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La importancia de llamarse Jake & Elwood

Jake y Elwood tienen una pasión por los discos de la Atlantic Records Corporation, por Elmore James, por Sam & Dave… en definitiva: por el blues y el soul.

Dan Aykroyd (Elwood) escribió la historia de dos músicos supervivientes, así lo remarca en la introducción de «Everybody Needs Somebody To Love»: “no matter who you are and what you do to live, thrive and survive. There are still some things that make us all the same: you, me, them, everybody, everybody”, en una de las cunas del blues (Chess Records operaba desde el nº 2120 de la South Michigan Av., Chicago, IL). The Blues Brothers, dirigida y coescrita por John Landis se abre y se cierra en la penitenciaría de Joliet, una historia circular como el surco de un vinilo, mientras se muestra la naturaleza de estos dos truhanes.

 

El mismo que se forja con la nómina de apariciones, en una cadena de actuaciones inmejorable: Aretha Franklin, John Lee Hooker, Ray Charles… si bien la segunda parte (The Blues Brothers 2000, título más flojo en un intento de filmar, bajo el paraguas de la nostalgia otro gran film) no deja atrás esta seña de identidad y aparecen nombres como Jonny Lang, Erykah Badu y The Luisiana Gator Boys (mención especial a la súper banda formada para la ocasión). Y, lo que hoy sería un macrofestival de blues y soul, atravesado por la historia de desamor de Jake y la mujer misteriosa (Carrie Fisher).

Los personajes traspasaron el celuloide para salir de gira y grabar varios álbumes en directo. Sin embargo, la prematura muerte de John dejaba sin familia a Elwood. El legado musical de Belushi lo continuaría su hermano Jim, bien reflejado en la serie According to Jim y con el disco junto a Aykroyd: Have Love Will Travel. Su vida se vería reflejada en la biografía Como una moto -la vida galopante de John Belushi-, a cargo de Bob Woodwar (Libros del Kultrum). Aykroyd mantendría una carrera de éxito en el cine de los años 1980.

No será una obra cumbre del cine, en especial para quienes establecen el canon cinematográfico en un autoproclamado consejo de sabios, dictando qué es arte en el cine: Kurosawa, Bergman, etc. Pero sí para musicófilos y la industria del entretenimiento. La película de Landis estableció como clásico el Dodge Monaco del 74’, con sus alocadas persecuciones, encadena gags ácidos con sinsentidos, brillantes números musicales y una sutil crítica política y de fe. Todo ello sin necesidad de desnudos ni imágenes ultraviolentas que marcasen por asco o miedo a los espectadores.

 

Texto: David Vázquez

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