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Dopemancer / Mephistofeles – Sala Upload (Barcelona)

 

Mephistofeles

Subir un martes de noviembre a la montaña de Montjuïc para ver a dos bandas, una local que está dando sus primeros pasos y se recrea en el doom y el hard-psych más fumetas y otra de una ciudad de provincias argentina que te hacen gracia porque sus discos suenan a grabaciones perdidas de los primeros Black Sabbath, parece una idea de bombero adicto a la serie B del rock.

Una manera como otra cualquiera de quemarse las neuronas y destrozarse los tímpanos. Pues no. Bienaventurados los que siguen su instinto metalero, porque de ellos será el reino de las tinieblas.

No abundan las ocasiones en que el “artista invitado” concita tanto público como el cabeza de cartel y todos hemos estado en bolos donde los esfuerzos de los mal llamados teloneros se dispersan estériles en esa galaxia de metros cúbicos disponibles que hay entre los altavoces y las cabezas de los pocos devotos reunidos.

Dopemancer

Felizmente, no fue este el caso de los catalanes Dopemancer, quienes arrastraron (y sometieron) con su show a un respetable número de correligionarios: la contundente y efectiva ración de doom setentero y hard-psych abrasivo de su debut “Satanic Psychotropic Influences”, aumentada con temas aún inéditos y amenizada con proyecciones de la secta de Anton LaVey y escenas de “Thriller En Grym” (este último dato es chivatazo de unos colegas) fue saboreada animosamente por su fiel base de fans, hasta el punto de obligar a la eufórica banda a hacer unos bises improvisados pero igualmente triunfales. La excursión a la montaña mágica ya estaba casi justificada y aún faltaba la atracción principal.

Y la atracción principal nos arrancó las cabezas y las chutaron ladera abajo, hasta hacerlas caer al mar. Imposible describirlo de otra manera. Gabriel Ravera (guitarra y voz), Ismael Dimenza (bajo) y Luca Frizza (batería) salieron al escenario con una idea fija en la mente: romperla durante una hora, sin hacer prisioneros y como si no fueran a tocar nunca más en sus vidas.

Mephistofeles

Sin dar muestra alguna de llevar casi un mes seguido pateando Europa en modo blitzkrieg, no se guardaron nada para el miércoles, arrancándole las tripas al repertorio que salía por los altavoces: “Satan Sex Ceremonies”, “Frustrated”, “Whore”… versiones todas asombrosamente poderosas, con un Ravera hiperactivo y una base rítmica que nos llevó de cabeza a la época en que una banda era tan buena como lo fuesen su bajista y su batería (mención especial para la bestia Frizza: yo creo que el crash y el rider aún están temblando dentro de sus fundas). La sensación de estar ante una banda que es mucho mejor en directo que en estudio hacía pensar que estábamos asistiendo a uno de esos conciertos que caen dentro de la mitología de los bolos irrepetibles y de los que dan lustre al currículum del buen aficionado.

Una vez acabada la ceremonia, apenas una hora después de haberse desatado el infierno en forma de power trio y cuando aún no habíamos asimilado la brutalidad que habíamos experimentado, éramos unos cuantos los que nos hacíamos cruces (invertidas), ungidos de una feliz revelación: habíamos acudido, desprevenidos, a ver a un grupo que en sus discos suena a curiosidad sólo apta para fanáticos del stoner y el doom… y salíamos de allí con las meninges asfaltadas, atropellados por una máquina del mejor hard setentero. Satan laughing spreads his wings!

 

Texto: Fermín García

Fotos: Paco Navarro

 

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