
Tras finiquitada la historia musical del grupo cántabro Soul Gestapo, la vida creativa de Aitor Ochoa se encarnó en un nuevo proyecto, coaligando su nombre al de los Mad Mule, que presenta ahora su segundocapítulo, “Off The Grid”, tras el debut oficiado por “All These Words Will Die Before The Morning“.
Si la propia nomenclatura de la formación ya alude a la influencia de Neil Young & Crazy Horse, y por extensión a un rocoso rock de eléctrico desgarro emocional asumido también por Jason Molina o Paul Westerberg, existe en su escenificación la firma identificativa de su autor, que parece no tener cima en cuanto a su capacidad para estremecer a través de sus composiciones. Canciones que, sabedoras de cuál es su camino, no dudan sin embargo en absorber trayectos melódicos o incluso envolverse entre destellos psicodélicos. Cualidades rítmicas que maridadas con la agitación y derrumbe -global y personal- enunciado en plena época pandémica, derivan en un extraordinario trabajo sobre el que departimos con su principal responsable.
Son siete años los que han transcurrido desde tu primer disco con este proyecto, ¿en todo ese tiempo siempre tuviste la certeza de que habría un nuevo capítulo?
Sí, aunque ha sido una gran aventura llevarlo a cabo desde el momento inicial, ya que me obsesioné con la idea de volvernos autosuficientes en lo que respecta a temas de grabación y producción. Y eso ha supuesto aprender a hacerlo, cosa que hace años no me interesaba en absoluto. En todo este tiempo hemos pasado de los cuatro pistas de casette, con los que hacía solo demos, a poder grabarnos en directo en el local, sin muchos medios pero aprovechando lo disponible, para luego mezclarlo y producirlo por nuestra cuenta. Eso ha sido un gran triunfo.
Por el camino hubo mucho ensayo y error, y multipistas analógicos de lo más pintoresco, como un AKAI de 12 pistas que graba en cinta de vídeo y que arrastré con un carrito por Madrid hasta la estación de autobús; y que había pertenecido a El Último de la Fila. Durante un rato fui como el flautista del cuento, pero esta vez me seguían niños traperos. También ha habido grandes momentos personales, otros no tantos y cambios de formación… Así que, sí, necesitábamos hacer este maldito disco y cerrar esta etapa.

Éste es un proyecto que nace tras la disolución de Soul Gestapo, ¿con qué ánimo surgieron estos Mad Mule, con vocación de continuidad o como una manera de expresarte en aquel momento?
No veo la banda como una herramienta con la que llegar a un objetivo concreto. Intento que sea algo real, para todos, donde damos vida a las canciones y las convertimos en algo que nos defina. Necesito tocar con colegas a los que no tienes que andar explicando el porqué de nada de esto y con los que compartes algo más que gustos musicales. Y eso no siempre es tan sencillo. He de agradecer el poder haber contado con Luis, que es el único que me ha aguantado todo este tiempo (risas), ya que no siempre hemos conseguido que la banda fuese algo estable y hemos tenido altibajos por el camino que han retrasado mucho el disco también.
Teniendo en cuenta esos cambios, y la actual alineación de trío, ¿la configuración de la banda con la que cuentas en cada momento influye para la composición de los temas, o son las propias canciones las que te piden un tipo de formato u otro?
Por lo general creo que no pienso mucho en eso; hago las canciones e intentamos tocarlas sin más, a ver qué sale. Hay veces que no funcionan y se prueban otras cosas, otras simplemente nos olvidamos de ello y pasamos a otra. A veces, si merecen la pena, acaban volviendo a aparecer. En este disco hay un par de ideas que se empezaron a gestar hace años, incluso con Soul Gestapo, pero nunca vimos cómo avanzar; en cambio con Mad Mule no hubo que pensarlo mucho.
