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Ethel Cain — Razzmatazz (Barcelona)

Red House Painters fue lo último que sonó, como buen aviso del ritmo del concierto, antes de que Ethel Cain apareciese en el escenario tras unos minutos de retraso. Hacía tiempo que no se veía la sala Razzmatazz tan llena y con tanta gente joven. Cuando aparece Hayden Silas Anhedönia, la sala parece una capilla gótica rodada por David Lynch. Abre con “Willoughby’s Theme” confirmando que aquí van a mandar los tempos largos y lentos, el reverb y el slowcore con polvo de folk sepia que podría estar sacado de los años noventa pero que se reactualiza en 2025.

“Janie” coloca la voz narrativa y con “Fuck Me Eyes” llega el primer pico del concierto, con esos sintes que parecen sacados de la escuela Italians Do It Better. Funciona porque abre la ventana para que entre algo de aire pero sin traicionar el clima general y, de paso, recuerda que es posible moverse en los márgenes de la cotidianeidad y facturar temas realmente bellos. “Nettles” y “Dust Bowl” giran hacia lo americano (y la americana): guitarras slide que evocan paisajes de carreteras largas y desérticas.

Es en esta parte donde emerge el corazón del universo Ethel Cain: la religión no como bálsamo, sino como lazo que aprieta. En una era en la que algunas de las figuras pop más relevantes coquetean con lo sagrado para ennoblecer el show (y se sobreentiende de quién se habla), Ethel nos habla también de un Dios, pero ciertamente diferente. Ella nos habla de un Dios que vigila y castiga, del que cuesta desprenderse porque forma parte de un imaginario cultural tradicionalista, y cuya presencia aflige más que salva.

El bloque central del show se oscure y “Willoughby’s Interlude” funciona como pasarela antes de que “Vacillator” y “Onanist” entren contaminadas por Perverts, su disco de ambient y doom. Drones, tormenta en los subgraves, spoken-word y un baño de sombras y luces blancas y rojas que convierten el escenario en un lugar de penitencia. Es la parte difícil del set y la más exigente. Sin embargo, también la más interesante. El público compra el tempo lento sin exigir singles cada tres minutos. “A Knock at the Door”, “Radio Towers”, “Tempest” y “Sun Bleached Flies” suenan a continuación, y la comparación con Florence + The Machine, más de espíritu que de forma, se hace verdaderamente evidente. Los bises acaban el concierto en una espiral ascendente pop: “Family Tree” calienta, y “Crush” y “American Teenager” cierran con estribillos que suenan más grandes que la vida.

La intrahistoria que nos narra Ethel Cain como personaje dentro de una saga que recompone el Sur gótico y evangélico entre amores imposibles, culpa heredada y violencia íntima es una de las más interesantes del panorama actual, y eso quedó perfectamente trasladado a la ambientación del concierto. Con una estética de luces y humo, la iconografía religiosa como problema, el dolor del amor no correspondido y una fe que, más que iluminar, pesa sobre el individuo, la de Florida regaló una liturgia para tiempos de acelerón e inmediatez. Es un gusto ver a una autora que mezcla su lado ambient y oscuro con el pop sin pedir permiso y un público que no necesita traductor para saltar del drone a la melodía con gancho. Podemos llamarlo fragmentación de la escucha o, simplemente, vivir en 2025.

Texto: Álvaro Rebollar

Fotos: Meritxell Rosell

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