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Extracto del libro Iron Man, Autobiografía de Tommy Iommi

El libro Iron Man: Autobiografía de Tony Iommi, publicado en español en noviembre de 2025 por la editorial Libros del Kultrum, ofrece un recorrido sin filtros por la vida del legendario guitarrista y cofundador de Black Sabbath. En sus páginas, Iommi revela sus orígenes humildes, la grave lesión en los dedos que marcó su sonido único, y los excesos, triunfos, tragedias y turbulencias que definieron su carrera. Aquí tienes un jugoso extracto por gentileza de la editorial.

UNA CARRERA COLGANDO DE UNA CUERDA EXTRAFINA

Desde que sufrí el accidente, tuve que replanteármelo todo, desde los dedales hasta la manera de tocar la guitarra. No puedo agarrar cualquier guitarra y empezar a tocarla; tiene que tener las cuerdas adecuadas y la tensión correcta. Tuve esos problemas desde el primer día. Y fue peor entonces, ya que no había marcas que fabricasen calibres extrafinos. Ni había tampoco establecimientos a los que llevar tu guitarra para una puesta a punto, por lo que me lo tuve que hacer yo solito todo.

Por aquel entonces, tocaba una Fender Stratocaster. No sé cuántas veces desmonté aquella guitarra para hacerla más cómoda, rebajando los trastes, ajustando las cuerdas para una tensión más adecuada. A diferencia dela gente que tenía sus dedos bien, yo no podía sentir cuánta fuerza hacía al presionar las cuerdas. Tiendo a apretar mucho porque, si no, la cuerda me deja de sonar. Necesitaba cuerdas muy finas porque, si no, estirarlas me resultaba muy difícil.

Los juegos de guitarra más finos que había entonces eran los de 0,11 o 0,12, porque eran los que utilizabael profesor de guitarra Bert Weedon en su método Toca la guitarra en un día. Eran las que todo el mundo usaba. Solo había un tipo de cuerdas con un único calibre. Fui el primero que fui con la idea de hacer cuerdas más finas, solo porque tenía que encontrar la manera para que tocar la guitarra me resultara más fácil. Las cuerdas gruesas rajarían el cuero de los dedales, tampoco tendría fuerza para estirar las cuerdas, y además me dolería de lo lindo. La gente de las tiendas de instrumentos me decía: «No conseguirás esas cuerdas. Solo hay estas».

Y les decía: «Pero ¿hay cuerdas que sean más finas que estás?». «No, a no ser que sean las de banjo». «Vale, pues deme esas». Las cuerdas más finas del banjo las utilicé como 2.ª y 1.ª en la guitarra, lo cual quería decir que podía utilizar el resto también para que estuvieran menos tensas. Y la 5.ª de la guitarra la puse en la posición de la 6.ª. Y me funcionó. La necesidad azuza el ingenio y, afortunadamente, inventé un nuevo juego de cuerdas combinando las de banjo y las de guitarra.

Fue a base toda suerte de combinaciones, prueba y error mediante como conseguí dar con el modo de afinar la guitarra, porque, por ejemplo, si afinas la 5.ª cuerda como si fuese una 6.ª, la cuerda trastea. Lo cierto es que fue todo un arte aprender a afinarla y a tocarla en esas condiciones y con semejantes limitaciones. Fue más tarde, cuando sacamos el primer disco y el grupo empezó a funcionar, cuando fui a las compañías de cuerdas para tratar de convencerlos de que fabricasen juegos más finos. Pero su política era muy conservadora: «No puedes hacer eso. No funcionará. Nunca sonarán del todo bien».

Dije: «¡Tonterías! Si ya están funcionando. Lo sé porque ya las utilizo yo». Y decían: «Nadie las utilizará. ¿Por qué iban a querer algo así?». Como me lo dijeron tan convencidos, llegué a pensar: quizás solo las quiero yo porque hacen que pueda tocar mejor la guitarra. Finalmente, la gente de Picato Strings, en Gales, aceptó el reto: «Venga, vamos a intentarlo».

Esto fue en 1970, quizás ya en 1971. Ellos fueron los primeros que me hicieron un juego de un calibre fino. Funcionaban, me iban muy bien y las usé durante mucho tiempo. Por supuesto, las otras marcas se subieron al carro y guitarristas de todo el mundo empezaron a utilizar aquellas cuerdas que tuvieron tanto éxito. Pero incluso hoy en día hay gente que me dice: «No podrás obtener un sonido profundo». Incluso trabajé con productores que me decían que tendría que utilizar cuerdas más gruesas para conseguir un gran sonido.

Mi respuesta a eso es muy sencilla: «Nunca he usado cuerdas gruesas para conseguir un gran sonido».

 

EL ENCUENTRO CON BILL WARD Y THE REST

Tras amputarme parte de los dedos, pasaron por lo menos seis meses hasta que el peor de los dolores empezó a remitir y pude empezar a tocar de nuevo. Siempre me sentía incómodo con mi mano y la escondía. Y lo mismo cuando tocaba: odiaba que la gente me mirara.

