
El pasado 24 de marzo, la sala principal de Razzmatazz se vistió de hard rock enérgico y revivalista en una noche de bandas clónicas que, a la postre, resultó plenamente satisfactoria para la mayoría de la parroquia que acudió al evento: unas 2.000 personas, a tenor de un sold out que se confirmó horas antes del concierto.
La velada arrancó con los británicos Asomvel, teloneros bien escogidos y primer exponente de la noche en eso de sonar, parecerse y homenajear a otros. Con un sonido (y también unas maneras) a lo Motörhead, tan indisimulado como orgulloso, la banda despachó en tres cuartos de hora algunos de sus temas más destacados y se permitió una versión de “Born to Raise Hell” de los de Lemmy, como no podía ser de otra manera. Asomvel no solo convencieron y se dieron a conocer a gran parte de los asistentes, sino que además calentaron el ambiente como era debido para recibir al plato fuerte de la noche: los australianos Airbourne.
Y casi puntuales —apenas cinco minutos de premeditado retraso, lo justo para tensar a la parroquia— e impetuosos como siempre, el segundo asalto (y segundo clon, no nos engañemos) de la noche era de sobra conocido y, sobre todo, el más esperado.
Con el pretexto de presentar nuevo single (“Gutsy”, con el que abrieron fuego), los de Victoria, proclamados en 2007 como los hijos putativos de AC/DC en versión rejuvenecida y adrenalítica, se han embarcado este año en una gira europea que, en Barcelona, se ha enmarcado dentro del ciclo Cruïlla Hivern.
Con más voluntariosa actitud y determinación que presencia real, Airbourne hicieron un repaso escueto a sus hits más destacables y presentaron un tema nuevo que no desentonó (“Alive after death”), ofreciendo un show que ya es marca de la casa, tanto en sala como en festival: un espectáculo enérgico, vertiginoso, necesariamente breve, y milimétricamente calculado.
La electrizante y veloz energía que desprendió la actuación contó, cómo no, con Joel O’Keeffe (el líder y mayor de los dos hermanos que componen el grupo) como maestro de ceremonias y frontman absoluto, siempre generoso en arengas, carreras, gritos y saltos; la brevedad casi fugaz del set, más que una carencia, es casi una obligación dada la imposibilidad de mantener toda esa intensidad, tanto física como sonora, durante más de una hora y media; mientras que, por su parte, la medida previsibilidad del bolo no se limita únicamente a un esperable set list con su inevitable bis, sino que también conlleva unos códigos gestuales que la banda ha convertido ya en tradición litúrgica (el principal ejemplo de esto es el paseo de rigor entre el público que el cantante lleva a cabo a hombros de un pipa mientras ejecuta un solo de guitarra, tras lo que se revienta en su propia cabeza una lata de cerveza a modo de primitivo ritual).
Al final, la simpleza de la propuesta de Airbourne es tan honesta y carente de pretensiones como eficaz. El único pero importante a este sota-caballo-rey hardrockero es quizá un defecto técnico ajeno directamente a la banda: la prevalencia del bombo sobre las otras líneas instrumentales emborronó en exceso el sonido conjunto. Cosas del directo… O de la sala.
Texto y fotos: Nando Bermejo







Fabuloso, extraordinario. He asistido a todos los conciertos que han dado en Barcelona, que energía no desfallecen en ningún momento. Había público de todas las edades, estaba al lado de un señor de Sevilla de 83 años!!!!. Airbourne por siempre….