Por ejemplo son varios los baterías que toman parte en la grabación, ¿ha sido una cuestión de disponibilidad o una búsqueda de aquello que te pedía cada canción?
Básicamente ha sido que, en el momento de grabarlas, la formación era otra diferente. También podríamos decir que, en este caso en particular, he vuelto un poco locos a todos los baterías de mi entorno; lo admito y me siento orgulloso de haber podido contar con ellos: con Curro, con Ral, con Javi… para, irónicamente, volver a cerrar el círculo con Fere, que es el batería original de Mad Mule y posiblemente el que mejor me entiende. De todas formas, yo creo que tras algo de terapia todos han vuelto a la normalidad, si es que hay algo así en la vida de un batería, cosa que a veces dudo (risas).
Éste es un disco hecho en pandemia, aislado, pero también la consecuencia durante esos mismos días de la pérdida de trabajo y pareja, ¿en qué momento ese torbellino emocional consigue convertirse en un proceso creativo?
Obviando lo negativo de las circunstancias y de todos sus inconvenientes, de repente te ves en una situación con la que, tiempo atrás, a veces incluso has fantaseado: la de tener todo el tiempo del mundo para sacar a relucir todos tus demonios y preguntarles qué querían de ti. Y a veces generas cierto pensamiento circular, por llamarlo de una forma, que va ampliando detalles, para bien o para mal, en bucles interminables.

En esa época de pandemia mucha gente reconoció, dada la imposibilidad de acercarse a otras actividades, que el arte, ya sea disfrutarlo o crearlo, se expresó como esa fuerza viva y trascendental que es para muchos, ¿fue tu caso?
No deja de ser un autoanálisis en el que vas apartando lo negativo de lo positivo, jugando con la ventaja de ser juez, verdugo o el conde de Montecristo (risas). El que todo eso te aporte más o menos, en mi caso, consiste en la sinceridad con la que dejas que tu realidad se mezcle con la ficción. También intento mantener una visión un tanto irónica o cínica que me impide tomarme demasiado en serio.
¿Cuando se posterga tanto la publicación de un disco se corre el riesgo de no verse representado en él?
Sí, por supuesto. Hay canciones de hace tiempo con las que me siento obligado a hacer el esfuerzo de recordar la persona que era cuando las escribí, pero otras por el contrario contienen imágenes tan fuertes que lo hacen innecesario, y esas son las que hemos incluido en el disco, había muchas más canciones en un principio.
Musicalmente es un disco más dinámico y evocador que su predecesor, aunque sigues fiel a esos referentes como Neil Young o Jason Molina, resulta mucho más abierto, ¿tenías en mente alejarte de esas directrices más identificativas o surgió de forma inesperada?
La verdad es que musicalmente me veo limitado a lo que surge naturalmente. Quizás sí se nota la diferencia de que en el anterior todos los temas fueron compuestos con una acústica sin un objetivo concreto y en éste, el hecho de tener una banda en mente, ha hecho que ciertos temas tomasen otros caminos.
¿Tienes la sensación de que bajo otros condicionantes emocionales el resultado musical habría sido muy distinto o en ese aspecto tenías muy claro el estilo con el que querías trabajar?
No creo haber tenido una idea clara del disco hasta casi el final, pero ni con éste ni con ninguno anterior. Me suelo centrar en cada canción en su momento, y otras veces, sin embargo, en demasiadas a la vez de forma caótica. Si fuese una persona feliz y emocionalmente estable durante una larga temporada lo mismo dejaría de escribir canciones, quién sabe. Pero tengo una insoportable curiosidad o predilección por el caos que me lleva a hacer esto (risas).
Cuando uno da forma a este tipo de canciones tan emocionales, ¿confía la suerte a las “tripas” y a reflejar ese momento concreto o siempre hay una parte más reflexiva y en busca de un sentido más universal?
