha pasado para todos, aunque lleves media vida haciéndote el sueco. En el Sant Jordi Club, esa sensación parecía compartida. Igual que la nostalgia, sí, pero también la memoria, el oficio y una verdad bastante simple: los Celtas siguen ahí. Los presentes, surfeando los cincuenta o acercándonos a ellos, teníamos en común haber crecido con esta banda pucelana, aunque fuera a ratos.
Enamorarnos, emborracharnos, reivindicarnos un poco escuchando sus canciones. Quizá había adolescentes, como lo fuimos nosotros cuando nos enganchamos a sus flautas y violines, pero de haberlos estaban en las primeras filas. O quizá hace tiempo que los Celtas dejaron de reclutar nuevos fieles con la pasmosa facilidad con la que lo hacían en los noventa. Tampoco importa demasiado. A estas alturas conviene recordar que los Celtas son mucho más que «20 de abril» y «Cuéntame un cuento», esas dos canciones que hasta el más despistado te sabe tararear entre copas en una boda. Más allá de la verbena sentimental, Celtas Cortos son historia viva de este país: de su música popular, de su conciencia de clase, de su vena rojilla y de esa forma tan poco impostada de colar canciones que dicen cosas en mitad de himnos de radiofórmula.

La gira se llama 40 años contando cuentos y arrancó con una cuenta atrás desde 40 y una batería de videos con saludos de colegas, famosos y devotos: Fito Cabrales, Carlos Tarque, Dani Martín… incluso Mägo de Oz, reconociendo que sin los Celtas ellos no existirían. Homenaje, sí, pero también recordatorio. Esta banda ha estado ahí mientras otros iban y venían, sonaban y desaparecían, se vendían o se olvidaban. Después, «El túnel de las delicias», instrumental de primera cosecha para calentar el cuerpo antes de las voces de Cifuentes entrando en «¿Qué voy a hacer yo?», y la constatación de que la memoria es una bestia extraña: igual olvidas dónde dejaste las llaves hace un minuto, pero sigues sabiendo letras guardadas en un baúl de los noventa. Tiraron de manual, en parte: clásicos al principio, una zona central más reciente –que a algunos seguidores de vieja hornada se nos escapaba más de la cuenta– y un tramo final de traca. Por el camino sonaron «El ritmo del mar», «Trágame tierra» o «Haz turismo», con un invitado inesperado: Jordi Évole, presentado por Cifuentes como “el periodista más rojo de España”. Évole, con bandera palestina, se sumó al micrófono con esa mezcla de militancia, complicidad y cachondeo que con otra banda podría haber quedado en gesto facilón. Con los Celtas, no. Porque en ellos la reivindicación no es un accesorio. Está en la fábrica. Más tarde llegaron «Skaparate nacional», «Tranquilo majete» y hasta un colectivo de bailarinas celtas sobre el escenario. Verbena, pero de la buena. Por supuesto, no faltaron «Cuéntame un cuento» y «20 de abril», seguramente la más coreada. Una canción que, a estas alturas, es de cualquiera que haya mirado atrás alguna vez y se haya encontrado media vida.
La banda se presentó antes de «El emigrante», por si quedaba algún despistado que nos los conociera. Amagaron con despedirse para regresar con «La senda del tiempo» y el corazón encogido en un puño. Probablemente el momento más emotivo de la noche, y no por casualidad. Si algo flotaba en el aire era precisamente eso: el tiempo. El que ha pasado para ellos. El que ha pasado para nosotros. Decía Cifuentes que los años se les habían echado encima sin darse cuenta hasta que la cifra, de pronto, les cayó en la cara. La misma sensación que a algunos nos produjo comprobar que seguían contando cuentos después de haberlos sacado del radar durante demasiado tiempo. Poco importa que apenas hubiera rastro de la etapa sin Cifuentes entre el repertorio. Tampoco hacía falta. No se entienden los Cortos sin Cifuentes, aunque sigan siendo Celtas sin él. Por encima de todo, siguen siendo una banda currante, popular, sentimental cuando toca y combativa casi siempre. Cerraron con «No nos podrán parar», la misma que abría su fantástico Nos vemos en los bares. Y de allí salimos pensando en algo bastante sencillo: hay grupos que sobreviven a base de recuerdo, y otros que se empeñan en seguir existiendo con sentido. Celtas Cortos están decididos a ser de los segundos. Aunque muchos los reduzcan a dos himnos generacionales y a una camiseta noventera, los que estuvimos allí –con 15 años o con 50– sabemos que siempre fueron bastante más que eso.
Texto: Borja Figuerola






