
¿Qué habría pasado si Hendrix hubiera cambiado la Stratocaster por un dobro? La pregunta flotó anoche en Razzmatazz 2 mientras Eric Sardinas hacía crujir el suyo como si estuviera invocando a los dioses del feedback. La respuesta corta es sencilla: Jimi era Jimi. Y Eric es Eric. Igual de excesivo, igual de eléctrico, pero con su propio manual de incendios.
El concierto pasó de la sala 3 a la 2, y visto lo visto fue una decisión tan lógica como tardía. Aquello estaba lleno de fieles: media de edad generosa, muchos con más de veinte años de liturgia sardinesca a sus espaldas. No era una primera cita; era una reunión de viejos amigos que saben a qué vienen. Y Sardinas también lo sabía. Jugaba en casa.

Arrancó a base de ruido, acoples y slides afilados. Provocando al amplificador, acercándose al Marshall como si fuera un animal salvaje al que hay que domar a base de volumen. No será –dicho con cariño– el guitarrista más técnico del hemisferio, pero tiene tres o cuatro trucos que exprime como un tahúr veterano. Y cuando los exprime, aquello funciona: blues rock crudo, sudoroso, directo al estómago. A su lado, Jason Langley y Mario Dawson elevaron el bolo varios palmos del suelo. El bajista se permitía efectos, slaps y líneas sólidas como cimientos de hormigón, mientras el batería –concentrado hasta negar cerveza desde el lateral del escenario– golpeaba con precisión quirúrgica, incluyendo un plato doblado que sonaba a cencerro industrial. Sardinas les cedió foco en varios momentos, gesto de banda de verdad.
Vestido como un pirata del Caribe con contrato discográfico –melena negra al viento, bigote afilado de personaje secundario en película de aventuras–, tuvo sus más y sus menos con un micro rebelde que giraba sobre sí mismo. Le daba igual. Cantó, habló, bromeó. La gente no estaba allí para evaluar afinaciones milimétricas, sino para mover el esqueleto y ver cómo maltrataba sus dos guitarras, jugando con el volumen, el wah wah y el delay justo para alargar el grito y convertir cada tema en una pequeña tormenta eléctrica. Cuando algo fallaba –una correa suelta, un cable díscolo…– volvía al Marshall, lo hacía vibrar y seguía. Como si el caos formara parte del guión. Porque más allá de comparaciones inevitables, Sardinas no intenta ser Hendrix. Intenta ser Sardinas. Y eso, en un mundo de copias en serie, ya es bastante.
Texto: Borja Figuerola
Fotos: Marina Tomás Roch







Como lector fiel de la revista creo que puedo opinar. Estuve en el concierto y fue una auténtica basura.
Sin pies ni cabeza, sonido saturado sin sentido alguno. Y le acompañaban dos tíos que no creo que tengan nivel para ser profesionales. El bajista pasaba más ratos sin tocar que «»tocando»». Y el batería, básico a más no poder y ruidoso sin ningún tipo de groove.
Un show sin atractivo alguno.