«¿Qué es lo que llevas en los dedos?». Pasado el tiempo, escuché a gente a la que incluso le parecía molón. Había un profesor en Nueva York que enseñaba a la gente a tocar mis temas, y también tenía un par de dedales. Aunque sus dedos estaban perfectamente, creía que los dedales le ayudarían a tocar mejor.

Mi regreso a una banda tuvo lugar cuando conocí a Bill Ward. Él estaba en The Rest y venía a nuestra tienda. Ellos intentaron hablar conmigo mientras atendíamos a los clientes. Les dije: «¡Venga, vamos a intentarlo!».

Sonaban bastante profesionales porque tenían dos amplificadores AC 30. Yo también tenía uno; cuando la gente mira y ve tres AC 30, y tres Fenders, dicen: ¡joder, tienen que sonar de la hostia! Esto fue allá por 1966 o 1967. Teníamos a Bill Ward a la batería, Vic Radford a la guitarra y a Michael Pountney en el bajo. El cantante Chris Smith se incorporó más tarde, porque al principio Bill cantaba, y también lo hacía muy bien.

Por aquel entonces no teníamos pasta. Bill solía darse una vuelta por sitios donde habían tocado otros bateristas y pillaba los trozos de las baquetas rotas que había por ahí. No se podía permitir comprarse un juego nuevo, por eso tocaba con baquetas rotas. A Vic Radford también le faltaba la punta de un dedo. Creo que se pilló la punta del dedo medio con una puerta. Que a él también le pasase algo parecido a lo que me había sucedido a mí me ayudó, porque no conocía a nadie a quien le hubiera pasado lo mismo que a mí. Pensé, ¡hostia, los dos en la misma banda! Incluso probó uno de mis dedales, pero esto es algo de lo que tienes que estar convencido.

Es otro mundo, la manera de tocar es completamente diferente y tienes que habituarte a otro enfoque. Y eso es lo que hice. Yo no tocaba a la manera convencional. Lo hacía a mi manera. Hacíamos un montón de versiones: de los Shadows, de los Beatles, puede que de los Stones, unos veinte de los mejores temas del momento. O tocabas los temas famosillos, o no podías conseguir un bolo. The Rest tuvo bastante éxito; nos hicimos con un nombre en la escena local. Tocábamos en el Midland Red Club, que estaba en la cochera de los autobuses Midland Red. Era un club social al que los trabajadores de la empresa solían ir. Tocaba una banda cada semana. Tocábamos en semanas alternas, y John Bonham4 también tocaba allí con otra banda. No duró nada en aquella banda porque decían que tocaba muy fuerte, y lo echaron. Después fue a parar a otra banda, pero tampoco pasó mucho tiempo hasta que lo largaron por la misma razón. Tenía uno de los timbales con el nombre de todas las bandas por las que había pasado, y todas ellas estaban tachadas. Los nombres cada vez eran más y más pequeños. Todo aquello sucedió antes de que las bandas llevaran su propio juego de amplificación y las baterías se pudieran amplificar. Él tocaba a pelo. Pero él la aporreaba como si no hubiera una mañana, era increíble. ¡Tocaba la hostia de fuerte!

Hacía tiempo que los Rockin’ Chevrolets se habían separado, pero yo todavía salía con la hermana de Alan Meredith,Margareth. En aquella época, era muy celoso y protector con Margareth. Una noche que tocaba con The Rest vi a un tipo que la estaba molestando. Dejé la guitarra, di un buen brinco, me fui para él y le arreé una buena tunda. Volví al escenario y continué tocando. Las cosas que uno hacía…Una vez estábamos dando una vuelta por Aston. Fui al lavabo y ella me esperó fuera. Cuando volví, había un pandillero fastidiándola. Se me nubló la mente. Me fui directo al tío, le pillé, ¡y pum! Por suerte, los demás se acojonaron. Es lo que hacía en aquellos días. Siempre en broncas, pero ahora ya me he calmado; por fin.

Mi relación con Margareth duró incluso más que The Rest. Desaparecieron cuando el bajista se casó y decidieron dejarlo. The Rest era una banda sencilla que estaba bien para tocar en pubs. No sabíamos que una parte de ella iba a convertirse en Mythology…Poco después, en los primeros tientos profesionales de Sabbath, salí con la hermana menor de Margareth. Era raro ir a la misma casa a recoger a otra persona. Allí estaba yo, esperando fuera en mi coche a Linda, y otro tipo esperando en el suyo a Margareth. Linda y yo rompimos cuando fui por primera vez de gira por Europa. Volví y le dije que quería ponerle fin a aquello porque Europa me había abierto los ojos a otra manera de vivir la vida, algo que no había conocido antes viviendo en Birmingham.

 

DE TRABAJO EN TRABAJO. SIN RUMBO

 

Después de dejar el colegio esperaba poder incorporarme al mundo laboral. El primer trabajo que conseguí fue a través de un amigo de mi padre que tenía una empresa de fontanería. Fue en la construcción de un edificio y no duré nada. No me acostumbré porque no me gustan las alturas.