No hay mucha reflexión, la verdad. Son solo canciones y unas serán mejores que otras. No es más que una interpretación de sensaciones y momentos y, al igual que me ocurre en la vida real, al expresarlos con palabras se me hacen extraños e incluso ridículos. No he encontrado nada más allá que el regocijo de revolcarme en mis miserias —que tampoco son tantas, la verdad— y compartirlas con quien quiera escucharlas. Intento no creerme más que nadie por hacerlo; lo hago porque hay algo sagrado y purificador para mí al exponer sentimientos vulgares, que creo todos tenemos, encubiertos en simples metáforas o analogías infantiles bajo un manto de enorme volumen. Es realmente extraordinario lo que puedes llegar a sentir en ciertos momentos mientras abusas de los mismos tres acordes en una banda. Y se vuelve realmente misterioso cuando, desde fuera, alguien conecta con ello de una forma semejante. Que sean 3 o 300 es irrelevante. En mis referentes musicales eso es lo que realmente aprecio: la habilidad de convertir los sentimientos más comunes en algo sagrado durante unos minutos, sin mayor reflexión, y hacerte sentir que no estás tan solo como pensabas. Se que es una visión muy personal, pero ahí incluyo cosas tan dispares como Sam Cooke, Crazy Horse, Dead Moon o los Black Flag.
En estas canciones hay un repunte de una faceta más melódica, aunque siempre eléctrica, tomando presencia muchas veces un contundente power pop, ¿ese impulso rítmico era una forma de contrarrestar -de alguna manera- el contenido oscuro de las letras?
La parte melódica creo que siempre ha estado ahí y convive con total normalidad con la parte eléctrica o mas ruidosa. Como prueba de ello, en directo tocamos con la misma convicción temas de Nick Lowe como de Motörhead o Suicide Commandos alternados con los nuestros.
También asoma en varias canciones un tono psicodélico, ¿era un tipo de sonido que te pedían textos que muchas veces se mueven entre lo onírico?
Claramente eso deriva de ensayar los temas con la banda y poder añadir ciertos detalles que no existían en las demos que yo hacía de manera acústica. Personalmente, me parece muy divertido romper algún arreglo o sección de las canciones y aportar cierta inseguridad, incluso en la banda. Momentos en los que todo el mundo se ha de mirar, sí o sí, para ver cómo demonios seguir.
Uno de mis temas preferidos es el sobrecogedor “The Last Time”, que toma casi forma de death country, ¿cómo aparece en tu cabeza esa melodía campestre y crepuscular?
Me gusta lo de death country (risas). La gracia es que es un 3/4, un maldito vals. Musicalmente debe más de lo que me gustaría admitir a Reigning Sound y sobre todo al bueno de Elliott Smith, pero te aseguro que no fui consciente de ello hasta que la grabamos.
Y de cara a su exposición, ¿qué te gustaría qué sucediera en el oyente que se acerque a estas canciones?
Personalmente, teniendo en cuenta lo que nos rodea… no tengo la más mínima idea acerca de lo que puedo esperar. Ni de qué puede esperar la gente de una banda como la nuestra. Soy feliz de haberlo acabado para poder empezar el siguiente, el cual, te aseguro, tardará mucho menos. No sé; espero que la gente lo disfrute, sin más, y que nos permita tocar más con el pretexto de presentarlo, ya que echo de menos tocar más en directo. Así que, si algún promotor de conciertos lee esto y nos puede ofrecer lo suficiente para ir y volver sin perder dinero, que se ponga en contacto con nosotros. Como dicen los Cracker: “Cobramos por viajar, lo de tocar lo hacemos gratis”.
Aún así, sé que como banda existimos al margen de casi todo, de la llamada industria musical y de cualquier cosa a la que puedas llamar tendencia. Tocamos por y para nosotros y hacemos los discos que nos gustaría escuchar, poniendo todo nuestro corazón en ello, le importe a alguien o no. Espero que eso, al menos, siga así.
Texto: Kepa Arbizu






