
Al trazar una línea de concordancias y descripciones precisas entre los doce temas del álbum “Lonely People With Power (2025)”, podemos intuir el universo personal que la banda de San Francisco ha querido ofrecer:
- Incidental: lo accesorio, los detalles que conectan todo el álbum.
- Doberman: vigilancia con agresividad.
- Magnolia: belleza pura.
- The Garden Route: un espacio de crecimiento.
- Heathen: lo profano que desafía las reglas establecidas.
- Amethyst: espiritualidad en tonalidades púrpura.
- Revelator: carga de verdades ocultas.
- Body Behavior: acciones físicas e instintivas.
- Winona: identidad teñida de nostalgia.
- The Marvelous Orange Tree: exotismo y vida.
Ese mundo, entre lo terrenal y lo imaginativo, se nutre de una línea narrativa que se articula sobre un desarrollo musical enfrentado a la exposición áspera y crispada de la voz de George Clarke, creador del concepto. Es esa obra la que la banda ha querido presentar casi íntegra en directo, confiando en aproximadamente un 75 % de su contenido para atrapar, golpear y mantener en tensión al espectador.

El paquete de la noche se completaba con Zeruel, que ofrecieron un ejercicio breve y excesivamente tímido, entre el susurro de Deftones y los desarrollos de Mogwai. Todavía dudamos si fue un problema de volumen bajo en el micrófono o si, directamente, el tono era ese. Portrayal Of Guilt, en cambio, rompieron el esquema: en formato trío aplicaron un set combativo y ruidoso, con líneas gruesas y piruetas metalizadas, incluyendo algún outbreak fuera del sonido de guitarras situado en medio del set, que les dio algo de aire, aunque ácido.
Deafheaven están en su “élite” (perdón por el término, pero no quería usar otro como prime), y eso es evidente. Podría remitirte a su cuenta de Instagram @deafheavenband para que vieras las publicaciones de su show en la sala Apolo y no haría falta escribir nada más, pero de la élite a la excelencia aún queda margen de mejora.
La fluidez del show fue impecable: el concepto dinámico de toda la banda realzó la tensión y crispación que presentan unos temas expuestos de forma directa, prácticamente sin tesituras, al margen de algunos desarrollos que aportan luminosidad y cierto desahogo. El solo final de “Brought to the Water” se me antojó como uno de los puntos fuertes del set, junto a “Body Behavior”, un tema que, aunque no lo parezca, está destinado a hacerte bailar.

Por otra parte, en otra escena, George podría considerarse el incitador y agitador de todo: cantó los temas de forma sostenida y efectiva, provocó al público para un continuo stage diving, se dejó tocar, abrazar, acabó encima de la gente y generó un wall of death para llevar el show a otro nivel. En definitiva, un ejercicio absoluto de metal sin necesidad de muñequeras de cuero y tachuelas, alejado del concepto niño, en una búsqueda constante de ser aún más competitivo.
Como contra-crónica, y a modo de apreciación personal, resulta curioso que entre su generoso sonido no se cuele ni un solo acople: todo es absolutamente inalámbrico y con cierta pulcritud, perdiendo algo de “humanidad” en su ruido blanco. Por otra parte, es evidente que se centran en su presente, y ese es su reciente álbum, pero incluir alguna pieza de “Infinite Granite (2021)”, esa obra que borró por momentos el black metal de su ecuación, daría oxígeno al show y una tonalidad más completa.
Texto: Oscar Fernández Sánchez
Fotos: Marina Tomás Roch