El siguiente paso en mi gloriosa carrera como operario fue en una cadena de montaje donde se hacían esos aros que tienen un tornillo y que sirven para unir las tuberías cuando las atornillas. Se te remuneraba en función de tu productividad, de tal suerte que tus emolumentos dependían de tu destreza y dedicación –tanto hacías, tanto cobrabas–, pero aquellas malditas piezas cortaban un montón. Pensé: ¡no puedo arriesgar las manos! Así que lo dejé en cuanto pude.

Lo siguiente fue en una tienda de música que se llamaba Yardley’s, en el centro de la ciudad. Todos los músicos que iban allí se conocían, y la gente que trabajaba tocaba para mostrar que todo funcionaba correctamente. Pensé que eso era lo que iba a hacer: «Así es como funciona una guitarra, este es el sonido que tiene».

Pero en lugar de eso me tenían sacando todo el material del escaparate y limpiándolo, sacabas la batería la limpiabas y la volvías a poner en su sitio, con las guitarras, igual. Y pensé, espera, ¿y cuándo voy a tocar? De repente, un día robaron en la tienda y me endilgaron a mí la autoría del hurto porque era el nuevo. Me interrogaron y quedé marcado como principal sospechoso hasta que encontraron a quien lo hizo. No me gustó nada cómo me trataron durante ese incidente, y, como tampoco me gustaban las tareas que me asignaban ni todo lo que pasó a raíz de aquel robo, agarré mis bártulos y me fui a buscarme otro trabajo.

 

Todos aquellos trabajos fallidos hicieron que la relación con mis padres se resintiera. Tenía a los dos diciéndome: «¿Cuándo vas a encontrar un buen trabajo, en lugar de estar todo el día con la guitarra?».Después de trabajar en Yardley’s conseguí el puesto de soldador que me costó mis dos dedos. Y cuando se me curó la mano conseguí un trabajo en la empresa de máquinas de escribir B&D. Me enseñaron a conducir y me dieron una furgoneta. Tenía que llevar traje e ir por las oficinas a reparar máquinas de escribir. Cuando las reparaba, había tornillos por todos lados: ¿dónde está el tornillo de esto, y la pieza esta, y los tornillos de esto y lo otro? ¡Dios! Pero me gustaba, porque conocí a un montón de chicas haciéndolo. Mientras yo reparaba las máquinas, las secretarias no podían trabajar, y se ponían a charlar conmigo, no tenía más remedio que darles conversación. Aquello fue un tanto contraproducente, las chicas llamaban diciendo que las máquinas no funcionaban bien, que fuera a repararlas. Así que el encargado me decía: «Hace dos días que estuviste aquí, ¿es que no reparaste la máquina?».

«Sí que lo hice». «Bueno, quieren que vuelvas y que mires a ver qué es lo que no funciona, así que andando». Descubrí que no había nada, que funcionaban bien, pero como les pegaba la hebra, a ellas les gustaba. Era divertido. Tuve que dejarlo porque empezaron a salir un montón de bolos con The Rest y volvía muy tarde, y no rendía nada. Después de aquello, ya nunca tuve otro trabajo fuera del mundillo.

 

 

CÓMO TRES ÁNGELES SALVARON EL HEAVY METAL

 

Después de sacarme el carné de conducir me compré un coche deportivo MGB. Tendría dieciocho o diecinueve años, y, pese a tener trabajo, me costaba mucha pasta a la semana mantenerlo. Mi madre nunca quiso que lo tuviera porque yo conducía como un poseso con ese coche. Y la verdad de las cosas es que tuve un accidente bastante serio con ese artilugio.

Conducía por una carretera de doble sentido y adelanté a un coche. De repente…, ¡bum! Pasé por encima de algo, dos ruedas saltaron disparadas, y salí de la carretera. Volé por encima de unos árboles y vi unas alas salir del coche mientras yo estaba allí sentado. Tal como lo recuerdo, todo sucedió a cámara lenta. Suena a ida de olla, pero yo vi tres imágenes venir hacia mí, una a la izquierda y dos a la derecha, como ángeles. Y pensé: «Ya está, aquí me quedo».

Choqué contra un árbol, el coche volcó y perdí el conocimiento. Cuando lo recobré, olí a gasolina y pensé: «Mierda, espero que no explote». Era un descapotable y no tenía barras antivuelco. Allí yací aturdido un buen rato, bocabajo, pero conseguí salir porque había aterrizado en tierra blanda. Fue un accidente tremendo y me arrastré como pude hasta la carretera. Tuve una conmoción y no sabía qué me estaba pasando. Un tipo me recogió y, por lo visto, le iba diciendo: «¡No se lo digas a mis padres, no se lo digas!».

Lo siguiente que recuerdo es a mi madre gritándome en la cama del hospital: «Bendito cabrón, ¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¡No tenías que haberte comprado ese puto coche!». Hay que joderse. Todo el mundo que vio el coche me dijo: «Podías haberte matado». Trajeron los restos a mi casa en un camión. Mi madre lo vio y sollozaba desconsolada. Incluso la gente que pasaba decía: «¿Cómo es posible que hayas sobrevivido?».

