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Brant Bjork Trio, groove, calma y fuzz en la capital

 

La sala Nazca olía a cerveza y válvulas calientes desde media hora antes de que se pisara el pedal de fuzz. Buena entrada, sin apreturas pero con calor humano, y un público que sabía a lo que venía: media de edad tirando a madura, camisetas de Kyuss y más de un grito perdido de “¡deja las drogas!” que sonaba más a guiño nostálgico que a reprimenda. Brant Bjork, después de todo, es una especie de monje zen del stoner californiano, un tipo que ha hecho de la serenidad su bandera mientras el resto del mundo sigue corriendo.

Arrancaron puntuales, sin aspavientos, con «Sunshine Is Making Love to Your Mind», y el aire se llenó de esa densidad cálida y cadenciosa que solo Bjork sabe crear. La gente empezó a asentir al ritmo, como si cada riff les peinara el alma. Con su cinta en el pelo, gafas de pasta y barba perfectamente desordenada, Bjork parecía sacado de una peli de Cheech & Chong, pero con menos humo y más groove.

El Brant Bjork Trio no es una reunión cualquiera. Le acompañan dos leyendas discretas del desierto: el consagrado Mario Lalli, bajista de Yawning Man y uno de los pilares de la escena del Palm Desert, y el prometedor Mike Amster, batería que también ha tocado con Nebula y que demostró una potencia casi ritual, golpeando con esa mezcla de precisión y trance que te deja medio hipnotizado. Es cierto que la caja sonó algo pasada de volumen, pero, a estas alturas, ¿quién quiere sutileza en un concierto de stoner?

El repertorio fue un recorrido por diferentes etapas de la vida musical de Bjork, como si decidiera que, ya que es suyo todo este universo, puede moverse por él sin pedir permiso. «Buddha Time (Everything Fine)» sonó vibrante, «Let the Truth Be Known» arrastró la pesadez mística de los Bros, y «Bread for Butter» demostró que no hace falta complejidad para hacer buena música: unos pocos acordes, un wah-wah y el desierto entero bajo los pies.

Entre tema y tema, Bjork hablaba menos que poco. Y si lo piensas bien, ese es su súper-poder: nunca parece actuar, sino estar. «U.R. Free» fue una declaración de principios disfrazada de jam, y «Mary (You’re Such a Lady)» trajo esa mezcla de ironía y ternura que a veces se le escapa entre riffs.

Uno de los momentos más celebrados fue la recuperación de «Hydraulicks», de su proyecto Ché, junto al ex-QOTSA Alfredo Hernández. Sonó como una postal enviada desde los años dorados del desierto, con ese polvo que todo lo cubre. Después, la sala se meció con la dupla «Lazy Bones» y «Automatic Fantastic», un combo que fundió cuerpo y mente, como si el groove se te metiera en los músculos y no te dejara pensar en otra cosa.

Cerraron con «Freaks of Nature», sin bises, sin fuegos artificiales ni postureos. Antes, Bjork había bromeado con la idea de irse y volver, pero al final prefirió hacerlo a su manera: tocando hasta que no quedara nada más que decir. Y cuando el último acorde se fundió con los aplausos, quedó ese silencio de los conciertos verdaderos, el que suena a satisfacción plena.

Al salir, un tipo con camiseta de Kyuss decía: “no ha tocado nada de los Kyuss, pero da igual”. Y tenía razón. Porque Brant Bjork no necesita nostalgia. Él es la nostalgia, pero también su superación: un tipo que sigue haciendo música honesta, simple y poderosa. Gracias una vez más a Red Sun Barcelona por seguir trayendo a nuestros escenarios a los jinetes del fuzz y la arena. Pues, el desierto sigue vivo, y el pasado lunes, por un rato, lo tuvimos en Madrid.

 

Texto y fotos: Borja Figuerola

 

 

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