
Segunda oportunidad. Tras la cancelación de hace unas semanas, Molly Nilsson aterrizó finalmente en Barcelona para ofrecer un concierto que sus seguidores llevaban esperando con la paciencia de quien sabe que ciertas citas merecen la espera. La sala Paral·lel 62 acogió este miércoles a la artista sueca, que una vez más demostró por qué se ha convertido en una figura de culto para quienes creen que el synth-pop puede ser a la vez político, intimista y bailable.
Nilsson lleva décadas siendo fiel a la cultura DIY, editando su música en su propio sello Dark Skies Association y manteniendo un control absoluto sobre su obra. En directo, esa independencia se traduce en una puesta en escena despojada pero efectiva: ella, sus sintetizadores y una presencia escénica que funciona por magnetismo más que por espectáculo. El público, entregado desde el primer momento, conecta con una propuesta sencilla que apela directa y genuinamente a sus sentidos.
La artista aprovechó los espacios entre temas para compartir reflexiones con el público. «Las revoluciones son posibles si sumamos sonrisas», afirmó en uno de sus monólogos, evidenciando ese compromiso político que atraviesa toda su discografía sin resultar nunca panfletario. Molly Nilsson habla de feminismo, de lucha de clases y de resistencia desde la experiencia personal, y eso conecta.

Sin embargo, hubo aspectos que lastraron la velada. El sonido adolecía de un exceso de reverberación que emborronaba los contornos de sus palabras, aunque lo verdaderamente exasperante fue el comportamiento de una parte del público. Resulta incomprensible que en una sala de estas dimensiones, donde la artista se dirige directamente a los asistentes, haya quien prefiera mantener sus conversaciones en voz alta durante los monólogos. Nilsson construye sus directos también con la palabra, y esos momentos de intimidad quedaron sistemáticamente dinamitados por la inconsciencia de los charlatanes de turno. Es una falta de respeto intolerable hacia la artista y hacia quienes sí querían escucharla.
Musicalmente, por fortuna, la noche tuvo momentos de pura comunión. Nilsson desplegó su amplísimo abanico de referencias, mencionando explícitamente a Cyndi Lauper como influencia fundamental, y la conexión resultó evidente: ambas construyen pop desde los márgenes, desde la vulnerabilidad convertida en fortaleza. Es cierto que el repertorio se fundamentó mayoritariamente en sus dos últimos discos con momentos brillantes en algunos de esos temas, como en ese «Communist Party» que funcionó como uno de los picos emocionales de la noche. Pero fue con un clásico como «I Hope You Die» que la velada alcanzó su momento culminante. Ese hit incontestable donde su ironía afilada y su capacidad melódica alcanzan el equilibrio perfecto elevó los espíritus de los allí presentes para dar por concluida la velada.
Pese a los problemas técnicos y a la incivismo de algunos asistentes, Molly Nilsson certificó una vez más que no hacen falta grandes despliegues cuando se tiene algo genuino que decir. La revolución de las sonrisas sigue en marcha.
Texto: Rubén García Torras
Fotos: Marina Tomás Roch