A lo que solo podía responder: «De veras, no lo sé». Tenía que haberla palmado, pero solo tuve una conmoción. Algún que otro rasguño, pero nada serio. La visión de aquellas tres imágenes fue muy real. Me hizo pensar: «Dios, me han salvado. Y si lo han hecho será por alguna razón: tal vez esté escrito que tenga que hacer algo grande». Una vez alguien sugirió que ese propósito que se reservaba era la invención del heavy metal –ahí es nada–. Gran propósito sin duda, aunque tal vez los ángeles adujeran que estaba equivocado. Me llevó su tiempo volver a subirme a un coche. Pero tenía que conducir la furgoneta de la banda y no pude apartarme del volante. No mucho después volví a regalarme otros deportivos. Pero ya no miro a las mujeres cuando voy conduciendo.

 

LAS COSAS VAN FATAL DE NORTE A SUR

 

Cuando The Rest se fue al garete, acepté la oferta para unirme a una banda llamada Mythology. Eran de Carlisle, Por aquel entonces, era una ciudad de unos setenta mil habitantes en la frontera con Escocia, a tres horas

en coche desde Birmingham. Me acerqué al lugar donde se me citó; Chris Smith se vino también porque Mythology necesitaba asimismo hacerse con los servicios de un cantante. La banda se reducía a Neil Marshall, bajista y líder de la banda, y un baterista que pronto lo dejó, por lo que pensé, bueno, ¡conozco un baterista! Y reclutamos a Bill Ward. Así que, la mayor parte de The Rest se trasladó a Carlisle y se convirtió en Mythology. Era el siguiente paso lógico para nosotros. En Birmingham, la cosa no daba mucho más de sí, pero Mythology era la banda más grande allí en el norte, y nos salían los bolos por doquier.

Nunca hasta entonces había salido del maldito Birmingham, donde todavía vivía con mis padres. Mudarme a Carlisle y vivir allí con el resto de la banda fue un gran momento. No conocía a nadie, por lo que convivir con Chris y, al poco, con Bill fue genial. Vivíamos en Compton House, un edificio enorme que dividieron en apartamentos. Teníamos un salón y una pequeña cocina en el piso de arriba, y una habitación abajo que compartíamos.

La dueña y su hija también vivían en la casa, pero ellas no eran las únicas. Un día nos dio por pedir un fish & chips y hubo que contar cuántas raciones necesitábamos: «Tú quieres, tú quieres, tú quieres…». Salió una más de las que creíamos que necesitábamos, y es que allí había un chico que también contamos. Le dije a Bill: «Espera. ¿Lo has visto?». «Sí, un chaval». Joder, qué raro. Nadie parecía saber quién era aquel chico. Inquirí a la dueña: «Sonará raro, pero creemos haber visto a un chaval arriba». Contestó: «¿De unos siete u ocho años?». «Sí». «Ah, murió en la casa hace unos años». Ella lo decía completamente en serio. Había tenido una muerte traumática. Pero no era el único. También vimos a una chica. Por lo visto, se había ahogado en la bañera… No nos asustamos. Si hubieran sido fantasmas en son de guerra, viniendo a por nosotros, gritando, seguro que nos habríamos cagado de miedo encima, pero solo eran unos niños.

Íbamos con mucho cuidado con lo que hacíamos allí, con el ruido y esas cosas. Pillamos algunas borracheras con vino barato con las que nos dieron un toque de advertencia, y no nos dejaban llevar chicas. De ninguna manera: ¿chicas aquí? ¡Ni hablar! Yo tenía veinte años, y Neil, unos veinticuatro. Su salto a la fama llegó cuando tocaba con Peter & Gordon.5 Neil estaba liderando una banda mucho más ambiciosa y madura que The Rest. Mythology tenía su propio estilo. Tocaban temas más guitarreros que nosotros y también muchos blues con montones de solos. Me dio la oportunidad de empezar a tocar de verdad y de aprender a alumbrar mis propios solos. Y, a medida que nos hicimos más famosos, también empezó a sonreírme parte de esa fama; a la gente que venía a vernos parecía gustarle lo que tocaba.

Mythology tenía un buen agente, Monica Lynton, que nos conseguía bastantes actuaciones. Por supuesto, ella siempre nos decía: «Tenéis que tocar temas más comerciales». Ensayábamos en el recibidor de la casa, sin hacer mucho ruido, para componer algún tema, pero la mayoría eran versiones. Las hacíamos más largas o las modificábamos ligeramente, a fin de poder injertarles algún solo. Las ensayábamos en casa y, al día siguiente, les dábamos la alternativa en el bolo.

Teníamos algunos álbumes de blues y rock. Uno que escuchábamos mucho era Days of Future Passed, de los Moody Blues, aunque no tocábamos esos temas. También nos deleitábamos con Supernatural Fairy Tales, un álbum de una banda que se llamaba Art. El cantante, Mike Harrison, llegó a hacerse famoso con los Spooky Tooth.Tocábamos un par de temas suyos en nuestro repertorio porque eran muy conocidos allí y a la gente le gustaba escucharlos.

