
Los Buenos Valedores publican nuevo disco el próximo 27 de febrero. Ese es el motivo, y también la excusa perfecta para sentarnos a hablar con un trío que ha sabido construir una personalidad propia desde la sencillez. Guitarras. Voces. Canciones que van directas al hueso. Formados por casualidad en el barrio de Gràcia, Kevin, Héctor y Oli parten de la tradición de los tríos románticos latinoamericanos, pero no se quedan ahí. En su sonido conviven la rumba y el bolero, el flamenco y el blues, el pasodoble y el rock’n’roll. De Los Panchos a Los Chichos. De Albert Collins a la épica popular de Curro Jiménez. Todo cabe, siempre que la canción tenga verdad.
Con pasado (y presente) en formaciones como A Contra Blues, Los Mambo Jambo o Rambalaya, confluyen en un proyecto honesto y desnudo. Sin artificios. Sin red. Tres músicos que se miran y tocan. Y que entienden el amor y el desamor como territorio común. El nuevo trabajo se presentará en Barcelona el 15 de marzo, en Madrid el 30 de abril, en Zaragoza el 1 de mayo y en México, en Mérida, la semana del 6 al 10 de octubre. Antes de que arranque la carretera, hablamos con ellos sobre el disco y sobre el punto en el que se encuentra hoy la banda.
Habladme del nombre de la banda ¿De dónde sale?
Los Buenos Valedores es una serie de grabados de José Guadalupe Posada, ilustrador de principios del siglo XX. Representa a unas calaveras borrachas celebrando en una cantina. Descubrí esa serie en un monográfico dedicado al autor y apunté el nombre con la idea de usarlo algún día. “Valedor” designa a una persona de confianza. Es un término en desuso en España, aunque sigue empleándose en Latinoamérica.
Vuestra música cruza pasodoble, western, bolero o rumba sin complejos ¿Cómo nace esa mezcla tan poco ortodoxa?
Un poco como todos los temas. Es la suma de las influencias genuinas de cada uno. Los tres amamos la guitarra, pero cada cual a su manera. Cuando esas formas de amar se cruzan, es ahí donde empiezan a surgir estas cosas.
Habláis de un encuentro imaginario entre Duane Eddy y Juanita Reina ¿Quién llamó a quién en esa cita imposible?
Nos encantan los pasodobles en todas sus vertientes. Los folclóricos, los de fiesta mayor, los de Carnaval, los taurinos. Es un género que merece reivindicarse, porque mola que te cagas. Y añadirle una guitarra con twang casi siempre es un acierto. Basta escuchar cualquier spaghetti western de los setenta.

Se os sitúa en Gràcia ¿Qué tiene ese entorno para que sigan saliendo proyectos tan personales?
La realidad es que no somos del barrio. Carlos y Kevin venimos de la periferia y coincidimos allí casi por azar. En aquel momento vivíamos en un radio de 300 metros y teníamos el bar La Gaviota como punto de encuentro. El bar ha sido mucho más determinante que el barrio en sí. Créeme. No som gaire graciencs.
Sois un trío de guitarras y voces en plena era digital ¿Elección estética o resistencia?
Una cosa va con la otra. Es una forma de resistencia. Creemos que la música hay que tocarla y cantarla. Así nos divertimos. De forma colateral, nos dimos cuenta de que estábamos rindiendo homenaje a una formación casi en desuso: el trío de canción romántica. Tiene una estética muy marcada que encaja con nuestra manera de defender el proyecto.
En vuestra música conviven Los Panchos, Los Chichos y Albert Collins ¿Cómo evitáis que eso se convierta en un collage sin alma?
Aún no lo sabemos. En el primer trabajo ese era nuestro mayor miedo. Tener buenas canciones, pero demasiado heterogéneas. Esos nombres son influencias. Al pasar todo por el filtro de nuestras manos y nuestra voz, termina quedando empastado y bien empaquetado.
Venís de otras bandas con recorrido ¿Qué necesitabais decir ahora que no cabía en esos proyectos?
Eso habría que preguntárselo a Héctor (risas). Yo diría que responde a la necesidad de explorar nuevos derroteros. Apostar por algo atípico dentro del panorama actual. Tantear circuitos distintos.
También hay flamenco callejero y experiencia de tocar sin red ¿Cómo se llega ahí con vuestros antecedentes?
Carlos y Kevin nos conocemos desde la adolescencia. Tocábamos en la calle al amanecer, cuando se acababan las fiestas del pueblo. Es una costumbre que hemos recuperado. Hemos enlazado juergas de un día entero sin dejar de cantar, rescatando letras antiguas y persiguiendo tonos imposibles cuando algún borracho se arrancaba. Esa forma espontánea e intuitiva de entender la música es la que nos ayuda a componer y la que hace que en directo nos sintamos cómodos con tan pocos recursos.
La imagen que proyectáis es austera, sin artificios ¿Buscáis reforzar esa idea de honestidad y desnudez?
Nos gusta comer y nos gusta estar en La Gaviota. Más honestidad imposible.
No os casáis con un solo género. Bolero, rumba, bulería, pasodoble ¿La canción manda más que el estilo?
Las ganas de jugar con el estilo es lo que manda. Nos gusta tontear con los géneros que nos atraen, entender sus códigos y hacer nuestra propuesta dentro de ese marco. Hay temas que empiezan por bulerías y acaban convertidos en chachachá.
Presentáis el disco en Barcelona, Madrid, Zaragoza y México ¿Esperáis que el público mexicano escuche estas canciones de forma distinta?
Tuvimos la oportunidad de aterrizar en México el año pasado en el festival Paradiso y puede que este año repitamos. Nos da lo mismo cómo entiendan allí los temas. Esa gente son unos cracks totales. Te acogen con los brazos abiertos. A lo que vamos es a comer tacos.
Eduardo Izquierdo






