
Éramos poquísimos en la Sala Upload para ver a Cassie Ramone presentar Sweetheart, uno de esos discos que, en un mundo mínimamente justo, circularía ya como clásico de culto del indie reciente. La sensación era la de estar viendo algo que no le pertenece a la industria, sino a una biografía complicada y a una artista que ha seguido haciendo canciones, aunque no siempre la vida le invitara a ello.
La Cassie que se subió al escenario de la Upload ya no es la de Vivian Girls ni la de The Babies (grupo que compartía con Kevin Morby), sino la autora de un tercer álbum en solitario que llega casi una década después de Christmas In Reno y que condensa años de trabajos precarios, mudanzas, sobriedad, cárcel y un regreso lento a la música. Todo eso está en Sweetheart: un disco grabado con medios modestos, junto a Dylan White, que mezcla lo-fi, fuzz, pop, reverbcore melódico y un gran cancionero pop americano filtrado por la memoria borrosa de alguien que ha vivido bastante más de lo que suele caber en once canciones.

El escenario, de hecho, reforzaba esa sensación de precariedad muy poco romántica. Cassie apareció sola, con una guitarra y un portátil desde el que lanzaba los acompañamientos y proyectaba vídeos de calles nocturnas y vacías. Ella misma explicó que se había dejado las pedaleras el día anterior, en el concierto de Zaragoza, así que todos los revestimientos, ecos y arreglos sonaban pregrabados mientras ella tocaba encima. Sobre el papel podría parecer un planteamiento pobre; en la práctica funcionó sorprendentemente bien, pues la arquitectura de los temas está tan bien construida que basta con una capa de reverb, una buena melodía y su voz para que todo se mantenga en pie.
El grueso del set fue, como era de esperar, Sweetheart. Abrió con “I’m Going Home”, mirando más al suelo que al público, marcando desde el principio un cierto aire errático y de poca comunicación. Hubo muy poco contacto verbal con la sala, pero nada parecido a un intento de “ganarse” al público. Se dedicó simplemente a tocar, vaya.
“He’s Still on My Mind” apareció como uno de los grandes picos del concierto y “Wait a Minute” sonó incluso mejor que en el disco. En “Joy to the World” dejó la guitarra, se quedó sola con el micro y las bases y mostró su cara más torturada y real, recordando por momentos a la vulnerabilidad de Chan Marshall (Cat Power). Fue en estos temas donde se vio bien hasta qué punto Sweetheart está lleno de canciones que aguantan el tipo sin necesidad de producción protectora.

Hubo también un pequeño bloque navideño, herencia directa de Christmas In Reno: “Christmas (Baby, Please Come Home)” y “Rockin’ Around the Christmas Tree”. Antes de arrancar, Cassie preguntó si al público le gustaban las canciones navideñas. La respuesta fue tibia, entre la falta de entusiasmo real y la impresión de que parte de la gente ni estaba escuchando la pregunta. Estos temas no terminaron de cuajar en la atmósfera de la noche.
El conjunto del concierto fue algo errático y desde luego muy corto, pues duró unos 45 minutos que pueden dejar la sensación de “timo”, pero que, mirados desde el prisma de la autora, funcionan casi como apéndice de un disco hecho también desde la supervivencia y la necesidad. Y por ello resultó muchísimo más interesante que muchos bolos perfectamente engrasados.
Al final, más que salir hablando del concierto en sí, uno sale pensando en el disco. Sweetheart suena a oda desafiante a un periodo vital confuso, a diario personal descolorido por la reverberación, a alguien que sigue fiel a una identidad sonora y estética, aunque el contexto haya cambiado y la escena que la vio nacer esté prácticamente disuelta. Ver a Cassie Ramone defendiendo esas canciones ante un público tan reducido en Barcelona lo único que hace es reforzar su condición de figura de culto: una compositora que, lejos de modas y focos, ha firmado este año uno de los mejores álbumes del indie de guitarras. Ojalá el siguiente no tarde otra década.
Texto: Álvaro Rebollar
Fotos: Marina Tomás Roch






