
Hubo muchos momentos en los que los tres músicos parecían niños pequeños en una piscina de bolas, esa sensación de «vamos a disfrutar pase lo que pase, sin ningún plan premeditado».
Porque si oyen esa maravilla de álbum debut que ha publicado Paul Cornish este año (You’re Exaggerating!, vía Blue Note), verán que hay un supuesto orden y un vasto control. Es cierto que todos los músicos tienden a sobrepasarse en el álbum, cosa que, ojo, me parece genial, pero es que más que una exhibición, hubo pasajes en los que se lo pasaban en grande, sin más.
Y cuando un músico se lo pasa así de bien, nunca sabes a ciencia cierta si está tocando para él, si es parte del recital o si te está tomando el pelo. La sensación era la misma cuando Paul cogía el micro entre tema y tema y entonaba una historia que empezaba por ser insípida para acabar siendo muy divertida. El trío, eso; Paul, genio y figura con al piano; Jonathan Pinson a la batería, que no hizo un ritmo estándar de jazz en todo el concierto. Utilizó, incluso, un vaso de cristal para ser golpeado por su baqueta a modo de claca en uno de los temas, digamos, reposados. Y Jermanine Paul, que respondió a todas las figuras trepidantes y vertiginosas de Paul con una solvencia sorprendente.

Los tres eran soberbios, la clase de tipos que han nacido ensimismados con su instrumento porque, seguramente, se les daba muy bien tocarlo desde una edad muy temprana. Pero el recital alcanzó cuotas de leyenda cuando se pusieron el mono de faena y se dejaron de «toma y dale» y «me echo unas risas». Es decir, cuando atacaron con intensidad total «Palindrome» o «Queen Geri», por ejemplo, pasando los diez minutos en cada una de esas reinterpretaciones. Ahí es cuando afirmabas con total rotundidad que el jazz sigue en buenas manos. Con gente como Paul Cornish y sus colegas, ¿quién necesita mirar al pasado?
Texto: Sergio Martos
Fotos: Alberto Belmonte






