Antes de la gira, pude entrevistar a David Lowery, entrevista que podéis leer aquí, y una de las preguntas que le hice fue si no creía que tocar tantos palos musicales diferentes les había perjudicado comercialmente. La respuesta fue rotunda: sin duda, afirmó, y además de esa diversidad estilística, también se han caracterizado por ir siempre a su bola, sin tener en cuenta lo que en ese momento fuera tendencia. Y de esa misma libertad para hacer en cada momento lo que les apetece, puede que venga la disparidad de opiniones que ha levantado su reciente paso por la piel de toro.
Servidor, como muy fan de la banda que soy, fue chequeando por las redes las reacciones a los conciertos anteriores al de Barcelona. Había de todo: desde los que les había parecido una maravilla, hasta otros que no les había gustado nada y, por supuesto, toda la gama de grises que hay entre una y otra sensación. A la salida de la Upload se podía contemplar el mismo panorama al inquirir entre amigos y conocidos, desde la sonrisa de oreja a oreja hasta la decepción. Pues bien, la valoración de este humilde cronista se sitúa en un término medio. Fue un buen concierto, como era de esperar por su parte, pero hubo cosas que no me terminaron de encajar.
La primera, y quizás más decisiva, fue Anne Harris y su violín. Me sedujo a priori la propuesta para que aportara otros matices y arreglos a las canciones, y así fue al principio, pero, con el paso de los minutos, fue tomando un protagonismo, a mi juicio, excesivo. Y no solo musicalmente, sino también por su presencia en escena: esas contorsiones, esas poses, no encajaban con la sobriedad del resto. Incluso le cedieron minutos para cantar un tema, «Sparrows» de la cantautora Gina Forsyth, a la que no aportó nada destacable. Tampoco me gustó que metieran en el setlist una manida «You Ain’t Goin’ Nowhere» de Dylan, en la voz del bajista Bryan Howard, o «Pictures of Matchstick Men» de los Quo, por muy suya que se la hayan hecho, en detrimento de poder disfrutar de más temas propios del calibre de «I See the Light», «Turn On Tune In Drop Out With Me» u «One Fine Day», por poner tres ejemplos.

Pero si entramos a valorar a peso, es obvio que ganan los mejores momentos, y es que Lowery y Hickman —¡qué guitarrista, por favor!— tienen más carisma y clase que la mayoría de sus compañeros de generación. Desde la inicial «Euro-Trash Girl», en una versión tensa y extensa, coreada por el numeroso público asistente, pasando por «California Country Boy», «Teen Angst (What the World Needs Now)», «Low», la recuperación de dos canciones de Camper van Beethoven —la divertida «Take the Skinheads Bowling» y la vertiginosa «Club Med Sucks»—, y dos regalos de primer nivel: una preciosa lectura de «Another Song About the Rain» de su debut discográfico y una emocionante «Big Dipper», defendida en solitario por David Lowery.
Como todo en esta vida, cada uno tiene su propia valoración de las cosas. No ha sido, ni mucho menos, el mejor concierto que les he visto. Difícil superar su paso por la desaparecida Music Hall y el Azkena Rock Festival en 2015 o por la antigua sala 2 de Apolo en 2017. Pero claro, el tiempo pasa, y ni ellos ni nosotros somos los mismos. Aun así seguimos aquí, ellos ofreciendo lo mejor que pueden dar y nosotros desde la platea. Un lujo que sigan en activo, y aunque parece que han decidido no grabar más discos, pero sí seguir girando, ojalá tengamos la ocasión de vernos las caras en más ocasiones, aunque sean de sabor agridulce.
Manel Celeiro
Fotos: Fernando Ramírez






