
Si tu socio por más de cuarenta años interrumpidos la palma y tú vas a seguir con el legado del grupo, haz que esté donde esté el fallecido, se sienta bien. Haz que tus fans se sientan orgullosos y la carrera que quede por trazar, que sea convincente y relevante en cada momento.
Para los despistados, Pete Shelley, creador de los Buzzcocks y principal compositor, cantante y guitarra de la banda, falleció en 2018 tras un ataque al corazón. Steve Diggle, segundo a bordo desde junio del 76, guitarrista también y compositor, continuó adelante con los Buzzcocks, tomando una decisión que seguramente fue criticada. La única verdad es que estos dos hombres, Pete y Steve, se querían el uno al otro. No es la historia de Rick Parfitt y Francis Rossi en Status Quo, que solo se aguantaban por el bien común.
Así que, si Steve siguió con la banda a estas alturas de la película y pasándose al micro principal, fue por un mero hecho de sobrevivencia. Y, también, porque sabía que era capaz de cargar con ese legado y dignificarlo. Cosa que ha hecho por partida doble; una, discográficamente, pues así lo atestiguan tanto Sonics In the Soul de 2022 y el reciente Attitude Adjustment. La otra, el directo, con el acompañamiento de ese impecable baterista llamado Danny Farrant (desde el 06 en la banda), el bajista Chris Remington (desde el 08) y el guitarrista de apoyo Mani Perazzoli (desde el 19).

En Salamandra saltaron al ritmo de «Also sprach Zarathustra», para de seguida empuñar el clásico «What Do I Get» continuado de «I Don’t Mind». La actitud era bestial, tanto que pensabas que en algún momento bajarían la guardia para recargar pilas. Nada más lejos de la realidad, tal y como empezaron continuaron el resto del recital. Lo cual tiene merito si el bolo es de una hora, pero no, tuvo diez veces el doble de merito porque la cosa acabó llegando a la hora y cincuenta minutos de duración. Sí, lo repetiré por si alguien no lo ha leído bien: ¡Los Buzzcocks estuvieron tocando hora y cincuenta minutos a un nivel de intensidad alucinante!
Lo bien que casaban canciones actuales como «Seeing Daylight» o «Poetic Machine Gun» con los clásicos habituales era algo pasmoso. Luego estaba Steve Diggle, impregnando de actitud, carisma y leyenda cada una de las notas interpretadas. El tipo tiene rollo hasta para escupir, cosa que hizo continuamente. Luego, esa forma que tiene de dejar la guitarra acoplada entre tema y tema, con las cuerdas al aire, mientras contaba alguna historia que solo los ingleses de pro llegaban a entender (por ese acento de Manchester), todo en él era el de un personaje “más grande que la vida”.

El publico lo pasaba en grande, y podías ver a los viejos punks intentando seguir el pogo con sus móviles en alto para inmortalizar el momento. Al rato se cansaron y dejaron paso a las generaciones de ahora, que solo respondían a las notas de las viejas canciones. Irónico, ¿eh? Al menos estos dejaban sus teléfonos en los bolsillos y se limitaban a bailar.
A la hora se acabó lo que se daba y Steve saltó con una acústica para interpretar la preciosa «All Gone To War» del nuevo álbum. Una vez acabada dio paso al bis más largo de la historia: 45 minutos de intensidad, actitud y muy pocos complejos, pues siguieron desgranando canciones de Attitude Adjustment. No me esperaba esto ni en diez vidas. Mi único objetivo ahora es ver cómo me lo monto para verlos a bordo de un barco en el Támesis el próximo 6 de junio, fecha en la que celebran su 50 aniversario como banda.
Texto: Sergio Martos
Fotos: Marina Tomás Roch