Dábamos conciertos en lugares como el Town Hall de Carlisle, uno de esos garitos con un sonido irremediablemente horrible; el Cosmo, la sala más grande del lugar, con salón de baile y otras lindezas; y el Globe Hotel en Main Street, lugar en el que posteriormente también tocaríamos con Sabbath. Hacíamos unos tres bolos por semana, no solo en Carlisle, sino también en Glasgow, Edimburgo, Newcastle y otras localidades de la zona. Teníamos un público un tanto difícil de complacer en aquellas latitudes. Podían beber como cosacos y gritar como

ellos: «¡Eh! ¿Sabéis alguna de los Rolling? ¡Tocad alguna de los Stones!». Siempre había peleas; así iba la cosa. Nos volaban botellas, y si dejabas de tocar te podían incluso lanzar sillas y otros artefactos aerotransportables, y te destrozaban el equipo, por lo que había que seguir tocando, y no importaba cómo. A la manera, diríase, de la película The Blues Brothers,  esquivando botellas y toda suerte de proyectiles. Todo el público se zurraba, y provocarlos podía desembocar en una trifulca verdaderamente dantesca. A la semana siguiente volvían y todo estaba en orden, como si nada hubiera pasado y, de repente, a alguien se le iba la pinza, y otra vez lo mismo. Es raro ver a todo el mundo dándose de leches y a las tías gritando, ¡y repartiendo también!

Al vivir lejos de casa, éramos libres de hacer lo que se nos antojara y de vestir como nos diera la gana. Me empecé a dejar el pelo largo y a desfasarme un poco. De hecho, la peña nos tenía un poco de miedo incluso, porque nadie llevaba el pelo como nosotros. También me pillé una chupa de ante a la que le saqué partido. Me molaba mucho y la llevaba siempre a todos lados. Bill Ward iba un paso más allá: llevaba una camiseta, no sé de cuántos días, y se iba a la cama con ella. Era un tipo bastante desaseado, y no ha cambiado mucho desde entonces. Atendió al sobrenombre de Apestado durante mucho tiempo. Incluso compramos máscaras antigás y nos las poníamos cuando él estaba por allí, a lo que Bill, con indisimulado orgullo, oponía: «¡Aguantad un poco más!».

Un día, la broma nos salió mal, cuando nos paró la policía en Hartlepool. Vieron las máscaras en la parte de atrás de la furgoneta y creyeron que íbamos a cometer un atraco. Nos detuvieron y nos metieron en el calabozo de la comisaría. Imagínate si algo parecido llega a suceder en Park Lane, en Londres, se hubiera hablado de ese asunto largo y tendido.

Allí en Carlisle fumé por primera vez hachís. Me dio un viaje raro, rayano en la paranoia. Pensé, Dios, no sé si esto me gusta. Lo que seguro que no me gustó nada fue lo que pasó después. El camello vino a casa, quizás unas tres veces, porque Neil quería pillar un poco para él. Un día, el tipo, que era de fuera, apareció con unas maletas. Y dijo: «¿Puedo dejar esto aquí? Es que tengo que hacer unos encargos por ahí».

Le dijimos que sí, y no lo volvimos a ver. A la mañana siguiente, sobre las siete, ¡pam! La policía echó la puerta abajo y entraron en nuestra habitación. Encontraron las maletas llenas de costo. Nos quedamos flipando: «¡Eso no es nuestro!». Nos encerraron con una fianza de la hostia. Yo estaba petrificado. «¡Mierda, qué iban a pensar ahora mis padres!». Era la primera vez que vivía solo, y tal vez había fumado tres veces. Intentamos explicar que las maletas no eran nuestras. Ellos lo sabían, porque hace tiempo que iban detrás de aquel tío. Ese fue el motivo por el que nos dejaron irnos a casa. Al tipo lo arrestaron, pero todavía querían inculparnos, aduciendo: «¡Si no nos habéis contado lo que pasa…, todo esto estaba en vuestra posesión, ¿sabéis?!».

Nos acojonaron de lo lindo. Nos separaron y nos interrogaron. Bien, a ver, ¿qué les pueden haber preguntado a ellos? Muy extraño. Al día siguiente era noticia en todos los periódicos por la cantidad de resina sustraída y el monto de lo que incautaron: «Atrapan a una banda con drogas». Lo sacaron también en las noticias, y llegó a Birmingham, y mis padres lo vieron. Imagínate los vecinos: «¡El chico de los Iommi es un drogadicto!».

Llamé a mi madre, y ella se estaba cagando en mí, llorando y gritándome: «¡Has traído la desgracia a esta familia!». El sargento Carlton, que fue quien nos arrestó, se dio cuenta enseguida de que nosotros no éramos los peligrosos criminales que buscaban. Y nos ayudó a solucionarlo. La historia de la droga fue la principal razón por la que Mythology se disolvió. Conseguir bolos se convirtió en algo imposible, así que Bill y yo nos volvimos a Birmingham. Tuve que volver a casa otra vez. Fue vergonzoso, pero no tenía adónde ir. Bill y yo seguimos en contacto. Queríamos montar una nueva banda y empezamos a buscar cantante. Fuimos a una tienda de música y vimos un cartel que decía: «Ozzy solo busca bolo, tengo mi propio equipo». Le dije a Bill: «Conozco a un Ozzy, pero no puede ser él». Fuimos a la dirección que ponía, llamamos a la puerta, su madre abrió y dijimos: «¿Está Ozzy?». Dijo: «Espera un momento». Se dio la vuelta y gritó: «John, es para ti». Y cuando él llegó a la puerta le dije a Bill: «Espera, ni de coña. Conozco a este tío».

