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Deftones – Co-op Live – Manchester (Inglaterra)

 

“Os veo muy bien, pero ¿sabéis qué es lo mejor de todo esto? Que vuestros hijos van a comprar nuestros discos… y los vais a pagar vosotros.” Chino Moreno. Año 1996.

En 1996, Deftones fueron los encargados de abrir los shows de la gira de regreso al maquillaje y a la formación original de Kiss. Para los seguidores de la legendaria banda, encontrarse a un grupo de “niñatos” con estética de skaters les chocó de lleno, generando un ambiente hostil entre los fans —maquillados y en primera fila— y los teloneros, que soportaron abucheos y peinetas durante todo el concierto.

Con el tiempo, Chino Moreno explicaría que abrir para Kiss en aquel momento fue durísimo: una experiencia infernal, pero también formativa y decisiva para aprender a enfrentar los pasos siguientes de su carrera.

Lo cierto es que, pasados treinta años desde esa experiencia, el tiempo sin duda le ha dado la razón, ya que la banda está situada en una posición de máximo nivel de popularidad, pasando de girar por clubs con asistencias generosas —llenos de fans de nicho— a grandes pabellones para todo tipo de público: quienes los empezaron a seguir en tiempo real y las nuevas generaciones. Seguro que estas últimas son hijos de los seguidores clásicos mencionados anteriormente, y han ido comprando sus nuevos trabajos y completando la discografía con sus discos emblemáticos, por supuesto con el dinero de sus padres.

Además, conviene valorar la manera en que Deftones han gestionado sus lanzamientos: espaciándolos, cuidando los tiempos y adaptándolos a un sonido cada vez más atmosférico, ampliando horizontes sin renunciar a su esencia original y seminal. El resultado es una propuesta que conecta tanto con nuevos oyentes como con los “viejos” seguidores. La prueba estuvo en el Co-op Live: un pabellón que destiló una energía plenamente intergeneracional, apreciable no solo en el público, sino también en el conjunto del evento, empezando por los teloneros Drug Church y Denzel Curry, situados en polos opuestos desde el punto de vista musical.

 

Cuando Drug Church saltaron a escena lo hicieron ante un recinto prácticamente lleno, nada de esas bandas que se enfrentan a una audiencia que aún está accediendo al local y los ignora. Sin duda, eso los fortaleció, especialmente por la forma en que Patrick Kindlon afronta vocalmente los temas y los contextualiza. Aunque en algunos momentos pudo parecer que presentaba cada canción en exceso, esa aproximación resultó necesaria para un público que desconocía su propuesta, basada en guitarras dobladas y una mezcla donde predominó la rabia por encima de la melodía. Igualmente, acertada fue su comparación con el público actual de los shows de Deftones: desde metaleros clásicos y numetaleros de corte básico hasta nuevos metal-babies o, lo que más le sorprendió, la presencia de nuevos góticos entre su audiencia.

La sensación de que buena parte de los asistentes estaba allí por Denzel Curry fue evidente. Desde el calor de Florida, su base de hip hop digitalizado hizo olvidar a las nuevas generaciones el frío exterior, que corrieron a levantar sus móviles o hacerse selfies con el rapero de fondo. Sus rimas de alt‑rap, alejadas de lo analógico salvo en algún acercamiento puntual, derivaron en un crossover algo desordenado, monótono por momentos e incluso abrupto. Finalmente recurrió al clásico “Bulls on Parade” de Rage Against the Machine, tendiendo así un puente estilístico. De su reciente colaboración con Knocked Loose no sonó ni una nota.

La lectura del show de los de Sacramento dejó dos impresiones muy marcadas, complementarias y, en cierto modo, necesarias entre sí. Por una parte, desde el primer momento quedó claro que todo iba a ejecutarse a la perfección, siguiendo un plan bien trazado, con una profesionalidad contrastada y un directo medido, diseñado para hacer disfrutar al público y ganárselo sin dificultad, como si jugaran al caballo ganador.

 

Sin embargo, esa misma “perfección” lleva al espectador más exigente a percibir cierta falta de alma: la ausencia de esas imperfecciones propias de tiempos pasados o de momentos espontáneos que antes otorgaban carácter a la banda. Es evidente que actúan al servicio de un líder, sin margen para mostrarse más liberados. Salvo alguna interacción mínima entre ellos o el intento de homenajear a los ídolos locales con una introducción de Joy Division, hubo pocas variaciones en un guion que se repite noche tras noche sin apenas alteraciones.

 

La estructura del set se desenvolvió de forma secuenciada, evitando caer en la nostalgia, ya que se alimentó en gran parte de temas recientes. Empezar con un clásico como “Be Quiet and Drive (Far Away)” y cerrar la primera parte del show con una pieza que busca consolidarse en su discografía, como “Milk of the Madonna”, es un buen indicador del terreno por el que transitaron. A pesar de alguna ausencia, recorrieron buena parte de su discografía, y momentos como “Sextape”, “Cherry Waves” o “Digital Bath” situaron inteligentemente al espectador en un plano donde se le ofrecía todo lo que deseaba escuchar, tanto de la vertiente clásica como de la actual, siempre en el momento oportuno.

 

A ello se sumó un apartado visual realmente efectivo, capaz de compactar el concepto y reflejar a una banda con la mirada puesta hacia adelante. Eso sí, es inevitable asumir el daño colateral: un mar de teléfonos en alto alimentando el ego digital de parte del público, empeñado en grabarlo todo con una calidad más que dudosa.

 

Anteriormente mencionábamos a un líder, y ese nombre fue Chino Moreno. Se movió a su antojo, cómodo, dueño absoluto del escenario. Sudó a un nivel espectacular, manipuló la máquina de efectos de voz en los momentos precisos y se colgó la guitarra para recrear composiciones más atmosféricas, logrando un resultado altamente efectivo y cargado de magnetismo. Ya no necesita recurrir constantemente al contacto con las primeras filas; ni siquiera se acercó a ellas, aunque un pequeño descontrol bajando al foso no habría estado de más. Tampoco hay que olvidar al segundo de a bordo —dada la conocida ausencia habitual de Stephen Carpenter en las giras europeas—: Abe Cunningham, complemento indispensable para todo lo citado anteriormente, sin el cual todo habría sonado de otra manera.

 

Como reflexión final, valorando globalmente el evento y observándolo en un claro acto de voyeurismo, aunque pueda parecer contradictorio debido al evidente crecimiento de público en sus shows y a la amplitud generacional presente, se abren dos caminos bien definidos que hoy coexisten, pero corren el riesgo de separarse por puro desgaste mutuo:

 

  • Quienes conectan generacional y contextualmente con la banda, y que, con el paso del tiempo, la han convertido en un referente “clásico”.
  • Quienes han aprendido a escucharla a través de las redes sociales, apropiándose directamente de los hits de otras generaciones, pero cuyos estímulos e intereses pueden desplazarse hacia otra tendencia en cualquier momento.

 

 

Texto y fotos: Oscar Fernández Sánchez

 

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