
La fiebre Turnstile hace semanas que ha alcanzado cuotas de pandemia en Barcelona. Entradas agotadas en tiempo récord, esa sensación de estar viviendo un momento histórico flotando en un ambiente eléctrico que presagiaba algo especial. El pasado lunes, Turnstile demostró en el Sant Jordi Club que estamos ante un fenómeno generacional, de esos que ocurren una vez cada mucho tiempo.
La primera certeza de que servidor tuvo que nos encontramos ante una banda llamada a marcar época me llegó al contemplar el maravilloso vídeo del concierto que ofreció la banda en su Baltimore. Ya había vivido con pasión sus conciertos en Primavera Sound y Razzmatazz, pero aquél vídeo llevó mi admiración por el combo un par de pantallas más allá. Ver la reacción de alegría y jolgorio que provocaban en la gente, incluso en los niños, lanzándose al escenario y haciendo un stage diving gozoso y festivo, fue ciertamente revelador. Ahí se podía contemplar a una comunidad orgullosa y feliz disfrutando de un momento único e irrepetible. Ahí estaba una banda que había surgido del hardcore underground de la ciudad para alcanzar el mainstream sin perder ni un ápice de credibilidad. Todo lo contrario: la han multiplicado. Profetas en su tierra preparados para salir a predicar al resto del mundo.

Y así fue. Turnstile generan una emoción que hacía décadas que no se vivía en uno de los grandes recintos de nuestra ciudad. Nos vienen flashes del concierto de Rage Against The Machine en el Palau d’Esports de finales de los 90, cuando la banda californiana desató una energía comparable a la que ahora transmiten los de Baltimore, y no mucho más. Nada a ese nivel absurdo de intensidad.
Desde el minuto uno hasta la última nota, el Sant Jordi Club fue un hervidero humano. Millares de personas saltando desbocadas, cuerpos sudorosos chocando violentamente incluso en los descansos. Hombres y mujeres sintiéndose inmortales por el espacio de hora y media. ¿Pogo enajenado o danza tribal postmoderna? Qué más da. Fue una bendita locura en toda regla que no cesó durante toda la velada.
La banda abrió con la tenue iluminación azul de «Never Enough», tema que da título a su último disco, antes de que estallara la tormenta. Seguida de «T.L.C. (Turnstile Love Connection)» y «Endless», con su icónica bandera multicolor de fondo, la tripleta inicial fue inapelable.

El concierto pivotó principalmente sobre sus dos últimos trabajos, «Glow On» (2021) y «Never Enough» (2025), los responsables de su salto definitivo. Pero la banda no olvidó sus raíces, intercalando en el tramo central piezas más hardcore como «7» y «Keep It Moving», «Drop» y «Fazed Out», que mantuvieron la intensidad sin provocar la misma euforia masiva.
Si hay que señalar los instantes más memorables de la noche se nos aceleran las neuronas: Siento una debilidad irracional por «I Care» -¿qué tendrá ese tema que nos retrotrae a finales de los 80’s?-… o el momento en que Brendan Yates se despoja de su camiseta, lanza el pie de micrófono al aire y enloquecemos comprobando que toda la carne está ¡YA! En el asador… o la enorme bola de discoteca descendiendo para iluminar todo el recinto durante «Ceiling» y «Seein’ Stars», convirtiendo la sala en una gigantesca discoteca… o el asombro que nos provoca la capacidad de la banda para transitar sin fisuras desde los circle pits de «Holiday» hasta la etérea felicidad de «Alien Love Call»… Y podríamos seguir así un buen rato, ya que en realidad ABSOLUTAMENTE TODO el espectáculo es un highlight no apto para estos tiempos de felicidad fragmentada y encapsulada en una pantalla.

El bis con «Mystery», «Blackout» y «Birds» fue totalmente aplastante, con invasión de escenario incluida. Y es precisamente «Birds», la canción final que desató la locura absoluta, la que mejor resume lo que representa esta banda. Como pájaros liberados de su jaula, el público se entrega a un sentimiento de libertad absoluta que pocas formaciones consiguen provocar. Y como esas aves que alzan el vuelo sin límites, Turnstile parece destinada a volar tan alto como su talento y su capacidad para conectar con una generación entera se lo permitan.
Las caras de felicidad y asombro al encenderse las luces fueron la mejor prueba de que los asistentes presumirán de haber estado ahí durante muchos años. Porque cada generación merece tener una banda así y vivirla a fondo. Y no se me ocurre una mejor que Turnstile para los tiempos que corren.
Texto: Rubén García Torras
Fotos: Marina Tomás Roch