 

CON LOS PIES EN TIERRA

«¿Qué quieres decir?», preguntó Bill. Le dije: «Conozco a este tío del colegio. Y hasta donde yo sé, no canta». Supongo que Ozzy también se quedó a cuadros al verme. No le veía desde el colegio, y seguro que él solo recordaba de mí que iba repartiendo leña a diestro y siniestro. Ozzy es un año menor que yo, por eso iba un curso por debajo. Él siempre iba con su colega Jimmy Phillips. Albert y yo nunca nos relacionamos con ellos en el colegio. Bill y yo hablamos con Ozzy un momento y dijimos: «Venga, vamos». Nos fuimos y nos olvidamos del asunto. Unos pocos días después, Bill vino a casa y mi madre le preparó un sándwich. Al poco, Ozzy y Geezer aparecieron buscando un baterista. Les dije: «Bill es bataca, pero vamos juntos.

Si Bill quiere…, ningún problema». Pero Bill dijo: «No, no. Yo estoy con Tony». Y dije: «¿Por qué no lo probamos? Montamos una banda y a ver qué pasa». Quedamos para un primer ensayo. El colega de Ozzy, Jimmy Phillips, también estaba, tocaba la guitarra slide, y también había un tipo con un saxo. Geezer tocaba la guitarra, pero decidió cambiarla por el bajo. El problema fue que no tenía bajo ni dinero para comprarse uno. Así que afinó su Telecaster como un bajo e intentó tocar su parte en aquel primer ensayo. Pensé, ¡hostias! Fue un alivio cuando su antigua banda le prestó un bajo Hofner. Solo tenía tres cuerdas, pero, como solo tocaba una, ya nos servía. Ensayamos algunos temas de blues, hicimos algunas canciones y nos pusimos por nombre The Polka Tulk Blues Band. Jimmy Phillips y yo nos fuimos a conseguir algún bolo por ahí. Estábamos en nuestro salón con el teléfono sobre las cajas y dije: «Bien, Phillips, llama a este, Spotlight Entertainment, parece prometedor».

Llamó y dijo: «¿Puedo hablar con el señor Spotlight?». Empezamos a partirnos el pecho a carcajada limpia, y aquello fue el final. Un desastre. Entonces llamé a la agente de Mythology, Monica Lynton, en Carlisle, y le dije: «Oye, tenemos una banda. ¿Te interesaría llevarnos?». Ella dijo: «De acuerdo, pero tenéis que tocar un repertorio comercial, y quitaos de la cabeza lo de los temas de blues».

«Vale, vale». Nos fuimos para Carlisle. Cerca de allí, en un lugar que se llamaba Egremont, tocamos en el bar Toe. Un enorme tío escocés se acercó y me dijo: «Vuestro cantante es pura basura». «Ah, vale. Gracias». Parecíamos un atajo de pirados: yo con mi chupa de ante, Bill con su apestosa camiseta, y Ozzy que se había afeitado la cabeza e iba rapado. Geezer llevaba un largo vestido hippy indio. Paz, hermano, y todo ese rollo. Pensé, qué raro, un tío con un vestido. ¿Dónde me he metido?

Geezer salía con una chica que vivía en la misma calle donde estaba nuestra tienda, lo vi pasar un montón de veces. También lo veía cuando yo tocaba en aquella banda en aquel club nocturno donde la banda de Geezer, Rare Bread, también tocaba. Lo veías siempre intentando trepar por las paredes porque, en aquellos tiempos, se metía mucho ácido. Pensaba que era un pirado. Cuando tocamos en el hotel Globe en Carlisle, vino un idiota que había golpeado a unos policías y había matado a uno de sus perros. Teníamos el equipo fuera, Geezer estaba bajando las escaleras con su ropa hippy llevando un par de guitarras, y aquel tipo se fue hacia él: «¡¡Eh, tú, uaaaah!!». Y Geezer: «¡Eeeh!». Dejó las guitarras y gritó: «No me pegues, tío. Soy pacífico». Y empezó a correr. Era increíble, el tiparraco aquel estaba fuera de sí y salió tras Geezer, y Geezer con su Kafkan corriendo, intentando huir. Tuvo que venir un regimiento de policías para reducirlo y llevárselo a comisaría. ¡Joder, qué manera de empezar con la nueva banda!

