
El día anterior habían bailado con la música que sonaba en la Sala Capitol después de que acabase el último concierto del día, el de Les Greene. Eran los franceses Komodrag and The Mounodor. Al día siguiente, tras su actuación, continuaron bailando en el escenario mientras recogían sus instrumentos, para regocijo de los asistentes a su pase, quienes se negaban a abandonar la sala. Ese espíritu de comunión entre artistas, público y organización es justo todo lo que el Outono Códax Festival representa desde que iniciase su andadura hace ahora quince años.
La representación más palpable se pudo encontrar -al igual que en todas las ediciones anteriores- en la Sala Capitol, llena prácticamente en todos sus conciertos, unas 700 personas que respaldan una y otra vez la propuesta en una ciudad de menos de 100.000 habitantes, algo prácticamente imposible en cualquier otra ciudad del Estado. La banda gala fue el perfecto colofón a un festival que se desarrolló durante varios días del mes de noviembre.
Antes, desde principios de mes, ya habían pasado artistas más que apetecibles por la Sala Capitol de Santiago de Compostela -una de las más completas para conciertos en este país, si no la mejor-, el epicentro del festival. Es el caso de la banda más veterana en activo probablemente del mundo, Los Sírex, así como de uno de los combos que mejor representa el soul en Europa hoy en día, Principles of Joy. También pasaron por el Riquela Club, la otra sede del festival, Gilipojazz (día 6 de noviembre), Víctor Coyote (día 12) o Son Little (día 13).

A ello se le sumaban presentaciones de libros con coloquios con el autor (Yo no quería ser Miqui Puig), exposiciones de posters y carteles de Víctor Coyote, catas musicales y gastronómicas o las pinchadas en los tres días principales a cargo de DJ Andrés Reixa, Dr. Wampush o DJ Pupilas en la Sala Capitol. De nuevo, como en años anteriores, tuvo lugar la cuarta edición del ciclo Blow Up, A música no cinema, con la proyección de los documentales Clan Garvy y El sonido mosca, ambos con la realización de Nando Caballero.
Ya entrando en el fin de semana grande, en el que Ruta 66 estuvo presente en la edición de este año, el jueves 20 la noche empezó con el concierto en la Sala Capitol de Pablo Leira, el músico gallego que mejor entiende el sonido que se ha dado en llamar americana, teniendo la posibilidad de rodar ante un numeroso público sus elogiadas canciones. Si entonces los espectadores aún charlaban en las barras y al fondo de la sala, cuando compareció Valerie June se hizo un silencio que se mantuvo hasta el final de su actuación. Daba igual que desgranase sus temas más reposados o se arrancase ocasionalmente con algún arrebato más eléctrico: todos estaban prendidos de su encanto, su llamativa imagen y su agudo tono de voz y movimientos atípicos cuando decía algo entre canciones, sin perder detalle y cómplices en el mutismo. Controlando los tempos y al mando de todo los que sucedía, su show resultó simplemente embriagador.
Un cambio de última hora en el cartel trajo de vuelta a The Godfathers, quienes ya habían pisado Galicia a finales de los 80 en la Sala Clangor y habían celebrado una fiesta en el 2018 en la misma Sala Capitol rememorando aquel concierto de 30 años atrás. Aunque solo se mantiene su cantante y líder al frente, Peter Coyne, su propuesta no ha variado un ápice: canciones eléctricas de aliento rock y escupidas con rabia punk.

Tras ellos, llegó el espectáculo con Les Greene. Sus piruetas, movimientos incansables, paseos entre el público y canciones cantadas encima de la barra hablan de la entrega a lo James Brown de un músico que ha crecido a dieta de soul clásico y rock’n’roll de los primeros tiempos que descubrió en la tierra de su madre, Guyana. No en vano tuvo tiempo para versionar a Little Richard por partida doble, mostrando la misma visceralidad de quien se dio en llamar la reina del rock’n’roll. Todavía le faltan canciones y a veces le puede más su ánimo de entretener (no en vano se pasó años cantando clásicos en cruceros para turistas), pero cuando deja brotar el torrente que lleva dentro a través de sus cuerdas vocales no tiene quien le tosa. Greene define perfectamente el espíritu del festival y es el mejor heredero de algunos de los grandes nombres que lo revistieron en otros años (Maxine Brown, Barbara Lynn, Bettye Lavette…)
Tras él, el sábado, día final del festival, compareció Quinn Deveaux, acompañado de la banda española Mandota. Su concierto relajado, un tanto frío, mostró otra pulsión cuando se acercó en “Take Me Home” a los sonidos de Nueva Orleáns, lo que dejó a entender que podríamos haber tenido la posibilidad de presenciar otro tipo de concierto distinto de darse el día.
Para poner el broche final, los ya citados Komodrag and The Mounodor sí salieron a arrasar desde el primer minuto. El septeto, con dos percusionistas y formado a partir de dos bandas, Komodor y Moundrag, parece revivir el espíritu de las formaciones de rock de los 70, entre el progresivo, el funk y el hard. Por momentos evocaban a Grand Funk Railroad, Foghat, The Guess Who, Deep Purple, Jefferson Airplane… Excepto uno de sus guitarristas, más comedido, el resto de la banda no paró de moverse ni un segundo, entremezclándose entre el público y haciendo gala de todos los gestos y trucos de los grandes nombres del rock de entonces, dejando claro que han asimilado perfectamente la lección. Y que saben disfrutarlo tanto o más que los asistentes a sus actuaciones.

Su concierto, más la suma de The Godfathers al cartel, acercó el festival -en principio más cercano a los sonidos de la música negra- más que en ninguna otra edición al rock clásico. Y, como comentábamos al inicio, Komodrag and The Mounodor siguieron bailando una vez acabada su actuación, dando cuenta, con la adrenalina al once, de lo especial que es el Outono Códax Festival y por lo que sus fieles repiten año tras año.
Texto y fotos: Xavier Valiño






