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Alcalá Norte – Sant Jordi Club (Barcelona)

Alcalá Norte ya no juegan a ser una banda pequeña. Su paso por el Sant Jordi Club este sábado pasado confirma que la evolución no se mide tanto por el tamaño del recinto, sino por la actitud. Y es que no dieron un concierto “más grande”, sino un concierto con hambre de grandeza, con una mezcla de ambición y exceso que funciona porque tienen (muy) buenas canciones y suficiente personalidad como para sostenerlas.

Arrancaron con “Dr. Kozhev” después de una intro con aires a los The Cure más clásicos, diciéndonos que saben dónde vienen y qué teclas deben tocar para que a su público le entre la nostalgia por el oído antes de empezar a poguear. “Supermán” cayó pronto, y es el tipo de tema que funciona como tarjeta de visita de su música: barrio, épica y meme, pero servido con una convicción que hace que el chiste interno deje de ser chiste y se convierta en estribillo.

Lo suyo, en directo, sigue siendo esa mezcla que sobre el papel debería ser un Frankenstein: post-punk, jevi, melodía pop y teatralidad castiza. Rivas canta cada vez más en modo frontman, con una mezcla improbable entre Manolo García y Bunbury que en otras manos sería un castigo, pero que en Alcalá Norte encaja porque su propuesta va precisamente de dramatizar lo cotidiano. Han sido capaces de entender que el afterpunk español no era solo un sonido, y eso es todo un logro.

En la primera mitad del setlist fueron encadenando piezas clave de su primer disco, como “El guerrero marroquí”, “420N”, “La sangre del pobre”. El concierto en sí mismo es un repaso a su contexto, y es que Alcalá Norte llevan tiempo construyendo una constelación de referencias (cultas y de barra de bar, locales y grandilocuentes) que, en 2026, ya no suena a promesa, sino a algo consolidado. Hubo dos guiños que ayudan a entender su estado mental actual. El primero, la versión de Los Planetas, “10K”. El segundo, el “Gimme! Gimme! Gimme!” de ABBA, que en manos de otra banda podría sonar a broma.

La iluminación estuvo finísima, aunque se echó de menos (y más en un recinto tan grande) un acompañamiento visual a la altura de las circunstancias. Asimismo, los detalles escénicos, como el momento en que tiraron hamburguesas al público o cuando Rivas se puso la corona de laureles en “La calle Elfo”, estuvieron exactamente en su sitio, entre la liturgia y la coña. Y las camisetas de fútbol —primero del Sant Andreu y luego del Europa— no son guiños sueltos: son parte de ese juego de barrio expandido, de apropiarse del localismo como bandera. Incluso el desvío con el tema heavy en francés, “Fils de Lucifer” podría haber desentonado en manos menos seguras, pero funcionó.

A partir de “Los Chavales” el bolo empieza a ganar enteros con la ristra de sus mejores temas. “Barbacoa en el cementerio”, “Langemark” y una “Westminster” que se vuelve uno de los grandes momentos de la noche. Es de esas imágenes que, aunque no te sepas la letra entera, te las llevas a casa. Y cuando llega “La Vida Cañón”, el tema suena enorme, claro y orgulloso de sí mismo. No solo porque sea su canción más reconocible, sino porque en directo tiene ese punto de himno de clase trabajadora para las nuevas generaciones.

Y aquí está la parte más interesante y ambivalente del presente de Alcalá Norte: han crecido mucho, y ese crecimiento se nota. Hay más control, más proyección, más oficio. Ciertamente, algo de su urgencia primeriza se ha perdido, pero han ganado en grandeza. Esto es un avance claro, aunque todo tiene un precio: quien venga buscando a aquella banda de locales pequeños, quizá eche de menos algo de aquello. Pero lo que están construyendo ahora apunta a otra cosa, a algo más ambicioso.

Ese cambio, además, llega con legitimación externa, vienen de un par de años de ganarlo prácticamente todo, como por ejemplo el Premio MIN a Mejor artista emergente, Mejor álbum de rock, Canción del Año y Álbum del año, así como de hacer una extensa gira que los ha llevado por mil sitios. Y esto no es detalle decorativo que explica por qué el Sant Jordi Club les quedaba pequeño por momentos, no de aforo, sino de ambición.

Texto y fotos: Álvaro Rebollar

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