Fue lo último que hicimos con Jimmy Phillips y el saxofonista. Se tenía que hacer un solo, y todo el mundo quería tocar a la vez. Era una auténtica jaula de grillos. Aquellos dos tíos parecía que estaban en la banda para echarse unas risas, y eso me molestaba. Así que quedé con Bill, Geezer y Ozzy y les dije: «El saxofonista no funciona y Jimmy Phillips tampoco». Y ellos dijeron: «¿Qué quieres hacer?». Yo no quería herir los sentimientos de nadie echándolos, así que les dijimos que la banda se disolvía. Después estuvimos unos cuantos días sin vernos y volvimos de nuevo a la carga, pero solo los cuatro. Los primeros bolos fueron lamentables. La banda no se acercaba ni de lejos a Mythology, pero me dije: «Date tiempo, la cosa funcionará». Pude ver que había potencial. Era una combinación extraña: alguien a quien conocí en el colegio y que no había vuelto a ver desde entonces; Geezer, un tío que era de otro planeta; y Bill y yo, que, probablemente, también veníamos de otra galaxia. Pero parecía que todo empezaba a encajar. Ensayábamos y ensayábamos sin pausa, e hicimos algunos bolos, y las cosas empezaron poco a poco a funcionar. Nos cambiamos el nombre de The Polka Tulk Blues Band por el de Earth Blues Band, y al poco solo Earth. Hacíamos blues de doce compases, tipo Ten Years After. Me gustaba cualquier cosa que tuviera guitarra. Teníamos discos de artistas de los que nunca había oído hablar, pero si había un tema con un solo de guitarra decíamos: «¡Eh, haremos este tema, mola, otro de doce compases!». Las guitarras se hicieron cada vez más jazzeras, y a Bill le gustaba mucho el rollo big bands, así que nos desviamos un poco hacia el rollo jazz. Ozzy lo estaba haciendo bien. Al principio, estaba siempre encima de él porque no sabía muy bien qué hacer. Siempre le decía: «Venga, dile algo al público, di esto, di lo otro».

Y Geezer aprendió a tocar el bajo muy rápido: antes de que nos diéramos cuenta, ya tocaba de la hostia. Pero como tocábamos blues no teníamos mucho trabajo. En aquella época en Birmingham triunfaba el soul, y allí solo había un par de locales donde podíamos tocar. Para nosotros, el Mothers Club fue el mejor garito en Birmingham. Tocamos allí, y también lo hicieron Chicken Shack, Jon Hiseman’s Colosseum y Free. El Town Hall tenía un buen sonido, y también tocamos alguna vez. De hecho, la carátula interior del disco Volume 4 tiene una foto de una actuación allí. Tocamos en un montón de garitos que tenían un salón enorme que no utilizaban y se lo alquilaban a quien gustara para montar bolos. Como Jim Simpson, que alquiló un salón encima de un pub en el centro de Birmingham y lo rebautizó Henry’s Blues House. Lo tenía quizás dos días a la semana, pero se hizo muy popular.

Como el escenario era muy pequeño, teníamos que tocar muy acurrucados. Ozzy siempre estaba por delante de mí, dondequiera que fuera el bolo, pero, con el tiempo, cuando empezamos a tocar en escenarios más grandes, comenzó a moverse hacia la izquierda delante de mi equipo y yo hacia el centro del escenario. No me preguntes por qué. Nunca llegué a averiguarlo. Parecía extraño, pero me gustaba: el centro del escenario es el mejor sitio para escuchar cómo suena todo. Ocupé aquella posición hasta que Ozzy se fue. Solo tomó el centro del escenario cuando volvimos a mediados de los noventa.

Lo primero que la banda compró fue una furgoneta Commer con las ventanas tintadas. Era un pedazo de chatarra, la furgoneta de un expolicía que tenía un agujero en suelo en el lado del copiloto. Una vez utilicé la furgoneta para llevar a una chica. Teníamos que poner un cacho de cartón para tapar el agujero y disimularlo un poco. Ella venía muy emperifollada, con sus medias, y al subirse a la furgoneta se fue directa al agujero. El metal le rajó las medias e incluso le hizo algún corte. Aquel desafortunado incidente anticipó el final de aquel romance. Mi madre nos ayudó con la paga y señal. Lo maqueamos con un sofá en la parte trasera. Condujimos hacia Carlisle en aquella cosa, nos parecía increíble. La furgo se estropeaba constantemente. Era una mierda de furgoneta, y el estado de las carreteras de entonces tampoco resultaba de gran ayuda. Ir a Carlisle o a Londres suponían viajes interminables. Yo era el único que tenía carné de conducir, y no nos podíamos permitir un chofer, así que era el único que

conducía. Recogía a todo el personal para ir a los ensayos y a los bolos, de tal suerte que, como todo me lo tenía que currar yo, acababa hecho polvo; tuvimos suerte de sobrevivir a todo aquello. Todos se dormían en la parte de atrás, y yo me daba tortas en la cara para no dormirme. Lo peor era cuando abría la ventanilla para mantenerme despierto y escuchaba: «Ey, que hace frío aquí atrás». Una noche, de vuelta a casa, todos dormían, y vi aquella calle que era idéntica a la calle en la que vivía Ozzy. ¡Pensé que sería divertido dejarlo allí! Eran las cuatro o cinco de la mañana, Ozzy estaba dormido y le dije: «¡Venga, Oz, a tu casa!».

«Eeeh». Salió de la furgo y le dije: «¡Hasta mañana, chim pum!». Ahí lo dejé, miré por el retrovisor y vi a Ozzy intentando entrar en la casa equivocada. En aquel momento, todavía no se había dado cuenta de que no era la suya, y nosotros ya nos habíamos largado. Y tuvo que caminar un par de kilómetros, más o menos, para llegar a su casa. A la noche siguiente lo recogí y me dijo: «Ayer me dejaste en otra calle».

