
L’Auditori de Barcelona lleno, público en su mayoría veterano y silencio de función seria. Todos de negro en escena. Laurie Anderson entra y manda desde el primer segundo. Tiene una presencia verdaderamente magnética y su spoken word se pliega a la respiración de una banda impecable, Sexmob, que juega con el jazz y entiende la lección del espacio, pues tocan cuando deben y suben el tono justo cuando la palabra lo exige.
Tras una introducción en la que Anderson nos habla de la situación de su país y rinde homenaje a figuras que la inspiran como William S. Burroughs o Cornel West, llega la icónica “Big Science”, de su álbum homónimo de 1982, con un cambio de arreglos que no empequeñece el impacto de la obra. A continuación, suena “Language Is a Virus”, un recordatorio práctico de cómo las palabras acotan el comportamiento y de lo fácil que es manipularlas (o prohibirlas), condensa la conceptualización del concierto: música teórica y arty de museo. Existe el riesgo de caer en una pose demasiado intelectual, pero la neoyorkina sale airosa y victoriosa.

En los interludios, Anderson salpica con críticas al gobierno estadounidense y dedica unas buenas palabras al nuevo alcalde de Nueva York. “Coolsville” suena cadenciosa, casi postal sonora de su ciudad. “It Is a Lovely Day” (Arthur Russell) flota con un pulso acariciado, y tras presentar a la banda cae “Dirty Blvd.” (Lou Reed) con el filo urbano intacto. “Beautiful Red Dress”, de Strange Angels, demuestra que el directo redimensiona su catálogo. Anderson juega con cambios de tono en la voz, como si representara a diferentes personajes. Después de “Volcanoes on Mars”, la historia generada con IA de “The Story of Grandfather Axel Anderson”, sobre un niño migrante, muestra el lado más hilarante de la artista.
La sección central alterna gravedad con una intuición escénica envidiable. “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” (Dylan) renuncia a la grandilocuencia para volverse tormenta interior a varias voces; “Bodies in Motion” respira jazz y multiplica los matices de la original; y en un gesto performativo, Anderson se coloca una chaqueta y convierte el propio cuerpo en percusión. “It’s Not the Bullet That Kills You, It’s the Hole” suena de lo más festivo del lote, con unos arreglos casi reggae que le sientan mejor de lo esperado; mientras que “Uncle Allen”, “The Size of the Con” y “Muddy River” con ecos del delta, mantienen la línea del show.

El clímax del concierto llega con “Junior Dad”, también de su añorado Reed en el álbum que hizo a medias con Metallica. Cuando irrumpe la voz de Reed resulta verdaderamente emocionante y se produce el silencio. Sin embargo, no hay nostalgia en el gesto, sino activación del archivo. Anderson cierra con una breve salida de violín, presenta a la banda y vuelve a citar a algunas figuras que sostienen su imaginario (de Arthur Russell a Gertrude Stein). Ya en la despedida, conduce al auditorio por una secuencia de taichí mientras la banda toca “Born, Never Asked”. Queda un poco postal new age, pero también sirve para bajar el pulso y centrar la mente.
El cierre del concierto no puede ser otra cosa que un triunfo sobre el algoritmo y la escucha pasiva. Laurie Anderson gustará más o menos, pero es innegable que el compromiso artístico e intelectual que ella representa y ejerce sin solemnidad es cada vez menos frecuente. Y este gesto de independencia artística, intelectualismo y rebeldía merece ser subrayado.
Texto: Álvaro Rebollar
Fotos: Marina Tomás Roch






