
Afirmaba el autor su «fascinación por lo que está fuera de la ciudad: los descampados, los desguaces…», esta querencia no sólo se describe físicamente, sino que resulta un medio para llevar en su poesía a lo que no habita el ser. Reafirmado como retratista, más que paisajista, su escritura muestra un retrato social de un paisaje intangible: «sus finas patas y la densidad del aire son lo único que nos queda / que podamos llamar paisaje.»
Así, el primer poema conecta directamente con Barrio Venecia: «nada habrá cambiado / salvo / el paisaje». Sin embargo, no se desconecta de su anterior poemario Lo superfluo y otros poemas, teniendo bastante puntos de continuidad. Su obra tiene muy presente el sonido, la música y el lenguaje. Aunque su postura pueda haber cambiado, hay un tránsito desde la resistencia al estar, motivado por el paso del tiempo: por el envejecimiento.
Esta resistencia se ve vencida por el mal uso del lenguaje. Por otro lado, a su posición más personal aúna su lado profesional («Tomar Veneno»), la meta escritura («La imaginación») o el humor («ciego / un gato se desliza / visto / y no visto»). Así la tiranía de lo invisible y conceptos indisociables como el alma y la política, se arman en este De Las Cosas Pálidas donde «todo son imágenes / nada más / que imágenes».
David Vázquez