Dije: «Ah, ¿sí? Ostras, pensaba que era la tuya». «No, no. No era la mía». Otra noche, de camino a su casa otra vez, se volvió a dormir y volví a parar en la misma calle. «¡Oz, tu casa!». «Eeeh…». Salió de la furgo, nos largamos, y lo mismo. Mordió el anzuelo un montón de veces. La ayuda que recibí de mi madre para la furgoneta solo era una cara de la moneda. La otra era la murga con la que tenía que bregar a cambio: «Estás hecho un tontaina de manual. ¡Tienes que conseguirte un trabajo como Dios manda!». Pero lo cierto es que hizo un montón de cosas por nosotros, y cuidaba de todo el grupo. Siempre nos hacía bocatas o cualquier cosa para comer, y el grupo la adoraba. Y lo curioso es que a mi padre también le caían bien los chicos. Tenían especial devoción por Ozzy. A mi padre le parecía gracioso, y no le faltaba razón: Ozzy era un tío de lo más cachondón.

El padre de Ozzy también puso de su parte. Ozzy tenía su propio equipo, pero necesitaba uno más potente, y su padre se avino a pedir un préstamo para comprárselo. Una vez concedido y firmado, le dio el dinero a Ozzy, y este se compró un Triumph de dos pantallas. También teníamos una mesa Vox. En aquellos días no teníamos, ni podíamos permitirnos, tener a un técnico de sonido controlando los volúmenes desde el epicentro de la sala: todo el sonido venía de tu equipo sobre el escenario por o que empezabas y subías el volumen y, acto seguido, la peña empezaba a gritar: «¡Bájalo!».

Siempre se quejaban porque tocábamos muy fuerte. Siempre. Si tú estabas delante de la pantalla de tu propio ampli, no podías escuchar a nadie más, de modo que tenías que moverte un poco para escuchar alguna cosa y saber qué pasaba. No podías escuchar la voz, incluso Ozzy le daba tanta caña a su equipo, con el volumen a tope, empezaba a pitar. Tocamos en el Henry’s Blues House un montón de veces, gracias a lo cual empezamos a asentar las cosas. Jim Simpson, el tipo que llevaba el garito, empezó a tener interés en nosotros. Le molaba el jazz, era trompetista, y nosotros tocábamos blues/jazz. A él le gustaba, y nos propuso convertirse en nuestro mánager. No teníamos a nadie más, y él tenía el Blues House donde tocábamos, razón por la cual concluimos que, si no firmábamos con él, no tendríamos bolos.

Jim Simpson empezó a oficiar como nuestro mánager entre finales de 1968 y principios del 69. Y así estábamos: con equipo, un pedazo de chatarra por furgoneta, repertorio a base de temas de doce compases de blues/jazz y un mánager. Todo parecía estar en orden, pero sin la más remota idea de adónde podía conducirnos todo aquello, pero, eso sí, prestos para el dislate y para el combate. Lo primero que Jim Simpson hizo fue meternos en el Big Bear Folly, un tour por el Reino Unido con cuatro bandas, donde la noche acababa con todos haciendo una jam sobre el escenario. En enero de 1969, tocamos en el Marquee Club, pero no nos fue demasiado bien con John Cee, el encargado. Al tío le molaba el rollo big band, y cuando Bill se enteró le dijo que a él también le molaba; John le puso algunos temas y le preguntaba: «Entonces, ¿quiénes son estos? ¿Y este?». Bill no daba una, y a John Gee eso no le hizo ninguna gracia.

Ozzy llevaba la parte de arriba de un pijama y un grifo colgando del cuello. A John no le gustó en absoluto. Seguro que pensaba que éramos unos pintas. Bueno, a decir verdad, no le faltaba razón: lo éramos. No teníamos pasta para ir bien vestidos. De hecho, Ozzy iba descalzo. Geezer era un gurú de la moda que conseguía ir siempre a la última. Él tenía unos pantalones verde lima. Solo tenía unos y los lavaba y los lavaba, y se los ponía siempre. Una vez los secó en un radiador y quemó una de las perneras. Como le gustaban tanto aquellos pantalones, su madre le cosió la pernera de otro pantalón, y el tío iba por ahí con una pierna de color verde y la otra de color negro. ¡Una locura!

Una vez, Bill vez se hizo con el premio a la estrella de rock peor vestida: «La rock star más desaliñada» o algo parecido. Él estaba muy orgulloso de aquello. Y allí estaba yo con mi chupa de ante. Con aquella ropa y el montón de pelo, parecíamos realmente heavys. Nos dejamos crecer los bigotes, y Bill también la perilla. Nada de aquello fue premeditado. Cuando estás en una banda, desarrollas una imagen parecida. «Oh, tu pelo es un poco más largo, mola, me lo dejaré así». La otra cara de la moneda era que las tías no venían a los conciertos. Pelos largos desaliñados, solo tíos ahí sentados…O tal vez sí que había alguna… ¡Pero parecían tíos!

Un comentario

  1. ¡Un Capo!!!…

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